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La forja del Humanismo

Si la crítica literaria es también una disciplina de la Historia, los argumentos con los que se aspira a catalogar y conocer cada una de las épocas tienden a detenerse en las voces y obras que corresponden a las mismas, y en el modo en que esas voces significan en su tiempo. Sin embargo, se tiende, todavía, a dejar en un segundo plano los esfuerzos que desde cada época se emprenden para que textos escritos en el pasado signifiquen, si es posible, en el contexto condicionado del presente. La consideración, por ejemplo, de que la etapa ilustrada del siglo XVIII fue un paréntesis negro e inútil en la historia de la literatura española (Menéndez Pelayo dixit) sigue siendo un lugar común; pero basta, sin embargo, detenerse en el modo en que determinados pilares de la literatura clásica fueron incorporados a la época en plena correspondencia con sus intereses e intenciones para que el prejuicio caiga por su propio peso. Lo que la crítica futura decida sobre el presente que nos toca es, todavía, un misterio; pero sí podemos decir ya que sólo se aproximará a la verdad si, además de lo que escriban nuestros autores contemporáneos, tienen en cuenta que en las primeras décadas del siglo XXI se emprendían ediciones como lo que aquí nos atañe.

François Rabelais (Poitou, 1494 - París, 1553) publicó cinco libros dedicados a los gigantes Gargantúa y Pantagruel. El quinto apareció ya de manera póstuma, y su autoría fue posiblemente compartida. El primero, que Rabelais firmó, al igual que el segundo, con el seudónimo "maese Alcofribas, quilificador de quintaesencia", narra las aventuras de Gargantúa, que parió su madre por la oreja y que tuvo por hijo a Pantagruel, con quien brinda un mano a mano en el segundo volumen y que se convierte ya en protagonismo decisivo de los tres últimos. Rabelais fue fraile franciscano, médico y escritor. Sus obras fueron prohibidas por la Sorbona y por la Iglesia, que ordenaron la sustracción de la mayor parte de su biblioteca personal. Sabían a dónde apuntaban: Rabelais manejaba a los clásicos con soltura de compadre y con la autoridad suficiente para dar a luz lo que su siglo reclamaba a gritos: el Humanismo.

Resulta difícil explicar qué es Gargantúa y Pantagruel. Se puede decir que este artefacto lo contiene todo: aquí están las novelas de caballerías y su parodia, Don Quijote (quien incorpora numerosos registros pantagruélicos, a menudo calcados, en un homenaje que lleva implícita una poderosa reivindicación del humanista Miguel de Cervantes) y también Sancho Panza, las utopías renacentistas, la burla soez contra los biempensantes y guardianes de la moral, el diálogo neoplatónico y su reverso más tabernero, la lírica menos posible y la verborrea menos probable, el humor más implacable y los ataques más hirientes. Seguramente, en toda la historia de la literatura nunca se había puesto tanta ambición en una sola creación. Pero es que Rabelais no podía hacer otra cosa que coger a su tiempo por el pescuezo. Por eso dispara a matar contra los prebostes de la Sorbona que deciden prohibir la imprenta por los peligros que puede acarrear, contra los papistas que ponen las decretales por encima de los Evangelios, contra los reformistas que niegan la responsabilidad personal y el libre albedrío, contra las ansias expansionistas de un Carlos I empeñado en entrar a saco en el país del Loira que cobijó su infancia, contra los pedagogos ridículos de pose académica y salivazo al sexo del cultismo. Rabelais bautiza a sus enemigos como Besaculo y Husmeacuesco, y a Carlos I como Picrocholo. A menudo reclama la atención de Erasmo, a quien parece decir soy de los vuestros. Pero el Humanismo necesitaba un revulsivo, algo que permitiera vomitar a Europa las cadenas que alimentaban su servidumbre. El francés lo sirvió en bandeja. El tiempo le terminaría dando la razón. Pero ya, claro, sería demasiado tarde.

En Gargantúa y Pantagruel se rebasan todos los límites, seguramente porque aún no los había. Rabelais emplea dialectos franceses, alemanes, vascuences y otros muchos. Salta de uno a otro sin previo aviso. Inventa palabras. Recrea el latín y el griego como le sale de las narices. Se despacha a gusto demostrando su erudición mediante listas interminables referentes a las más variopintas disciplinas. Usa la sintaxis como hoy emplearía un arma de repetición. Y es escatológico, especialmente en los primeros libros, hasta las heces. Esto irritó a Voltaire. Victor Hugo, sin embargo, supo perdonárselo. Es imposible, que conste, ponerse a leer el libro segundo sin estallar en carcajadas, y eso era lo que pretendía precisamente Rabelais en una época en la que el miedo lo gobernaba todo. Gargantúa y Pantagruel, en fin, se puede leer de muchas maneras. Pero lo importante es que, por fin, podemos hacerlo en lengua española de manera plena. La edición traducida por Gabriel Hormaechea (quien introduce cada capítulo con amplias notas en las que aclara quién es quién en un verdadero trabajo de chinos) merece escribirse con letras de oro en la historia de nuestra literatura. Su eficacia, su hermosura y su revelación son definitivas. Menudo festín.

diariodesevilla.es

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