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La larga vida de Marianna Ucrìa

Sicilia, primera mitad del siglo XVIII. Mientras en Europa se imponen las ideas de la Ilustración, en Palermo Marianna Ucrìa, hija de una familia noble, está destinada al matrimonio o a la clausura, como todas sus primas y hermanas. Los matrimonios y la vida monacal tienen que servir a los intereses de los Ucrìa, que se van emparentando de este modo con las grandes familias palermitanas.
Pero Marianna es sordomuda y para comunicarse debe aprender a expresarse a través de la escritura. A los trece años la casan con un tío suyo, hermano de la madre, y trae al mundo hijos, como de ella se espera, pero su vida sólo se enriquece gracias a la lectura. Así logra conocer el mundo más allá de los estrechos confines en que la encierra su cotidianidad.

A pesar de todo, Marianna conocerá el verdadero amor y su actitud provocará el escándalo. Es ésta la historia de una mujer extraordinaria, antepasada de Dacia Maraini, que sabe afrontar la vida con valentía y pasión en un universo fastuoso en las entrañas del cual reinan sin embargo la sordidez y la mezquindad.


I

Un padre y una hija, ahí están: él rubio, bello, sonriente; ella desmañada, pecosa, asustada. Él elegante y descuidado, con las medias caídas y la peluca encajada de lado; ella encerrada en un jubón amaranto que hace resaltar su cutis color cera.
La niña sigue a través del espejo al padre que, agachado, se ajusta sobre las pantorrillas las medias blancas. La boca está en movimiento, pero el sonido de las palabras no la alcanza, se pierde antes de llegar a sus oídos, casi como si la distancia visible que los separa fuese tan sólo un tropiezo de la mirada. Parecen cercanos, pero están a mil leguas de distancia.
La niña escruta los labios del padre que ahora se mueven más deprisa para saludar a la señora madre, que baje con él al patio, que suba a la carroza porque, como de costumbre, llevan retraso. Mientras tanto Raffaele Cuffa, que camina, cuando está en la casa rural, como un zorro, con pasos ligeros y cautelosos, se ha acercado al duque Signoretto y le tiende una ancha canasta de mimbre trenzado sobre la que se destaca una cruz blanca.

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