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La prosa como bella arte

Del gran Thomas de Quincey, pese a los reiterados elogios de Borges, ha perdurado la imagen del legendario opiómano que inspiró a Poe o Baudelaire, pero las famosas Confesiones reúnen sólo una pequeña parte de las miles de páginas que escribió, dispersas en los periódicos y revistas con los que se malganaba la vida. Es el de ese libro, con todo, un caso extraordinario, pues cuando los estupefactos relatan sus experiencias con las drogas resultan por lo general prolijos, aburridos y autocompasivos hasta la exasperación, tanto más irritantes cuando el adicto confeso presume además de canalla. De Quincey nunca lo fue, sino al contrario, dados su temperamento soñador y su proverbial nobleza, pero de cualquier manera si hoy seguimos leyéndolo no es por el halo de malditismo derivado de su prolongada afición a la adormidera, sino por el placer que depara una prosa original, encantadora y amenísima.

Como señala Andrés Barba, editor y traductor de estos Autobiographical Sketches (1853), el propio De Quincey concibió la recopilación como el volumen que abriría, además de su obra completa, la espléndida serie de libros autobiográficos que forman las Confesiones de un inglés comedor de opio (1822), Suspiria de profundis (1845) y Memoria de los poetas de los lagos (1934-1839), de todos los cuales hay disponibles versiones en castellano. La impecable edición de Sexto Piso cubre, así pues, un hueco importante, por lo que tiene de recuperación de los episodios primeros de la atribulada vida de De Quincey -ya evocados en otros lugares de su obra- y por la rara calidad de los artículos, no inferior, en conjunto, a la de sus mejores páginas. La erudición no farragosa, el arte de la digresión encadenada, la capacidad de ser conmovedor sin mostrarse patético o la constancia de las aspiraciones ideales frente al acoso de la desgracia, son algunas de las cualidades de un escritor indudablemente grande, que fue menospreciado por sus mentores y al que la posteridad ha celebrado de manera equívoca.

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