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Pruebas

viernes, 12 de septiembre de 2014

El cristal Spinoza

Jan conoció a Spinoza siendo niño. Los disturbios en el país habían traído al filósofo al Paviljoensgracht de La Haya, donde encontraría alojamiento en la casona de su padre, el pintor Hendrick van der Spyck. El muchacho ganó la confianza y amistad del filósofo, asistió a las reuniones secretas del Círculo Spinoza, fue testigo de la soledad del pensamiento libre y presenció de primera mano algunos de los episodios decisivos de su vida: el primer amor (el teatro), la expulsión de la sinagoga, el exilio de la judería en Rijnsburg, la vida en habitaciones de alquiler, el trabajo con las lentes, los experimentos químicos y un frustrado intento de asesinato.
El viejo Jan sigue todavía rastreando las huellas que el sistema de Spinoza, more geometrico, ha ido dejando a lo largo del tiempo. Hay quien asegura haberlo visto recientemente por las calles de Ámsterdam, desde allí viaja, a pesar de su aversión a los aviones, a diferentes partes del mundo, detectando, sigilosamente, la presencia de Spinoza. Esta novela es la historia de esa búsqueda.
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TRANVÍA 
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        JAN VAN DER SPYCK: Valiente, decidida y misericordiosa: Ámsterdam. Fundada en el siglo XII, hoy centro financiero y cultural internacional. Población: setecientas cincuenta mil almas. Refugio de excéntricos, tierra de marinos y mercaderes, célebre por sus pintores y su tolerancia al cáñamo.
       [Tras la ventana desfilan edificios, canales, mercados ambulantes, bicicletas. Juventud jubilosa aborda el tranvía.]
     "[Entre empujones.] Es de lamentar que aquel que tanto había progresado en el conocimiento de la verdad y tanta habilidad había adquirido en avanzar hacia ella, fuera arrebatado por una muerte tan prematura e intempestiva. Desde muy joven padeció una enfermedad pulmonar que lo obligaba a guardar una moderación mayor de la habitual en la comida y la bebida. Ninguno de los que convivíamos con él teníamos la menor idea de que su fin estaba tan próximo y que la muerte le sobrevendría tan rápidamente. Sospecho, sin embargo, que él sí lo sabía, y que la preparó a conveniencia. El sábado 22 de febrero de 1677, nos fuimos toda la familia a la predicación preparatoria, porque al día siguiente, por ser domingo anterior al Carnaval, en nuestra iglesia luterana regresamos familia, y encargó a mi madre que comprara un gallo viejo y que lo cocieran aquella misma mañana a fin de que a mediodía pudiera tomar su caldo. Después de comerlo con apetito, nos fuimos de nuevo a la iglesia. Al regresar había muerto. Meyer nos confirmó lo que todos intuíamos: que había exhalado plácidamente su último aliento. Si tal género de muerte puede corresponder a un ateo, se ha discutido vehementemente entre los teólogos...
     "El dramaturgo zarpó aquella misma tarde hacia Ámsterdam, llevándose un ducado de oro, unas monedas y un cuchillo con el mango de plata que había sobre la mesita de noche. Algunos dijeron después que Spinoza se había provisto de adormidera y que la utilizó al ver acercarse la muerte.