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Pruebas

viernes, 29 de agosto de 2014

La comisión para la inmortalización

Leonid Krasin fue un ingeniero de la antigua Unión Soviética que propuso congelar el cadáver de Lenin para devolverlo a la vida cuando fuera científica y tecnológicamente posible. Formaba parte de la conocida como «Comisión para la Inmortalización». Y de ello trata precisamente el nuevo y fascinante ensayo de John Gray: de la obsesión humana por trascender la mortalidad.
Si por un lado los investigadores psíquicos victorianos pretendían demostrar de una manera científica la existencia del alma y para ello se servían de extrañas sesiones de espiritismo en las que escribían textos automáticos interconectados para entrar en contacto no con el magma del inconsciente -como harían más tarde los surrealistas-, sino con el más allá, los «constructores de Dios» de la Unión Soviética, por su parte, no buscaban pruebas de vida después de la muerte, sino divinizar a la humanidad a través de la técnica y la razón, creando a un nuevo hombre libre de toda imperfección. Pero para matar a la muerte habría que matar primero al hombre. Y eso hizo, de manera implacable, la eficiente máquina de muerte soviética.
Espiritismo, bolcheviques, Darwin, dobles agentes, extravagantes profesores ingleses, presencias ultramundanas, sociedades secretas, Stalin, extraterrestres, mesías póstumos y la momia de Lenin... Una galería de personajes y de situaciones digna de una novela -si no perteneciera ya a esa novela insuperable que es la historia- y que en manos de John Gray da lugar a un ensayo lúcido y apasionante sobre la necesidad que siempre ha tenido el hombre -ya sea a través de la religión o de la ciencia- de creer en la inmortalidad. En realidad, nos dice Gray, se trata de un profundo miedo a lo ingobernable, a esa contingencia que rige el destino de todos los seres humanos y que habría que aceptar con humildad: «El más allá es como la utopía, un lugar donde nadie quiere vivir».
«Con el tiempo, la escritura de Gray se vuelve más fragmentaria, cercana por una parte al epigrama y por otra al collage, y más apegada a la literatura». Antonio Muñoz Molina, El País

PRÓLOGO

DOS INTENTOS DE ENGAÑAR A LA MUERTE
A finales del siglo xix y principios del xx, la ciencia se convirtió en el vehículo con que se pretendía hacer frente a la muerte. Se apeló al poder del conocimiento para liberar a los humanos de su mortalidad. La ciencia se utilizó contra la ciencia y pasó a ser un canal para la magia.
     La ciencia había revelado un mundo en el que los humanos no eran diferentes de otros animales a la hora de enfrentarse al olvido definitivo cuando morían y, a la larga, a la extinción como especie. Éste era el mensaje del darwinismo, que ni siquiera el propio Darwin aceptaba por completo. Casi todo el mundo la consideraba una visión intolerable, y como la mayoría había abandonado la religión, se volcó en la ciencia para escapar del mundo que la ciencia había revelado.
      En Gran Bretaña surgió un poderoso movimiento, bien relacionado, que pretendía encontrar pruebas científicas de que la personalidad humana sobrevivía a la muerte corporal. Los investigadores psíquicos, apoyados por algunas figuras destacadas de la época, creían que la inmortalidad podía ser un hecho demostrable. Las sesiones que eran tan populares en esta época no eran meros juegos de salón victorianos inventados para distraerse en aburridas veladas. Formaban parte de una búsqueda ansiosa, a veces desesperada, del sentido de la vida; búsqueda que atrajo al filósofo de Cambridge Henry Sidgwick, autor de un estudio de ética que todavía se lee hoy en día; a Alfred Russel Wallace, codescubridor junto con Darwin de la selección natural y converso al espiritualismo; y a Arthur Balfour, que en un tiempo fue primer ministro británico y presidente de la Sociedad para la Investigación Psíquica, que hacia el final de su vida se interesó por la correspondencia mediante escritura automática con una mujer fallecida mucho tiempo atrás, a la que muchos creían que él había amado.