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Pruebas

martes, 11 de febrero de 2014

La novela verdadera

De La novela verdadera hay poco que decir. Está dirigida a mí, y no es una novela aunque por momentos quiera parecerlo. Son más bien ideas, pensamientos, algunos disfrazados de aventuras. Por momentos lúdica, en otros moralizante, a veces simplemente biográfica. No me interesa juzgarla. Hasta que volví a tener el manuscrito en mis manos pensaba que mi padre había querido escribir lo que no había podido vivir. O que había huido para vivir lo que no podía escribir. El límite entre la realidad y la ficción, el verdadero límite, la línea que no está en un lado ni en el otro, pero que puede ser fácilmente confundida con el territorio siendo sólo límite. O sea: escribir por los mismos motivos que habían tenido tantos escritores, incluido yo: porque la realidad no se ajustaba a sus deseos. Rebelión secreta, a veces desconocida por el mismo que la sufre, que corroe a hombres acaso molestos con el mundo que habitan.
Abril de 1942, la guerra ha dado ya un giro y parece poco probable que la Alemania nazi pueda alzarse como vencedora. En una oficina del campo de  concentración de Mauthausen, se reúnen cinco hombres del entorno nazi-fascista: un oficial croata, un español, un oficial italiano, un aventurero canadiense y un oficial de las SS; el sexto hombre es un preso, un banquero judío. Ante la posibilidad de un final adverso de la guerra, deciden formar una sociedad secreta con el fin de apropiarse de las propiedades y bienes de los internos ricos. Sesenta años más tarde el protagonista de la novela, un escritor argentino, recibe en una caja los últimos documentos de su padre, recién fallecido, entre los que se incluye La novela verdadera... Desde ese instante los acontecimientos se desbordan y nuestro protagonista se ve envuelto en la niebla de la historia y enfrentado a poderosas fuerzas oscuras.
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Austria, 14 de abril de 1942. Campo de concentración de Mauthausen. Cientos de cuerpos duermen un sueño tan profundo que se parece demasiado a la muerte. Dos soldados alemanes caminan entre las camas, asqueados del olor. Aun así hacen bromas. Se sienten invencibles. No temen ni a los rusos ni a los americanos. A los franceses los derrotaron con sólo presentarse en la frontera. Despiertan a un hombre que antes de la guerra era el banquero más influyente de Berlín. La mujer de la cama vecina sacude la cabeza y se tapa la cara con las manos. Los soldados llevan al banquero a una oficina y le ofrecen una silla. Una prisionera le sirve comida y cerveza. Ni el hombre mira a la mujer ni ella parece darse cuenta de que el hombre no es un soldado alemán. El hombre olvida todo precepto religioso y come. No sabe qué está comiendo, pero come. Se oye el motor de un coche y risas. La puerta se abre. El primero que entra es un oficial de las SS, comandante de Mauthausen. Lo sigue un oficial croata de la división Handschar, o Handzar según los croatas. El banquero lo reconoce por la insignia de la cimitarra en el cuello y el ridículo fez verde sobre la cabeza. Los otros visten de civil: un italiano con un fascio de oro en la solapa, un español y un canadiense de origen francés, que a veces se declara estadounidense, según le convenga.
     -¿Está usted bien? -le pregunta el oficial de las SS al ex banquero y le toca la espalda.
     -Ahora que comí me siento mejor.
     -La comida del campo no es mala -dice el SS, y no bromea-. ¿Qué ha decidido?
     -¿Tengo opciones?
     -Por supuesto -no necesita agregar que una es la muerte.