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Pruebas

jueves, 25 de julio de 2013

El caso Orlov

«Tal vez haya llegado el momento de empezar a escribir una nueva historia de la Guerra civil española», nos dice Boris Volodarsky, que fue capitán de los Servicios de Inteligencia Militar de Rusia (GRU) y es el mayor experto en el estudio de los servicios secretos soviéticos.

La nueva documentación disponible en la actualidad permite conocer mucho mejor la realidad de la intervención rusa en España y el papel desempeñado por sus agentes: Gerö, Grigúlevich, Philby (enviado originalmente para asesinar a Franco), Koltsov y, en un lugar muy especial, Lev Nikolsky, conocido como Alexander Orlov -el hombre que engañó a Stalin y ala CIA, y al mundo entero con sus memorias- quien desde febrero de 1937 dirigió el NKVD en España y fue responsable de una etapa de terror sangriento, que incluye los asesinatos de Kurt Landau y de Andreu Nin.

Este libro, que desvela una gran cantidad de fábulas, falsedades y mentiras que siguen repitiéndose hoy, será, sin duda, una referencia indispensable para todo aquel que se proponga estudiar la guerra civil española.

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El telón de fondo:
descubriendo el pastel español.
Una introducción muy breve 

En su ensayo de 1937 «Spilling the Spanish Beans», George Orwell comentaba que «ha existido una conspiración deliberada ... para impedir que la situación española sea comprendida». Tal y como demuestran los debates actuales, siguen proliferando los mitos sobre la República, la guerra civil y la dictadura franquista, y continuarán en el futuro. Los historiadores de la guerra civil española no dejan de recordarnos que la batalla por la verdad respecto de la guerra y otros aspectos no está ganada, ni mucho menos.1 Desde 1936 la guerra civil española ha sido ampliamente malinterpretada, y muchos coinciden en que aún queda mucho camino por recorrer para lograr una visión completa de cómo se consideró la situación política en su contexto internacional, en particular antes y justo después del estallido de la guerra.
Cuando se fundó la Segunda República el 14 de abril de 1931, la gente se echó a la calle de la alegría. El rey Alfonso XIII abandonó el país tras las elecciones municipales en las que los candidatos republicanos obtuvieron la mayoría de votos en las zonas urbanas, y esa misma noche de sábado los conspiradores monárquicos se reunieron con el fin de sentar los cimientos de un proceso con el que pretendían socavar las bases de la República: no estaban dispuestos a darle ni veinticuatro horas de respiro. Las esperanzas de la gente pronto menguaron ante la fuerza de las antiguas defensas del orden.