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Pruebas

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Las muchas lenguas de Kundera

La primera novela de Milan KunderaLa broma, es la historia de cómo una ironía leída por quien no debería –escribir en una postal “El optimismo es el opio del pueblo”– arruina la vida de su protagonista en la Checoslovaquia comunista. La última, La fiesta de la insignificancia –que su editorial en España, Tusquets, saca a la calle el 2 de septiembre– relata en uno de sus capítulos como Stalin relata una historia que puede ser, o no, un chiste, aunque descubrirlo no es sencillo: si por casualidad no es un chiste y es un delirio de dictador, puede costar la vida al que se ría a destiempo. En medio, transcurre la vida de uno de los escritores europeos más importantes del siglo XX, cuya existencia podría ser definida como una gran lucha contra un mundo que ha perdido el sentido del humor.
Los chistes son un ángulo magnífico para contar la historia del comunismo en Europa Oriental y la URSS: “Qué hay más frío que el agua fría en Rumania? El agua caliente” “¿Cómo se llama una orquesta sinfónica soviética a la vuelta de una gira por Occidente? Un cuarteto” “¿Se puede envolver un elefante con un diario? Sólo si recoge íntegro un discurso de Kruschev” “¿Cómo visitan los rusos a sus amigos? En tanque” (este último es un chiste checoslovaco de 1968). El periodista Ben Lewis escribió un ensayo delicioso sobre el tema, Hammer & Tickle (algo así como El martillo y las cosquillas, un intraducible juego de palabras entre sickle –hoz– y tickle –cosquillas–) en el que recoge la historia del escritor checoslovaco Jan Kalina, autor del primer estudio sobre el humor bajo el comunismo,1001 chistes. Kalina escribió su libro aprovechando la apertura que antecedió a la Primavera de Praga y lo envió a imprenta, pero justo en ese momento no había papel. Cuando por fin llegó, los tanques soviéticos ya habían arrasado el estallido de libertad checoslovaco, y los impresores se pusieron a trabajar en los libros que tenían en lista de espera, sin mirar su contenido. El ensayo salió a la calle en 1969, vendió 25.000 ejemplares en dos semanas –el tiempo que tardaron en darse cuenta las autoridades de que su contenido no les hacía ninguna gracia– y su autor fue detenido y sometido a un proceso, tras el que fue condenado a dos años de trabajos forzados por “publicar un libro satírico que insulta con crudeza el estado y la sociedad de la República Checoslovaca y su solidaridad con la Unión Soviética”. Kundera se convirtió en un gran escritor y sus libros en el símbolo de la Primavera de Praga en aquellos mismos años, en ese mismo país absurdo que perdió la batalla del sentido del humor ante los tanques. “El humor es esencial para él”, explica el escritor y periodista francésJean Daniel, de 94 años, uno de los grandes amigos parisinos de Kundera, que escribió el prefacio de su autobiografía literaria, Los míos (Galaxia Gutenberg). “La ironía está en el centro de su vida, la idea de que uno no se puede tomar el mundo en serio”", explica el periodista.
La vida y la obra del narrador, de 85 años, han estado marcadas por aquella represión, que le llevó al exilio, a cambiar de país, de nacionalidad (François Mitterand le concedió la ciudadanía francesa en 1981, a la vez que a Julio Cortázar, después de dos años como apátrida ya que los checos le habían retirado la suya en 1979) y, finalmente, de lengua: sus últimas cuatro novelas están escritas directamente en francés. El autor se fue recluyendo poco a poco desde mediados de los años ochenta, cuando el éxito de La insoportable levedad del ser le hizo mundialmente famoso, apartándose de la mirada pública y de la prensa, de lo que llama los “estragos de la sociedad de la transparencia”, un proceso que se ha profundizado desde que fue acusado en 2008 de haber sido un delatorbajo la dictadura comunista, un cargo que rechazó rotundamente en su primera declaración pública en 30 años (un párrafo dictado por teléfono a la agencia checa de noticias). Pero, como demuestra La fiesta de la insignificancia, hay algo de lo que Kundera nunca se ha olvidado: ni de la literatura, ni de los buenos chistes. “Aprendí a valorar el humor durante la época del terror estalinista”, aseguró en 1980 en una entrevista con el novelista Philip Roth, una de las últimas que concedió antes de desaparecer de la escena pública. “Tenía veinte años. Para identificar a alguien que no fuera estalinista, al que no hubiera que tener miedo, bastaba con fijarse en su sonrisa. El sentido del humor era una señal de identificación muy fiable. Desde aquella época, me aterroriza la idea de que el mundo está perdiendo el sentido del humor”.
Los amigos cercanos del escritor respetan el muro de silencio con el que ha decidido protegerse del mundo exterior y evitan contar cualquier detalle sobre su vida. “Es un hombre muy secreto”, asegura Jean Daniel. “Mi amistad con ellos viene del hecho de que soy una tumba, es un pacto de amistad y un pacto de editora”, explica por su parte Beatriz de Moura, su editora española en Tusquets, traductora de sus libros del francés y que, junto a su compañero ya fallecido, Toni López Lamadrid, estableció una profunda amistad con el novelista y con su esposa. “Los periodistas se convirtieron casi en una obsesión, pensaba que siempre van a la noticia fácil, tenía mucho miedo a ser malentendido, también por los traductores. Pensaba que los medios tenían muchísimo poder, su postura fue que se hable de su obra”, señala la traductora y escritora checa Monika Zgustova, que también trató mucho al autor de El libro de los amores ridículos. “Su vida es perfectamente normal, pero tiene que defenderse de la sociedad del entretenimiento”, asegura Fernando de Valenzuela, periodista, traductor al español de la obra en checo de Kundera y gran amigo del novelista.
Hace décadas que no concede una entrevista y es una pena porque la conversación con Roth, publicada en El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral), es una auténtica joya: “El totalitarismo no es sólo el infierno, sino también el sueño del paraíso”; “Una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes”. En marzo de 1982, viajó a Madrid para presentar El libro de la risa y el olvido y concedió una entrevista a este diario, a Rosa María Pereda, en la que también se muestra un interlocutor lúcido pese a que arrastraba una gripe tremenda. “No me siento cómodo en el papel de disidente”, aseguró entonces, cuando la caída del Muro de Berlín y el final del mundo comunista parecían una quimera. “Me veo a mí mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que está a punto de ser masacrada. Porque lo que está pasando en Europa Central es precisamente la masacre de su cultura. Imagine que a principios de siglo la cultura centroeuropea era el verdadero centro de la cultura europea. Todo proviene de allí: el psicoanálisis, el estructuralismo, la dodecafonía, el teatro del absurdo... Todo ello está a punto de terminar porque esta parte de Occidente está incluida en otra civilización, el Este. El choque cultural es aún más fuerte que el político”.
En el otoño de 1983 concedió una serie de entrevistas a Christian Salmon, que publicaría en The Paris Review y que se han convertido en un clásico de los estudios literarios. En 1985 The New York Times publicó una larga conversación con la escritora experta en el mundo soviético Olga Carlisle, que describía su domicilio “como un pequeño apartamento con vistas a los tejados de Montparnasse”. “Lo que da personalidad a su salón son las pinturas modernas, surrealistas, que cuelgan de sus paredes. Algunas son de artistas checos, otras del propio Kundera”. Describe a Vera, su esposa, música y compositora, como “una guapa morena con el pelo corto” y asegura que la fama ha irrumpido en su vida en forma de constantes llamadas y peticiones de “televisiones europeas, directores de teatro y de cine”. Es Vera quien atiende el teléfono. “Alto y delgado, vestido con un viejo jersey azul, Kundera parece un hombre que se siente a gusto consigo mismo”, prosigue la periodista que relata como el propio novelista le acompaña caminando al hotel, “un corto paseo en medio de la ruidosa noche parisina”. Dos días después los Kundera le invitaron a comer codorniz en salsa de enebro al estilo checo. El matrimonio Kundera no se muestra huraño en ningún momento, más bien todo lo contrario. “La vida, cuando uno no puede esconderse de los demás, eso es el infierno y lo sabe cualquiera que haya vivido en un país totalitario”, confesó entonces en una frase que, desde su refugio, tiene mucho sentido. Aquella entrevista, junto a una preciosas imágenes de Milan y Vera Kundera en ese mismo salón tomadas por el fotógrafo siciliano de Magnum Fernando Scianna, fueron los últimos momentos públicos del escritor antes de reclamar su derecho a esfumarse. Le Monde cuenta que todavía es posible verle pasear por las calles del distrito sexto de París (el Barrio Latino) donde vive, por el Jardín de Luxemburgo –donde transcurre una escena crucial de su última novela– o tomando un vodka en el bar del mítico hotel Lutetia, que acaba de cerrar durante tres años para unas largas renovaciones. Pasa también temporadas en una casa de las afueras de París.
Kundera, nacido en 1929 en Brno, había llegado a Francia en 1975, con su esposa, como profesor invitado a la Universidad de Rennes, en Bretaña, y se quedó. En 1979, el año en que se convirtió en apátrida, se traslada a París y allí escribió La insoportable levedad del ser. En aquellos años también hizo un descubrimiento extraordinario, cuando Alain Finkielkraut le preguntó durante una entrevista por qué el estilo de algunas de sus novelas en francés parecía tan barroco: se enteró así de que sus libros no habían sido traducidos, habían sido reescritos. “Es muy minucioso con las traducciones”, asegura Beatriz de Moura quien explica que hizo retraducir todas sus obras al francés, un proceso que le llevó dos años de trabajo y en el que él mismo participó, y tras el que sus obras recuperaron en su lengua de acogida el estilo directo, claro, sin adjetivos, que caracteriza su literatura. “Querer tener una versión definitiva de sus libros es uno de los privilegios a los que tiene derecho un autor”, aseguraFernando de Valenzuela, quien explica que revisó sus traducciones del checo introduciendo todas las frases y matices de las diferentes versiones francesas. Cuando volvió a publicar en checo La insoportable levedad del ser en 2008 se convirtió en un éxito de ventas. La edición iba acompañada de una nota del autor que refleja muy bien su forma de enfrentarse a los textos: “Fue necesario reconstruir el manuscrito, perdido parcialmente, compararlo con ediciones anteriores y, por encima de todo, con la traducción francesa en la que introduje muchos cambios pequeños a lo largo de 20 años”.
El éxito de la edición checa de La insoportable levedad del ser parece contradictorio con la frialdad, incluso hostilidad, con la que muchos intelectuales acogieron la acusación, basada en un presunto documento de la policía secreta, de que había denunciado en 1950, cuando tenía 20 años, a un hombre que pasó 14 años en un campo de trabajos forzados. Kundera lo negó rotundamente y recibió el apoyo público de autores de la talla de Philip Roth, Salman Rushdie, Nadime Gordimer, Gabriel García Márquez, Orhan Pamuk, Jorge Semprún, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y J.M. Coetzee. Los autores de la revelación, en cambio, han mantenido siempre su veracidad. “Le afectó muchísimo la historia de la denuncia checa, se sintió traicionado por los checos y creo que fue así realmente. Muy poca gente intentó comprender lo que había ocurrido entonces”, señala Monika Zgustova, que también salió públicamente en su defensa con un artículopublicado en EL PAÍS. “La acusación destila el rechazo que todos los países del mundo muestran por sus exiliados”, asegura Fernando de Valenzuela, quien cree que todo fue una burda manipulación. Sin embargo, su traductor asegura que el cambio de lengua, similar al que experimentaron otros grandes escritores como Nabokov, Beckett, Cioran o Ionesco, no se debe a una buena o mala relación con su país. “Es lógico. Si estás fuera del país donde vive tu lengua, acabas por escribir un checo de hace 40 años. Kundera no solo reflejaba el idioma que se hablaba en la calle sino que, durante la Primavera de Praga, la calle hablaba como Kundera”, explica.
Sus últimas cuatro novelas, La lentitud, La identidad, La ignorancia y La fiesta de la insignificancia, están escritas en francés, al igual que su obra de teatro Jacques y su amo; y cuatro ensayos: El arte de la novela, Los testamentos traicionados, El telón y Un encuentro. No ha recibido el Nobel pero en 2011 se le concedió un honor igual de importante (o más): se convirtió en el duodécimo escritor que entra en vida en la colección que marca el canon de la literatura mundial, La Pleiade, la cuidada colección en papel biblia de Gallimard que reúne las joyas de la literatura universal. “Es curioso que después de haber sido alzado a los altares de la Pleiade se descuelgue con un libro tan particular, tan pequeño. Demuestra que está muy joven”, asegura Beatriz de Moura. El quebequés François Ricard, el profesor de la Universidad McGill de Montreal que se ocupó de la edición definitiva en La Pleiade, así como del prefacio y la biografía, aseguró en una entrevista en un número especial del Magazine Littéraire sobre el escritor: “Kundera puede ser de origen checo y puede haber adoptado la nacionalidad francesa, pero su obra no es ni francesa ni checa. Pertenece a otro territorio, a otra historia, a otro corpus que el de las lenguas en la que ha sido escrita: el espacio transnacional y translingüístico de la novela. Y hay muy pocos escritores contemporáneos de los que se puede decir esto”.
Babelia