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Pruebas

miércoles, 7 de marzo de 2012

“Todo cambio histórico comporta el sacrificio del pasado”

En la España de 1977 nada es lo que parece. El agente Arístides Lao recibe el encargo de de acabar con la organización terrorista de extrema izquierda Tropa de Oposición Directa (TOD) en la que tienen infiltrado a Teo Barbosa. Javier Calvo (Barcelona, 1973) ha situado El jardín colgante (Seix Barral), con la que ha ganado el Premio Biblioteca Breve 2012, en este periodo de la Transición. “Elegí los años 1977 y 1978 porque es un momento de cambio histórico, un momento muy concreto del Gobierno de Suárez”. A finales de 1978 se aprobó la Constitución. El jardín colgante es el segundo título de su Trilogía de la muerte, sobre Barcelona y en clave negra.

“Todo cambio histórico comporta el sacrificio del pasado. Por fuerza ha de ser así. Y ahí entra el debate de la memoria histórica. Se trataba de construir un país ordenado y limpio, depurado de elementos con medio siglo de existencia”. Quien piense que se trata de una novela sobre la Transición se llevará una decepción, afirma. “Es una novela de género criminal que toma para su trama elementos de aquella época. Una de las convenciones del género es la conspiración, la falsedad, nada es lo que parece, por eso se ha de investigar. Escribir sobre la Transición hubiera sido como hacerlo sobre el Imperio Romano”.

La novela habla de la connivencia de los servicios secretos con los terroristas. “Esta parte de la novela es verídica. Me he documentado en muchos libros sobre el servicio secreto. Lees y flipas. En este sentido, El jardín colgante representa un hecho real. El servicio secreto negociaba con la oposición armada y el servicio secreto tuteló la Transición”.

Todo es ambiguo. Es difícil saber con quién está realmente Teo Barbosa, ¿con los de TOD o con el servicio secreto? “En esos momentos todos se reinventaban y no hay diferencia entre el bien y el mal. La verdad unívoca de tantos años ha desparecido”.

Una vez más encontramos a los fascinantes personajes perversos de Calvo. Arístides Lao es al mismo tiempo pelirrojo y calvo, bajito y rechoncho, lleva gafas gruesas que le distorsionan los ojos y una expresión en la cara que revuelve las tripas, neutra, carente de emociones, incapaz de mantener relaciones sociales. Sus propios jefes dudan de su estabilidad mental. Su ayudante, Melitón Muria, lleva un tupé a lo Carl Perkins y está convencido de que es tonto; el capitán Oms, es apuesto como los galanes de cine de hace tres o cuatro décadas, lleva el pelo engominado y bigote a lo Douglas Fairbanks.

“Les he atribuido rasgos físicos que representan su condición casi metafísica, la inhumanidad de la política, son piezas de mecanismos. No hay ninguno que sea normal”.

Teo Barbosa es muy alto, tiene cara de niño y la gente quiere agradarle. Es uno de los personajes más seductores de la novela, aunque Calvo no está de acuerdo. “Le molería a palos, tiene una personalidad irritante”. Según el escritor, quien cae mejor es “la pobre Sara”, una estudiante de Bellas Artes, enamorada de Teo y a la que le llueven palos de todas partes.

Los terroristas son bastante patéticos. “En vez de guerrilleros maoístas parecemos bandoleros de cuento de hadas”, dice Barbosa. Los miembros del TOD llevan nombres en clave de cuentos de los hermanos Grimm: Madre Nieve, Piel de Oso, Dama Raposa, Rey Rana, Rojaflor, Rúmpeles Tíjeles… “Quizá sí son un poco patéticos, porque son unos fracasados pero también tienen un halo romántico. En los años setenta los de la Baader- Meinhof, tan guapos, parecían románticos”.

La meteorología es importante en El jardín colgante. “Si en La corona de flores había una nube tóxica, en esta, un meteorito”. Lluvia torrencial en Barcelona, el meteorito que causa un auténtico desastre, calor extremo… “Es una desviación del realismo. La novela tiene dos partes y las dos tienen un valor simbólico. En la primera, el meteorito y la lluvia hacen de Barcelona una ciudad gris y guarra. La segunda, en un islote, tiene sentido de último refugio”.

La novela tiene su propia banda sonora. El título se debe a una canción de The Cure. De Patti Smith o Iggy Pop hasta los Sex Pistols. “Escribí la novela a partir de una docena de canciones de grupos punk, todas ellas sobre la mentira y la falsedad”. Narra la llegada de la música y de la moda punk a Barcelona. La avanzadilla fue el bar Texas, “el actual Sidecar”. “Era muy guarro y pionero. No era un bar de ambiente, era de copas, pero allí se permitía muestras de cariño entre homosexuales”.

La gran protagonista de la novela es una Barcelona hechizada. “He querido construir un escenario casi de cuento de hadas y aquí se rompe también el realismo. Quería una ciudad adormecida, con una conciencia bajo mínimos sobre lo que estaba pasando. Tiene que ver con lo que he dejado fuera: las manifestaciones, la restauración de la Generalitat, el retorno de Tarradellas…, pero yo quería un escenario lluvioso y lúgubre. Si en La corona de flores quise mostrar una Barcelona que da miedo, en El jardín colgante, la Barcelona que aparece es deprimente”.

Marsé, Mendoza, Vázquez Montalbán, Casavella han retratado a Barcelona desde diversos estilos y argumentos. “Esta es la tradición en la que quiero estar, no como un autor epigonal. Barcelona está literariamente muy bien armada. Siento la admiración de un fan por estos padres literarios”.

“Mi interés literario por Barcelona me vino de golpe cuando volví de América. Me atrajo la ciudad atávica, su memoria histórica. Me gusta reflexionar sobre la esencia de la ciudad, su tradición específica. Estoy escribiendo, desde hace ocho años, un ensayo sobre esto. No sé en qué acabará, pero de ahí saco muchas cosas para estas novelas”.

De este interés nació su Trilogía de la muerte. La corona de flores, sobre el nacimiento de la Barcelona moderna, fue la primera. Tras El jardín colgante, publicará la tercera, ambientada en la época actual.

El País

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