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Pruebas

martes, 18 de marzo de 2014

Agota Kristof, la crueldad como arte literario hipnótico

EL GRAN CUADERNOEn una reseña del blog Estado Crítico sobre La ética de la crueldad, Sara Mesa mencionaba a una autora que en aquel entonces yo no había leído, Agota Kristof, y la citaba como ejemplo de escritora de obras crueles. La curiosidad me empujó a buscar algún libro suyo. El primero que cayó en mis manos fue El gran cuaderno. No exagero si digo que lo leí de una sentada. Tampoco lo hago diciendo que al día siguiente regresé a la librería y me compré las dos siguientes novelas que componen la trilogía: La prueba y La tercera mentira (publicada en España como Claus y Lucas). Desde entonces he leído seis de sus libros, todos recomendables, todos devastadores y al mismo tiempo de una gran belleza.

Quien se asoma a El gran cuaderno entra en un mundo en el que la crueldad se ha adueñado de cada rincón. En un país en guerra –podría ser Hungría, de donde procede Kristof- una madre lleva a sus hijos gemelos con su abuela, que vive en un pueblo, para protegerlos de los bombardeos y del hambre que sufren en la ciudad. La abuela recibe con alegre ferocidad a los dos “hijos de perra”, o “hijos del diablo”, como le gusta llamarlos, les roba el dinero que envía la madre, los mantiene en la miseria y la suciedad. Cierto, no todos los habitantes de la aldea son brutales con ellos: está por ejemplo la criada que lava sus ropas, les da de comer, los baña, los mima y les hace felaciones. El mundo es así: pasan cosas incomprensibles, atroces muchas de ellas, y hay que aprender a soportarlas. Los niños hacen lo que hacemos todos, inventar maneras de acostumbrarse al dolor. Se insultan uno a otro hasta que les da igual la humillación; se golpean hasta volverse indiferentes a los golpes; ayunan para acostumbrarse al hambre; matan animales porque no les gusta hacerlo y eso les parece una debilidad. No sentir, no padecer, no amar, porque el amor no correspondido duele; por eso también se repiten las palabras cariñosas de la madre hasta que no significan nada para ellos. Y si matan a su padre no es porque lo odien por haberlos abandonado, sino porque les resulta útil para sus planes. No aman y no aborrecen. Y eso les permite componer su propio código ético, que nunca llegamos a entender del todo.

Como casi todos los grandes escritores crueles, Agota Kristof crea el lenguaje necesario para sus fines. ¿Qué estilo convendría a ese mundo sin sentimientos, en el que nadie parece actuar movido por la compasión o la simpatía? Un estilo con la belleza de algunos paisajes desérticos, de un bosque seco, de un suelo volcánico. Nada crece que no sea indispensable y robusto, nada que no soporte condiciones extremas. Frases breves, descriptivas, despojadas de opiniones o valoraciones: las cosas suceden, las queramos o no; la vida es inexorable y nunca es feliz, así que no merece la pena perder el tiempo con muchos adjetivos. En un mundo carente de sentido es absurdo intentar dárselo mediante la interpretación.

Agota Kristof escribió en La analfabeta que el estilo de la trilogía se debía a que estaba escribiendo en un idioma extranjero; tras huir de Hungría por razones políticas, atravesando la frontera junto con su marido y su hijo pequeño, se instaló en Suiza y tuvo que aprender francés. Y escribe en lo que puede parecer un francés tosco,  pero cuya dureza acaba convirtiéndolo en un lenguaje hipnótico, que no te permite distracción ni consuelo alguno. El lenguaje también puede ser cruel.

Fotograma de El gran cuaderno, de János Szász, basada en el libro homónimo de Agota Kristof.

En otro lugar he escrito que hay autores que son crueles no porque nos entreguen historias llenas de violencia, sino porque confrontan al espectador consigo mismo, le obligan a poner en tela de juicio su manera de mirar, hacen tambalearse las certezas con las que se protege de lo imprevisible de la vida.

Cuando Agota Kristof escribió El gran cuaderno no había pensado que fuese a formar parte de una trilogía. Pero, como diría después, los personajes no la dejaban tranquila. La crueldad ambiental sigue presente en la continuación de la historia (ah, esa escena magnífica en la que Lucas encuentra a una joven llorando junto a un río helado; ella tiene un bebé en brazos, ha querido ahogarlo pero no ha sido capaz; Lucas entonces le ofrece arrojarlo al agua por ella; como la madre ya no quiere hacerlo, Lucas acoge a ambos en su casa y se ocupa de ellos.) Pero la crueldad es aún más refinada, porque lo que hace Kristof en los siguientes libros es poner en tela de juicio nuestra relación con la historia.

Aunque nos rebelemos contra ello, todos buscamos la empatía: entender a los personajes, comprender sus motivaciones, identificarnos con tal o cual rasgo, sentirnos cerca de ellos. Lo que es otra manera de decir que nos gustaría que los personajes estuviesen vivos y que nosotros pudiésemos ser durante un tiempo parte de su mundo. Incluso del mundo despiadado de los gemelos; acabamos tomándoles afecto, porque no son más crueles que lo que les rodea, y porque son capaces de resistir, a su manera, a todas las pérdidas y todas las humillaciones. Quién pudiera hacer lo mismo.

Pero en las dos siguientes novelas se van sembrando las dudas del lector. ¿Han existido Claus y Lucas? ¿Son las misma persona?: un nombre es el anagrama del otro, varios de los personajes dan a entender que nunca conocieron al hermano, algunos expresan dudas sobre su existencia... ¿Es todo la invención de uno de ellos? Y, si es así, ¿de cuál de los dos? La empatía se destruye al destruirse al personaje; nada queda en pie; ni siquiera la verdad de nuestras emociones, que se quedan desamparadas, sin saber sobre quién volcarse. También el lenguaje cambia ligeramente, los párrafos y los diálogos se vuelven más largos para reflejar la complejidad de los sentimientos, que ahora sí afloran: amargura, celos, soledad, rabia.

A muchos lectores les gustan menos La prueba y La tercera mentira que El gran cuaderno. Sin duda prefieren la crueldad exacerbada pero verosímil, contundente, sólida de éste a la confusión que generan los otros dos. La autora nos obliga a comprender –nos reboza el hocico en esa dura constatación- que lo que leemos no es real, que no podemos permitirnos el consuelo de habitar esas páginas. Nosotros estamos siempre fuera, solos, con nuestras propias crueldades. La literatura de evasión es ridícula. Y lo somos los lectores cuando buscamos refugio en ella. Agota Kristof se niega a ser cómplice del engaño.

El Pais