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Pruebas

lunes, 30 de julio de 2012

La edad de los prodigios

Con pulso y erudición irreprochables, el historiador británico Richard Holmes relata cómo nació el mundo que hoy habitamos en 'La edad de los prodigios', uno de los grandes acontecimientos editoriales del año, publicado en España por Turner.

En este extraordinario libro de cultura, firmado por Richard Holmes, el lector encontrará no sólo un pormenorizado relato del nacimiento de las ciencias y su moderna articulación entre los siglos XVIII y XIX; también, y principalmente, hallará el esfuerzo y la sagacidad, el azaroso empeño, a veces trágico, como en Lavoisier, a veces triunfal, como en Herschel, de quienes la hicieron posible. Esa es la declarada intención de Holmes al escribir La edad de los prodigios: explicar al científico desde sus condicionantes históricos y su particularidad humana, y no como un producto anaerobio, como una floración exenta, fruto único del cálculo y la lógica inductiva. Esto lo emparenta con otros estupendos libros de divulgación científica, como pudieran ser Los sonámbulos de Koestler o el Cosmos de Sagan. No obstante, su impulso original parece provenir de la caudalosa Historia cultural que, desde D'ors a Starobinski, y antes en Michelet y Herder, ha desvelado al hombre junto a su arboladura intelectual y las circunstancias de todo orden que acompañaron sus días.

Aun así, el valioso trabajo de Holmes no se ciñe a la tarea científica, erudita, recogida admirablemente en estas páginas. Antes bien, La edad de los prodigios, subtitulada significativamente como Terror y belleza en la ciencia del Romanticismo, constituye una trepidante narración, pautada y absorbente, de aquellas vidas. Surge, no obstante, una cuestión terminológica: ¿Hasta qué punto podemos calificar de románticos a William Herschel y Joseph Banks, cuya idea del cosmos, del buen orden, hija de Les Lumières, del británico Enlightment y la Aufklärung germana, difiere de la idea dinámica de hallazgo, de revelación, de misterio a desentrañar, tan próximos al romanticismo de Mungo Park o S. T. Colerigde, fascinado por la nueva ciencia? Parece claro, en cualquier caso, que fueron las especulaciones sobre lo bello y lo sublime de Kant y Edmund Burke, dos mentes neoclásicas, quienes abrieron este apetito por lo infinito, por lo desmesurado y terrorífico, que se apoderará de la poesía y el arte, de las empresas científicas del XIX. En este sentido, Holmes se limita a exponer, en su intrincado desarrollo, la paulatina variación y la mutua influencia que las cabezas eminentes de aquella hora propiciaban con sus indagaciones. La familia Herschel en la Astronomía, Lyell en la Geología, Lavoisier y Davy en Química, los Montgolfier en la Aeronáutica, Banks en la Antropología y la Botánica, Volta y Galvani en los principios de la electricidad, Wordsworth y Coleridge en la nueva concepción poética de la Naturaleza... Todos ellos, repito, modifican y encauzan los novedosos rumbos del siglo, en la encrucijada del XVIII al XIX, dando lugar, no sólo a las ciencias tal como hoy las conocemos, sino al modo de entender el mundo, la especie humana, la vastedad del Universo, que se derivó de ellas.

Mungo Park muerto en alguna orilla remota del río Níger, huyendo de la persecución de los nativos; Lavoisier guillotinado junto a su suegro; las magulladuras y ulceraciones de Davy y Faraday en sus experimentos con el grisú; las gravosas observaciones de Herschel y su hermana Caroline en las frías noches de Bath, accionando un gigantesco telescopio; la accidentada invención del anéstésico, tras el descubrimiento del óxido nitroso y el éter; la espantosa muerte de Pilâtre de Rozier y Pierre Romain tras accidentarse su globo. De la valentía, de la imaginación, de la inteligencia, de los errores y pertinacias, también de los amores y desconsuelos de todos ellos, nació el mundo que hoy habitamos, así como el modo, más vertiginoso y complejo, de entenderlo. Esto es lo que relata Holmes en su magnífico volumen, con pulso y erudición irreprochables. Si de la paciencia de Herschel surgió una idea pavorosa del infinito, tras el frívolo paseo de los Mongoflier, subidos en su aerostato, la Tierra se nos aparecerá, ya para siempre, como una esfera verdiazul, inopinadamente vasta, solitaria y umbría.

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