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Pruebas

jueves, 20 de marzo de 2014

Nueva literatura brasileña: Joven, blanca, urbana y de clase media

Si hubiera un hastag del escritor brasileño menor de 40 años sería varón, blanco, urbano, cosmopolita e indiferente a una realidad social de contrastes brutales. “Este es un país muy desigual”, dice Antonio Prata (São Paulo, 1977), cuyas historias, que compagina con colaboraciones en el diario Folha de São Paulo y con guiones para televisión, están ambientadas en su ciudad natal y reflejan en cierta manera el ascensor social de una de las megalópolis del planeta. “Si vas a un concierto en la Sala São Paulo, no verás ningún negro entre el público. En toda mi vida escolar, nunca tuve un compañero negro, aunque gran parte de la población lo sea. Solo se dedica a la literatura aquel que está alfabetizado y la mayoría son de clase media para arriba y viven en las grandes ciudades. Hay, claro, excepciones como en todo. Tal vez el libro más importante de los últimos 20 años sea Ciudad de Dios, de Paulo Lins: es negro y viene de la periferia".
Si como dijo el crítico literario Antonio Candido en el prólogo del famosísimo Raíces de Brasil  (Fondo de Cultura Económica, 1955) de Sérgio Buarque de Holanda, una generación se caracteriza porque “sus miembros se ven al principio diferentes unos de otros y, al poco tiempo, van pareciéndose tanto que acaban desapareciendo como individuos”, está claro que se puede hablarse de una nueva literatura entre los nacidos después de los años 70, muy alejada del regionalismo y del costumbrismo de sus mayores, de moda tras la independencia del país. A despecho del cliché del exotismo, la diversidad y la multietnicidad asociadas con el gigante suramericano, la nueva narrativa brasileña podría estar ambientada en París, Londres y Madrid y, de hecho, lo está. “Aunque si escribir historias ambientadas en otros países fuese un problema, Shakespeare no existiría”, asegura Carola Saavedra (Santiago de Chile, 1973) una de las escritoras jóvenes más premiadas.
Prata y Saavedra son dos de los nombres más interesantes del panorama actual en el que estarían entre otros João Paulo Cuenca (Rio de Janeiro, 1978), Christiano Aguiar (Campina Grande, 1981), Luisa Geisler (Canoas, 1991), Emilio Fraia (São Paulo, 1982) o Laura Erber (Rio de Janeiro, 1979), varios de ellos señalados como estrellas emergentes por la edición que la prestigiosa revista británica Grantadedicó a Brasil y algunos participantes en la última Feria de Francfort en la que el país fue el invitado principal.
“Hay un gran deseo de distinguirse y de alejarse de la generación anterior”, dice Cuenca, elegido como uno de los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años por el Hay Festival de Colombia y autor, entre otras, de Cuerpo presente (Ed. Planeta, 2002) o La última madrugada (Ed. LeYa, 2012), y que compagina la fascinación por la cultura japonesa con el compromiso social e incluso llegó a promover en Internet el derecho de manifestación tras las protestas de junio de 2013. “No soy el único que piensa así, lo que pasa es que el resto de mis contemporáneos no son tan sinceros como yo, son mucho más políticos en el peor sentido de la palabra”, apunta con su perfecto español (su padre es argentino) salpicado de palabras cariocas.
Antonio Prata. / RENATO PARADA
Con cinco obras publicadas y varias traducidas, el universo literario de Cuenca se mueve entre la ciencia ficción y la novela negra, entre Philip K. Dick, Allan Poe, Murakami y Orwell, entre la obsesión por las redes sociales y las nuevas tecnologías y los escritores cariocas del siglo pasado, aunque ahora la frontera entre la realidad y la ficción se ha borrado. Su próxima novela, que saldrá este año, se titula La muerte de J. P Cuenca y tiene un aire autobiográfico con reminiscencias de El tercer hombre, el clásico de Carol Reed. “Ocurrió en 2008, cuando la policía descubrió un cadáver en un edificio ocupado en el centro de Río. Llevaba mis documentos de identidad y mi partida de nacimiento. A partir de ahí, contraté a un detective y reconstruí la historia como una trama policial”, dice el autor de El único final feliz para una historia de amor es un accidente (Lengua de Trapo, 2012) .
“ Pluralidad es la palabra clave cuando se habla de estéticas contemporáneas”, asegura Christiano Aguiar que, con un solo libro de cuentos (Al lado del muro, Ed. Dinâmica, 2006) sacudió la escena literaria brasileña, ganando el premio Osman Lins de cuentos al año siguiente, y ahora prepara varios ensayos sobre sus contemporáneos. “Las grandes ciudades son el escenario privilegiado de nuestra ficción, aunque algunos escritores también abordan los temas rurales o el interior. Cada vez con más frecuencia, se mezcla la erudición con géneros considerados menores como la fantasía, el horror o la ciencia ficción. En cambio, resulta menos importante el compromiso con la indagación y la creación de una identidad nacional, al menos si nos comparamos con generaciones anteriores”, concluye.
Carola Saavedra. / TOMÁS RANGEL
Esa literatura ciudadana dominada, como en otros países, por la llamada autoficción, la mezcla de géneros, el auge del cuento, que tiene una larga tradición, y la narrativa fragmentada y episódica propia de las redes sociales, no solo elude el compromiso, característico de la llamada generación 90, surgida en esa década, con nombres como Luiz Ruffato o el propio Lins tras la dictadura militar entre 1964 y 1985. También rechaza una rica tradición literaria centenaria y vive en la lucha entre identidad y cosmopolitismo, signo de los tiempos, sobre todo en los países emergentes y Brasil lo es, con el 75% de su población viviendo en ciudades de más de un millón de habitantes. “Ya hubo una gran ruptura en los años 70, que cerró un ciclo más o menos clásico de la ficción y la poesía del siglo XX”, dice Cristovão Tezza, que por edad (61) y obra (su libro El hijo eterno, por ejemplo, publicado en 2007) es ya casi un clásico. “En los años 80 y 90, entró en una especie de hibernación con una generación intermedia que aportó nuevos caminos, pero fue una transición. La característica de la nueva literatura es su ruptura con la tradición clásica. Refleja rotundamente la nueva realidad económica, política y social de Brasil. Hoy, el país es profundamente urbano e intenta dialogar con la realidad internacional”, asegura.
A ese proceso habría que sumar la aparición de una clase media de 40 millones de personas, la llamada clase C, inexistente hasta apenas una década, que demanda un mayor bienestar y cuya vitalidad contrasta con impotencia con la que los políticos se enfrentan a las crecientes protestas sociales. “Esta tendencia universalista y cosmopolita no tiene por qué ser vista como algo negativo, pérdida de identidad o algo semejante. Simplemente, las exigencias de hoy son otras”, apunta Tezza.
Muchos críticos sostienen que la mejor literatura que ahora se escribe en Brasil es la femenina, más trimidimensional y compleja, másdestroyer a la hora de romper tabúes. Hay pioneras como Claudia Tajes (Porto Alegre, 1963) cuyas novelas (Vida dura, Loco por los hombres o La vida sexual de la mujer fea) son una disección de la sexualidad brasileña, teñida de humor, o Beatriz Bracher (São Paulo, 1961) con No hablé, sobre un profesor torturado durante la dictadura militar, que han abierto camino a las más jóvenes: Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982), Tatiana Salem Levy (Lisboa, 1979), admirada por el británico Ian Mc Ewan, premio São Paulo de Literatura en 2008, o la propia Saavedra cuyo libroFlores azules (Ed. Companhia das Letras), una especie de resurrección del género epistolar en pleno siglo XXI, fue elegido también en 2008 como el mejor por la crítica paulista y que publicará a finales de marzo  El inventario de las cosas ausentes. “No veo diferencias en cuanto a la calidad de la escritura ni en cuanto a la visibilidad, aunque sí en los premios literarios donde la proporción acostumbra a ser de ocho hombres por dos mujeres”, dice Saavedra. “Estamos en un momento óptimo. No porque la literatura sea mejor ahora que hace 20 años, sino porque es una época bastante favorable a los autores, se publica más e incluso hay incentivos a la traducción. Pero debemos lidiar con un problema muy serio que es la falta de lectores. Y para eso sería urgente un cambio de todo el sistema educativo del país”.
El Pais