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Pruebas

martes, 11 de marzo de 2014

Peregrinación literaria al día del horror

El enjambre de dolor y miedo suscitado aquel jueves por los 191 muertos y 1858 heridos fue el zarpazo del futuro en España. El preámbulo de una lluvia de sensaciones y emociones sombrías, incertidumbres e insatisfacciones que diez años después no han amainado, y que la creación artística ha abordado de manera muy tímida. Salvo la literatura. Desde el día siguiente de la tragedia en Madrid, 11 de marzo de 2004, las palabras de los escritores iniciaron su empeño por reordenar y ordenar la vida porque a la desgracia se sumó la confusión de palabras manipuladas. Un acercamiento que han hecho sobre todo desde lo emocional y con carácter simbólico o metafórico.
Primero los poetas: “Acaso lo más duro y lo más cruel / no sea abrir lo negro en lo blanco: / en la armonía el caos, / en ojos inocentes un cuchillo de ira, / en los labios más tiernos de juventud / la muerte”, (Antonio Colinas, en Madrid 11 de marzo, Pre-Textos).
Después los narradores: “En el silencio atónito de las gentes se intensificará la soledad de su indefensión y el dolor de las desapariciones”. (Luis Mateo Díez, en La piedra en el corazón, Galaxia Gutenberg).
A las preguntas de la tragedia (provocada por el terrorismo yihadista, según la justicia), que han tratado de responder docenas de investigadores, historiadores y periodistas en libros de ensayo, siguen las preguntas de por qué las artes no terminan de abordar el suceso. A la falta de perspectiva, tiempo, se suma, según José-Carlos Mainer, catedrático de literatura, escritor y crítico, “la irrupción de una realidad que desbordó todo, que no se ha asimilado y que está como un quiste que oculta la insatisfacción política y social que se ha agudizado desde entonces, a la vez que descubre la sensación de vulnerabilidad. Un síndrome extensivo y responsable del estallido de insatisfacción que llega hasta hoy”.
Mientras el cine, la música, el teatro y las artes plásticas han mirado aquella tragedia por una rendija del tiempo, la literatura ha entrado por su puerta para arrojar luz sobre lo ocurrido y su estela en la gente. Han hecho una ruta similar a la vivida en Estados Unidos, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, con palabras que se abren paso en el tiempo.
“Ya la ciudad vuelve a ser un caudal de vida y tiempo derramados. Pero ha ocurrido algo, la luz ha pasado de un color a otro como si hubiese caído un telón sobre Madrid”. (Adolfo García Ortega, en El mapa de la vida, Seix Barral).
“Las palabras no esperan”, escribió Luis Mateo Díez en 2006. Fue uno de los primeros narradores en volver a aquel día de marzo y escribir no una novela sobre el 11-M, sino una historia que transcurre en el 11-M para convertirse en una especie de tratado de vida, del aprendizaje del dolor, “de la búsqueda denodada de la palabra, del nombre de lo innombrable. De la palabra salvadora”.

Porque mientras los historiadores hacen Historia, ajustan los pilares de la realidad, lo que cuentan los escritores es lo que suele quedar en el imaginario colectivo, lo que da forma a la vida de la Vida. “La fuerza de la literatura estriba en que llega a la memoria emocional de la gente y fija los hechos como mitos, como relatos. Esto desde Homero”, recuerda García Ortega. Con una advertencia: “Esto vale tanto para la verdad como para la mentira. La literatura también tiene su cara b, que es la manipulación. Es más, la literatura se define como manipulación, para construir o para destruir”.
Una idea compartida por Fernando Reinares, que acaba de afianzar los pilares del suceso madrileño en ¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España (Galaxia Gutenberg). Para el catedrático de Ciencia Política, la literatura puede facilitar la comprensión y un mejor entendimiento de los hechos, “pero siempre que se ajuste a la realidad y con evidencia contrastada. No de literatura que añada más imaginarios a los que ya la sociedad española ha generado al respecto”.
Y aunque la ficción es clave, porque cuenta lo que no cuenta la Historia, “no puede hacer trampas, tiene que tener unas reglas como la Historia”, asegura Manuel Gutiérrez Aragón, autor de La vida antes de marzo(Anagrama). La poca literatura alrededor del 11- M se debe, tal vez, agrega el cineasta y narrador, a que se trata de un suceso puntual, “fue tan único que parece no pertenecer a nuestra Historia. Tan externo que puede ser un punto de partida o de llegada”. Considera que lo escrito hasta ahora está bien y no está enredando los múltiples hilos de un acontecimiento que desde el primer día fue enturbiado al mezclar tragedia, terrorismo, política y mucha opinión pública.
“Oyó el aullido de la ciudad y el cántico de las ambulancias rumbo a Atocha. Sus gafas de mariposa se empañaron. Miró hacia delante y hacia atrás, sin saber qué hacer, y tuvo la impresión de que estaba perdiendo el equilibrio”. (Blanca Riestra, en Madrid blues, Alianza).
Los pocos libros sobre el tema puede deberse también, según Riestra, a que en España la literatura sigue estando muy ligada al entretenimiento. Y la escritora va más allá: “La literatura como reflexión sobre nuestra historia presente, más aún si se trata de sucesos trágicos como el asunto de Atocha, parece abocada al fracaso. Eso experimentamos muchos de los escritores que publicamos novelas sobre el 11-M, que se hacía un tupido silencio sobre nuestros textos, como si hubiésemos violado alguna regla no escrita”.
Los que han vuelto a aquel día, cuenta Díez, han buscado el sentido profundo de esa experiencia en la experiencia de cada uno, del hecho en sí y del dolor íntimo de una conciencia global de él. Y esa narración lo sitúa mucho más allá del propio suceso y de las connotaciones históricas. “Ese estupor y sentimiento de liquidación absoluta e imprevisto sucede en el momento del despertar que requieren de unas palabras destiladas en lo narrativo como de meditación interior y estar más cerca a la expresividad que rastrea la poesía en su esencia más profunda”.
Novelas que tratan de contribuir a fijar un modo de interpretar la realidad en el marasmo de la confusión, afirma García Ortega. Y lo hacen “posicionando al lector frente a las víctimas, frente a los asesinos y frente a las circunstancias desde el puesto privilegiado de la primera fila, para que el lector sienta, piense, imagine por su cuenta y adquiera ese don, que solo da la literatura, que es la identificación con el otro”.
“Yo miraba los escasos anuncios de las afueras de Vaciamadrid: muebles, sanitarios, alquiler de oficinas.
—La sangre está corriendo. Hay ríos teñidos de rojo y muchos muertos…
La guerra no está tan lejos como algunos quieren hacer creer, la guerra está tras esos montes y se va acercando —dijo Serhane. Ante mí se extendía la tierra baldía, las yeseras, los terraplenes de hierba rala”. (La vida antes de marzo)
La mayoría de las narraciones están hechas desde la emoción, reconoce Gutiérrez Aragón. Al estar tan cerca el suceso, en esas obras palpita lo que produjo en cada escritor y la sociedad. “No es lo mismo la Guerra Civil escrita por los que la vivieron que por quienes no. Esto estaba muy próximo y se nota. En el 11-M el recuerdo de los muertos está presente. Todavía no es novela histórica, es novela de la emoción y para eso se cuenta con que el lector también es contemporáneo de los hechos”.
La novela es consuelo, como debió de ser la épica para Homero al pensar la Ilíada, afirma el crítico J. Ernesto Ayala-Dip: “No hay pena ni dolor colectivo que no se nos incruste como el dolor y la pena con el que nos solidarizamos y con el cual nos interrogamos y nos vemos (incluso en la terrible posibilidad de haber sido víctimas o verdugos), a nosotros mismos como individuos”. Recuerda que estas obras españolas, sin olvidar la escrita por el estadounidense Don Delillo, El hombre del salto,2007, sobre el 11 de septiembre del 2001, “cada una en su especificidad estética y argumental, intentaron una explicación o una mínima respuesta a tanto enigma humano y a tanta sinrazón”.
Si Luis Mateo Díez considera que también estos libros tienen algo de catártico, Blanca Riestra cree que no han tenido ningún impacto salvador o excelso. Que no hay que crear tabúes. La muerte y la violencia, afirma, “no deben ser sacralizados y la realidad —cualquier realidad— está ahí para que quien quiera la tome y haga con ella literatura”.
Los primeros en contar lo ocurrido fueron los medios de comunicación. Podría pensarse, reflexiona García Ortega, que la información periodística es el mejor cauce para ello, “pero precisamente el 11-M se estudiará algún día como el modelo de manipulación informativa más taimado de nuestra historia reciente”. Aflora, entonces, el aspecto ineludible: el político. Las novelas del 11-M “ponen la política en su sitio, es decir, en un lugar muy efímero y coyuntural, incluso amoral. La Historia no olvidará gracias a que la literatura siempre estará ahí para denunciarlo”.
“Nada nos hace tan sabios como el dolor. Hay una lucidez en la experiencia del dolor que no se puede conquistar de otra manera que sufriendo. De hecho, si no olvidáramos nuestra experiencia del dolor, creo que seríamos eternamente sabios, y que ya nada nos heriría; por desgracia, incluso la sabiduría del dolor se olvida, y de nuevo recaemos en nuestras viejas costumbres imperfectas”. (Ricardo Menéndez Salmón, en El corrector, Seix Barral).
Fue el jueves 11 de marzo de 2004, en Madrid. Ese día, entre las 7:37 y 7:39 de la mañana, las alegrías heredadas del día anterior fueron sepultadas por tres explosiones, 1858 heridos y 191 muertos. Luego, la política quiso manipular y se mezcló con la realidad como una gran gota de tinta que cae en un vaso de agua. Y los escritores empezaron su peregrinación hacia aquella grieta en el tiempo.
El Pais