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Pruebas

jueves, 12 de julio de 2012

Una geografía del infierno

En el presente volumen se recogen las dos singularísmas lecciones que impartió Galileo Galilei en 1588 ante la Academia de Florencia. Lecciones de naturaleza dantesca, por cuanto versaron, no sobre la traslación de la tierra u otra cuestión de similar importancia, sino sobre la exacta geografía del Infierno en la Comedia de Dante. Descubrimos así a un Galilei joven, partidario de Ptolomeo, aplicado al minucioso cálculo infernal y a la geología comparada. De ello resultará que el Infierno -el Infierno en Dante- tiene forma de cono invertido, cuyo eje va del centro de la tierra a la ciudad de Jerusalén, bajo la cual se abre tan infausta sima.

Tanto en la introducción como en el postfacio, excelentes ambos, el primero a cargo de Riccardo Pratesi y el segundo obra de Matías Alinovi, se aclaran los motivos de esta intervención de Galilei en dicho contencioso teológico. Galilei, deseoso de ganar una cátedra en Pisa, habría mediado en un conflicto entre eruditos dantescos, declarándose a favor del comentarista florentino. Se trataba, pues, de una cuestión de orgullo local, donde Galileo representó los intereses de la Academia, hasta el punto de asumir las tesis de Ptolomeo que refutaría más tarde. Pratesi y Alinovi encuentran en la obtención de dicha cátedra, y en el favor académico, la razón última de su proceder, entre ambicioso y equívoco. No obstante, el propio texto admite, reclama, una lectura irónica: "cuánto más maravillosa deberemos estimar la investigación y la descripción (...) del infierno, el cual está sepulto en las vísceras de la Tierra, oculto a todos los sentidos y de nadie por ninguna experiencia conocido". Esto, dicho por un científico, equivale a declarar la imposibilidad de lo descrito. Y más adelante, para ceñir el ámbito de sus investigaciones, escribe: "y así mostrar cuál de las dos descripciones a la verdad, es decir, a la mente de Dante, más se aproxima". No a la geografía infernal, sino a la mente de Dante. Resulta difícil ser más claro sin perder el favor, el entusiasmo provinciano, de quienes aplaudieron su genio.

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