Bienvenido

Si eres amante de la lectura, tiene todas las llaves que te puede dar este humilde blog para continuar en tu viaje.

Pruebas

viernes, 5 de julio de 2013

El libro de los vicios


Corren tiempos brillantes, dice Soboczynski. Brillantes porque todo se vuelve literalmente más liso y brillante (los móviles, los coches, la piel del hombre, que los cánones modernos mandan depilar y dejar suave como la de un bebé), porque reinan el orden, la autodisciplina y la obsesión por la salud.
En veintinueve capítulos y a través de un puñado de personajes que recorren toda esta «casi novela» con sus vicisitudes, Soboczynski desgrana su visión ácida del mundo moderno. Antes la gente tenía más vicios, fumaba en los bares, montaba en bicicleta sin casco, comía carne sin complejos, apreciaba más lo inesperado, actuaba con pasión, no utilizaba palabras inglesas para todo. Ahora, en cambio, se prohíbe fumar, todo el mundo bebe menos en las fiestas, come sano y practica deporte, las ciudades parecen fotocopiadas unas de otras, todo tiene que ser pulcro, los aparatos hacen menos ruido y lo «ecológico» triunfa por doquier. Soboczynski reivindica lo inútil, lo superfluo, lo ineficiente. Ensalza la figura delflâneur, ese paseante ocioso y sin destino. Y sitúa en el centro de su crítica a su antítesis, el asceta, ese enemigo de la vida que, en su persecución del futuro feliz, todo lo quiere controlar, incluso a los demás.
En este su libro de los vicios, Soboczynski se escandaliza -siempre a través del humor y el sarcasmo- por la proliferación de la práctica del jogging o por el hecho de que los padres lleven cada vez más a sus hijos a todas partes, incluso a bares y restaurantes, que él querría refugios oscuros en los que entablar nuevas relaciones. Quiere celebrar la ciudad como un lugar repleto de aventuras en cuyas callejuelas esperan las amantes más bellas, pero constata con horror cómo proliferan en ella los horrendos centros comerciales profusamente iluminados, destructores de cualquier atisbo de penumbra. Lamenta que en el mundo de hoy todo lo informal y erótico se combate, y todo lo pornográfico, en cambio, goza de la aprobación general.
La tesis de Soboczynski podría resumirse así: allí donde deberíamos relajarnos, se nos imponen todo tipo de prohibiciones, y allí donde no estarían de más unas cuantas normas, reina el más absoluto laissez-faire. Y todo ello amenizado con aromas de Adorno, Benjamin, Gómez Dávila e incluso Ortega y Gasset.
«El libro de Soboczynski es un alegato a favor de la desmesura y una diatriba contra todas las formas de disciplina, reglamentación y ascetismo. Uno querría leer más a menudo alegatos de este tipo, sobre todo si, como es el caso, consiguen alcanzar las alturas mediante la elegancia verbal» (Wiebke Porombka, Frankfurter Allgemeine Zeitung).
«¡Exacto, eso es!, querría gritar el lector ante frases de tal calibre y correr a estrecharle la mano al autor por puro agradecimiento de que al fin alguien diga lo que todo el mundo sospecha (y los que han leído a Foucault saben). Éste es un libro contra la banalidad de nuestra época y contra las técnicas neoliberales de autosuperación» (Der Freitag).
«Al leer, uno va subrayando frase tras frase mientras asiente con la cabeza y sonríe para sus adentros, y al final se da cuenta de que ha subrayado una frase de cada tres» (Tobias Becker, Spiegel Online).
«Un estilista brillante y un intelectual de pura cepa, sólo que lleno de ingenio y humor» (NDR).
8. FUMAR
     El número de establecimientos en los que todavía se permite beber y fumar, a los que me gusta ir de vez en cuando, se ha reducido a unos pocos. Desde luego, hay bares en los que se puede sólo beber y que están bastante concurridos, pero ya no pongo el pie en ellos por culpa de los clientes que los frecuentan, ya que, como todo el mundo sabe, son aburridos y mediocres hasta la saciedad. Además, los niños, a los que últimamente los padres llevan a todas partes y que por puro aburrimiento se dedican a armar escándalo, estropean el ambiente. Nadie osaría jamás intentar una aproximación a una mujer en presencia de niños, ya que son unos seres inocentes, y miran raro, y con curiosidad, y vienen y te dan un golpecito. A menudo he pensado que los padres que van a los cafés y bares con los hijos los llevan sólo para evitar que las demás personas se acerquen fumando unas a otras, ya que ellos, una vez extinguida la pasión, les envidian que, estando sin descendencia, se acerquen en efecto unas a otras, de modo que se dedican a convertir los bares, que antaño habían sido siempre lugares de secretos oscuros, ligoteos obscenos y frivolidades desatinadas, en parques infantiles. 
     Así es: hoy en día, los hijos se llevan a todos lados. Y no, como todo el mundo sabe, porque los padres se vean obligados a ello por falta de canguros, sino porque los niños, a los que sólo podemos compadecer, deben ser exhibidos con orgullo, como trofeos de la población sana que con su sola presencia acusan al mero paseante sin descendencia de ser un parásito estéril de la sociedad. Hoy las madres y los padres empujan con toda laboriosidad y falta de cuidado sus cochecitos en el tranvía, ralentizando así la gran ciudad y deserotizándola con los gritos de sus vástagos, que muestran con todo descaro a diestro y siniestro y que no pueden hacer nada para evitar verse sometidos a tanta exhibición, presentación y ostentación.