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Pruebas

miércoles, 26 de febrero de 2014

Italo Calvino, al galope del hipogrifo

“El [Orlando] Furioso es un libro único en su género y puede –casi diría que debe- ser leído sin referencia a ningún libro precedente ni posterior; es un universo en sí en el que es posible viajar a lo largo y a lo ancho, entrar, salir, extraviarse”. Esta esclarecedora afirmación de Italo Calvino en la presentación (verdadero y erudito estudio preliminar) de su Orlando furioso narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto, editado ahora como el volumen 32 de la Biblioteca Calvino de la Editorial Siruela (Madrid, 2014), pone en situación al lector sobre esa monumental obra lírica. La traducción del italiano es la ya conocida de Aurora Bernárdez y Mario Muchnik, mientras todos los fragmentos de versos originales de Ariosto incluidos en el texto proceden de la traducción al castellano de Juan de la Pezuela, publicada en 1883, y según una nota previa de Siruela, fue una elección aprobada por el propio Italo Calvino; la misma nota aclara que la presente edición contiene materiales ausentes de la primera italiana (Einaudi). El Orlando furioso de Ariosto no solamente era la obra preferida y de cabecera de Calvino, sino que con el tiempo se convirtió en una especie de obsesión creativa y referencial. Probablemente encontraba en el monumental poema vínculos, vasos comunicantes secretos, ligazones mágicas con su propio imaginario y que pueden rastrearse en el resto de la obra de este prolífico, sorprendente y no pocas veces enigmático escritor, sin duda, uno de los grandes del siglo XX. Adentrarse en el Orlando furioso más que como un intruso pareciendo un reverente asombrado, hace del texto de Calvino una experiencia que puede compaginarse con la lectura del original de Ariosto, y que pueden emprenderse antes o después de hincarle el diente al original, tarea compleja y que tiene sus riesgos. Otras palabras de Calvino (que a la vez se recogen en las tapas de esta cuidada edición) acerca de Ariosto colocan al nuevo lector en la senda trillada: “El poema sale de sí mismo, se define por medio de sus destinatarios; y a su vez es el poema mismo que sirve como definición o emblema de la sociedad de sus lectores presentes y futuros, de la totalidad de las personas que participaron en su juego y que en él se reconocerán”.

Paladines enamorados, reyes guerreros, doncellas encantadas por fuentes mágicas, encuentros fantásticos, florestas animadas por ninfas evanescentes y animales míticos transitan casi coreográficamente por la narración de Calvino, y a la vez, puede recordarse que hay un antecedente parcial a Calvino (y que probablemente conocía) que es la versión en prosa de Francisco de Orellana, también editada en 1883, como la traducción de Juan de la Pezuela. En la prosa de Calvino hay una subyacente poesía propia que si bien tiene su fuente troncal en las octavas de Ariosto, va más allá, acerca al lector moderno a un teatro paralelo y quizás atemporal, como el que dibujan y sellan gráficamente las ilustraciones de Gustavo Doré (una de ellas se usa en la portada de Siruela), la última de sus grandes obras ilustradas, comparable a las que hizo de El paraíso perdido de Milton, el Don Quijote de Cervantes o La divina comedia de Dante.
Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas, en el occidente de la isla de Cuba y cerca de La Habana el 15 de octubre de 1923, pero ya en 1925, con le niño Italo de apenas dos añitos, la familia regresó a Italia; su padre era un ingeniero agrónomo que había ido a trabajar a la isla caribeña. De tal modo, poco de esencial cultura criolla habrá en el futuro escritor, en cuya formación fueron decisivos dos encuentros de juventud: el de Cesare Pavese y el de Elio Vittorini, y es precisamente Vittorini quien le sugiere que se deje de las mandangas de la literatura social y comprometida y se adentre en aquello donde ya afloraba su verdadero talento: en lo fantástico, desde donde será capaz de tejer más de una metáfora sobre el hombre contemporáneo. Italo Calvino vuelve a Cuba en 1964 atraído por los cantos de sirena de la revolución castrista y la figura mítica de Ernesto Che Guevara, con quien llegó a encontrarse; en ese viaje, visitó la casa de su primera infancia en Santiago de las Vegas.
Orlando furioso. Narrado en prosa del poema de Ludovico Ariosto.Italo Calvino. Traducción de Aurora Bernárdez y Mario Muchnik. Editorial Siruela. 170 páginas.

El Pais