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Pruebas

lunes, 10 de marzo de 2014

“Solo somos herramientas del lenguaje, no sus dueños”

Las historias de Juan José Millás (Valencia, 1946) están tan llenas de personajes desdoblados que es imposible entrar en su casa sin verlo todo doble. El portero automático tiene dos botones —casa y estudio— y el estudio, dos habitaciones. Las dos están forradas, pavimentadas de libros. Le gustaría deshacerse de algunos, pero las bibliotecas no los quieren, "que es como si los bancos no quisieran dinero", dice. Del que no se deshará es del poemario de Louise Glück que corona el montón más próximo al sillón de leer. “Es fascinante”, explica. La estadounidense es, como todos los poetas según Millás, una escritora Porqueno. Lo dice aplicando a la literatura la división acuñada por uno de los personajes de su nueva novela, La mujer loca, que Seix Barral publica la semana que viene. Según esa división, hay gente Porquesí y gente Porqueno, depende de su facilidad para adaptarse a las convenciones. Para poner una ferretería hay que ser Porquesí. Para escribir poesía, Porqueno. ¿Y qué es Millás? “He intentado ser un escritor Porqueno”, responde, “pero no siempre lo he conseguido. Tal vez en esta novela me he enfrentado con más valentía a las convenciones. No saber que va a pasar en la página siguiente es un acicate para seguir escribiendo. En toda novela debe haber algo de asociación libre, aunque sabemos que no hay nada menos libre que la libre asociación”.

De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología” 

La protagonista de La mujer loca es una muchacha que estudia lengua por las noches mientras trabaja de día en la pescadería de un hipermercado porque está enamorada de su jefe, filólogo reconvertido: “De lo primero que se quita la gente en épocas de crisis es del marisco y de la filología”. La idea de que un filólogo es un agente secreto de la gramática mientras un escritor es su víctima es solo parte de su extrema relación con las palabras. El padre de la criatura comparte esa teoría: “Somos una herramienta del lenguaje, no sus dueños. La historia de la ciencia se podría contar en función de nuestras percepciones erróneas. Ves una puesta de sol y es evidente que es el sol el que se pone, no la tierra la que se mueve. Sales a caminar al campo y es evidente que la tierra es plana. La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje. Cuando un niño aprende a hablar decimos que va conquistando el lenguaje, y es justo al revés: el lenguaje lo va colonizando. Es un colono cruel porque en cuanto se mete en tu cabeza empiezan a aparecer los lugares comunes”. ¿Y qué hace un escritor con semejante hallazgo? “Pactar con ese colono. No hay que enfrentarse a él totalmente porque terminas volviéndote loco y escribiendo el Finnegans Wake, que es intransitivo. Un escritor debe moverse entre lo previsible y lo intransitivo".

La lucha del ser humano contra su percepción ha sido brutal. Y uno de esos errores de percepción es la idea de que somos los dueños del lenguaje

Para demostrar el poder de las palabras, el autor de El orden alfabético pone el foco sobre esa “moneda corriente” que son las frases hechas. Regalo envenenado, por ejemplo. “Es ese recurso del arte pop que consiste en sacar algo de contexto. Una expresión aislada te puede poner los pelos de punta”. Que la lengua tenga vida propia puede ser un motor para un novelista pero un freno para un periodista. Millás es las dos cosas, y como su protagonista analiza la diferencia entre sexo (físico) y género (gramatical), una pregunta coloniza la charla: ¿es sexista el lenguaje? “Los académicos dicen que no, pero es imposible que una sociedad patriarcal haya elaborado un lenguaje no sexista. Piensa en la definición del [diccionario] Casares para muela del juicio: ‘la que sale en la edad viril’, como si las mujeres no tuvieran”. Según Millás, criticar fórmulas como los vascos y las vascas es caricaturizar un problema real: “Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía”.

La necesidad de resolver conflictos nuevos ha llevado al escritor a introducirse en su propia novela como personaje y autor de un "Diario de la vejez de Millás, un ser desdoblado en novelista y periodista al que todos quieren poner en su sitio. Así, el pescadero filólogo reconoce no haber leído ningún libro suyo porque prefiere los artículos. “Gustas mucho a las mujeres”, le dice. "Y a los buzos", responde el escritor. El Millás de carne y hueso reconoce que también le pasa: “Parece que está mal visto hacer dos cosas a la vez”.

Pocas veces como en La mujer locahan estado tan cerca el reportero y el novelista. Su protagonista, Julia, vive en la habitación que le alquila un hombre consagrado a cuidar de su mujer, a la que una enfermedad irreversible ha abocado a pedir la eutanasia. El Millás imaginario entra en el libro porque el Millás real publicó el 5 de diciembre de 2010 un reportaje enEl País Semanal que relataba la muerte de Carlos Santos Velicia, un hombre de 66 años aquejado de un tumor incurable que se instaló en un hotel de Madrid para quitarse la vida. El escritor pasó la víspera con él.

Desde que las mujeres tienen más visibilidad hay un malestar en el lenguaje que antes no existía. Cuando escribo me veo ante conflictos que hace veinte años no tenía

Pese a haber escrito 16 novelas y cientos de páginas de periódico, Juan José Millás dice que no se ha repuesto de aquello: “Es el reportaje más duro que he hecho. Con las personas vivas sobre las que he escrito no tengo ninguna relación, y con este, que está muerto, mucha”. Santos se tomó elcóctel autoliberador en compañía de dos voluntarios de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), de la que es socio el propio novelista: “Yo no tuve valor para estar”, dice este. “Me pidió más o menos que estuviera y no tuve valor. Se murió a mediodía, como a las dos, después los voluntarios se fueron. A primera hora del día siguiente, los de DMD avisaron para que la camarera no se encontrara con el susto. Desde las dos hasta que llamaron, solo cuatro o cinco personas sabíamos que en un hotel había una persona muerta. Eso me produjo una turbación enorme. Esa tarde fui a EL PAÍS a hacer un chat y no podía quitarme de la cabeza que yo era uno de los que lo sabía. No me he repuesto. Sigue ahí, como un nudo que no he conseguido deshacer”.

El Pais