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Pruebas

martes, 16 de julio de 2013

El horizonte ayer


Una anciana y su hijo trenzan dos soliloquios que se buscan sin alcanzarse, entre el mañana que disminuye y el ayer que el paso del tiempo agranda. Son voces que se persiguen en vano, que se evocan y enredan sin llegar a acordarse -la que Julia desgrana a solas en el suburbio, la que Manuel rumia en el curso del vuelo insomne que le retorna de Australia a España para velarla-, ambas trazando una fuga dirigida al pasado convertido en único horizonte posible, dado que el futuro se esfuma y apenas cabe mirar al frente.
El horizonte ayer y no mañana, pues, tal como la vejez impone. Y a través del lábil recuerdo, atisbado entre el contrapunto de reminiscencias y anhelos, el horizonte futuro que el pasado creó a su vez, cuando sus respectivas juventudes todavía barajaban lo posible y el porvenir aguardaba intacto. Un diálogo de dos ausencias tras el que se insinúa una tercera que paulatinamente va señoreando este tapiz de hilachas, un juego de cajas chinas carente de fin y fondo.


1. Calle Bambú

I

Sé que un día volverás y ya no estaré para recibirte cuando llames a la puerta. Volverás a este piso desde el que te pienso ahora, a las esquinas y las calles, a las plazas por donde anduvimos, juntos o separados pero siempre unidos por un hilo invisible que nadie puede romper. Allí donde estés mi corazón va contigo, aunque no te pares un segundo a pensarlo, el cielo es testigo de que así es. Por más que andes de un lado a otro por esos mundos, el simple hecho de imaginarte me da fuerzas para continuar. Qué vacía habría sido la vida si no hubieras llegado, válgame Dios.
Hace ya muchos años que tengo el sueño ligero, por las noches duermo a trompicones y casi no hay madrugada en la que no vea clarear el día por las rendijas de la persiana, bastante antes de que suene el despertador. Entonces me quedo un buen rato desvelada, arrebujada bajo las mantas porque este piso está expuesto a los cuatro vientos y cuesta levantarse con el relente primerizo, la mirada prendida en el techo mientras me digo: sigues siendo tú, Julia, y estás aquí una mañana más, y ya eres una anciana que vive desde hace demasiado tiempo a solas; pronto hará quince años que tu hijo Manuel se marchó a las quimbambas llevándose sus ilusiones y las tuyas consigo, las esperanzas que se no van a cumplir porque ya va quedándote menos y él no lleva traza de regresar.