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Pruebas

martes, 20 de marzo de 2012

Montsalvatge, un centenario que arranca con buen pie

Medio violín, una butaca y un piano. El título, muy acertado, es común a la exposición abierta en el Palau Robert de Barcelona y el documental de Jesús Alvira sobre la vida y la obra del compositor Xavier Montsavatge, de cuyo nacimiento se cumple ahora el siglo. Medio violín porque, pese a haberse inciado en la música con ese instrumento que los Reyes Magos le dejaron cuando contaba apenas ocho años (había nacido en Girona el 11 de marzo de 1912 -y pese a haber tenido en el Conservatorio a un maestro de renombre como Francesc Costa- él entendió muy pronto que como intérprete le faltaba “aplomo” (la expresión es suya). Una butaca, concretamente la primera del proscenio izquierdo de anfiteatro del Palau de la Música de Barcelona, desde la que desarrolló su intensa labor como crítico musical, a partir de 1939 en Destino, semanario del que fue director en 1969 substituyendo a Néstor Luján, y desde 1962 en La Vanguardia. Y un piano, porque, pese a que nunca lo dominó, sobre este instrumento desarrolló su trabajo de compositor, avergozándose por ello hasta que descubrió que su admirado Stravinski también escribió toda su obra sobre el teclado, antes de proceder a la transcripción para orquesta.

Dijo el que fue crítico de este diario y gran estudioso de la música española Enrique Franco que Xavier Montsalvatge se encontró como compositor entre el nacionalismo de la generación precedente –Albéniz, Falla y Granados: su primera crítica en Destino fue sobre el estreno de Goyescas en el Liceo- y la vertiginosa sucesión de –ismos que sacudieron la creación artística de la segunda mitad del siglo XX. Precisamente, esta posición permanente entre dos aguas es lo que le permitió gozar de una apertura de miras, única en la España de posguerra, sobre la que construyó un insobornable estilo propio que hace que su música, como la de Stravinski, sea reconocible desde casi la primera audición.

Naturalmente, alcanzar esa libertad no fue una tarea fácil. Procedía de una familia de banqueros gerundenses ya en decadencia cuando él llegó a este mundo. Su padre, según el retrato que de esta familia trazó Josep Pla, era un dandi modernista amigo de artistas que murió siendo el compositor todavía un niño, y seguramente ese ambiente propició que el chico pudiera dedicarse a la música, una actividad en principio no demasiado bien vista desde la perspectiva de la estabilidad burguesa. La muerte del padre, además, provocó el traslado de la familia a Barcelona, ciudad de la que Montsalvatge ya nunca más habría de moverse. En el Conservatorio, por entonces instalado en el Castell dels Tres Dragons del parque de la Ciutadella -obra de Domènech i Montaner-, encontró un clima encendidamente wagneriano y dogmático, del que más tarde renegó con finísima ironía. Tuvo por profesores a Enric Morera, Lluís Millet, Jaume Pahissa y el ya citado Francesc Costa, esto es la flor y nata del modernismo musical catalán que había firmado un pacto de sangre con el ciclón procedente de Bayreuth.

MontsalvatgeexpoToda la trayectoria posterior de Montsalvatge consistió en liberarse de esa losa, apostando por una visión mucho más diversificada y abierta de la modernidad. Su principal referente fue Francia, tanto en terreno musical como literario. Los compositores de entreguerras de aquel país –Ravel, Milhaud, Poulenc, Satie- constituyeron su primera vía de escape, en seguida ampliada a territorios mucho más distantes: Bartok, Gershwin, Puccini, Stravinski, Rachmaninov y Prokofiev, entre otros. Y en España principalmente Manuel de Falla. Es sintomático que el círculo de artistas nacido en 1947 al calor del Instituto Francés con el que Montsalvatge se relacionó estrechamente llevara el nombre del ilustre compositor gaditano. Formaron parte de él, entre otros, Albert Blancafort, Josep Cercós, su íntimo amigo Manuel Valls –también crítico y compositor, autor del himno del Barça- y Josep Maria Mestres Quadreny.

Pero a la hora de ponerse componer en la inmediata posguerra, Montsalvatge buscó un referente todavía más lejano: la música antillana. En un vídeo que puede verse en la exposición el maestro explicaba que no sabía exactamente de dónde le llegaba esa atracción: acaso de su condición de enamorado de la Costa Brava, de donde partían los pailebotes rumbo a Cuba, o tal vez de su condción de amante incondicional de los ritmos de danza (su catálogo de obras contiene numerosos ballets). En 1944 emprendió un célebre viaje por dicha costa en compañía de Néstor Luján, Josep Pla y el pintor Josep Maria Prim para recoger, a la manera de Bartok pero sin magnetofón, las habaneras que cantaban los pescadores, trabajo que se vio plasmado en un álbum. De 1943 datan sus Tres divertimenos, estrenados por la pianista Rosa Sabater, y de 1945 sus celebérrimas Cinco canciones negras, interpretadas por primera vez por Mercè Plantada y que luego cantarían por todo el mundo Victoria de los Ángeles, Teresa Berganza y Montserrat Caballé.

La estrecha relación con los intérpretes de sus obras forma un capítulo indosociable de la creación de Montsalvatge. En efecto su Concerto breve fue dedicado a Alicia de Larrocha, como lo fue el de arpa a Nicanor Zabaleta, el de clavicémbalo a Rafael Puyana, el de violín a Henryk Szeryng y el de guitarra a Narciso Yepes. Estuvo también en contacto con varios artistas plásticos, entre ellos su gran amigo Manolo Hugué, quien realizó un busto suyo de joven, visible en la exposición. Él mismo tenía muy buen trazo, como puede apreciarse en un autorretrato. Todo ello configura un universo de gran apertura intelectual, a la par que traza el perfil de un artista singular, culto, inteligente, irónico, muy amigo de sus amigos, incluidos los músicos, Eduard Todrà, Manuel Valls y Frederic Mompou en primera línea. A este último le dedicó Sí, a Mompou (1983), cuando el autor de la Música callada cumplió los 90 años. Autor de tres óperas, compuso también varias bandas sonoras para películas, en particular para Jaime Camino (con Dragon Rapid obtuvo un Goya a la mejor música cinematográfica).

El centenario del nacimiento está siendo una buena ocasión para descubrir la poderosa personalidad de Xavier Montsalvatge. Por cierto, la exposición del Palau Robert viajará próximamente a Girona y después del verano recalará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, antes de dar el salto a Nueva York, donde permanecerá hasta final de año. En cuanto al documental, trazado sobre el testimonio de quienes le conocieron más estrechamente, empezando por sus dos hijos Xavier e Yvette, podrá verse el 1 de abril por La 2, dentro de su programa Imprescindibles. Próximamente aparecerá una biografía de José Guerrero Martín y se están programando muchos conciertos con obra suya. Coincidiendo con la fecha exacta del nacimiento, el pasado domingo se ofreció uno en Girona, con la Orquesta de Cadaqués, la soprano Ainhoa Arteta y el pianista Albert Guinovart, en el que se estrenó la obra Petita suite burlesca, para violín y cuarteto de viento. Un centenario pues que ha arrancado con muy buen pie.

El Pais