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Pruebas

lunes, 25 de agosto de 2014

La viuda descalza

«Me lo trajeron a casa una mañana de junio, degollado, descuartizado a hachazos como un cerdo. [...] ¡Malditos sean los que le abrieron el pecho para arrancarle el corazón con las manos y patearlo como una pelota de trapo!»

Con esta escena de furia arcaica se inicia el relato de Mintonia Savuccu, un ajuste de cuentas escrito al borde de la muerte para aliviar el dolor que la anciana no quiere sepultar en el olvido. El lector se ve inmerso en el mundo primitivo y salvaje de una Cerdeña que seguía cultivando sus demonios bajo la inclemente mirada del fascismo. Es allí donde Mintonia y Micheddu empiezan a amarse con la obsesiva urgencia de las pasiones infantiles y allí se buscarán sus cuerpos cuando él viva oculto en la montaña mientras ella pasa las horas atenazada por la angustia de saberlo acosado. El día en que lo matan, Mintoniadecide abandonar para siempre aquel país venenoso, pero antes debe administrar justica cobrando una deuda que sólo se paga con sangre.

«"Soy un oxímoron ambulante", dice de sí mismo el gran escritor de Orani. Figura balzaquiana nacida en las vísceras de Cerdeña, encarna una insólita mezcla de tierras rocosas y sugestiones literarias, granitos milenarios y frágiles criaturas de papel [...].

Incluso la mirada fulminante va de la astucia a la generosidad, del juego a la sabiduría [...]. Parece el fruto de un dios caprichoso, el mismo que mueve los hilos de La viuda descalza.» La Repubblica
«Tras el siciliano de Camilleri, el sardo de Niffoi adquiere una inédita potencia literaria. Los trescientos miembros del jurado popular han premiado la prosa tajante y desnuda que pinta una historia con manchas de sangre, una fantasía tan brutal y tan real como La viuda descalza.» Il Giornale

«Niffoi busca en la alucinación de la memoria el filtro que enciende el delirio y el amor que abruma los pechos.» La Nuova Sardegna

1. Me lo trajeron a casa
una mañana de junio 
Me lo trajeron a casa unamañana de junio, degollado, descuartizado a hachazos como un cerdo. Ni una gota de sangre le había quedado. Dos mitades que para unirlas no habría bastado un ovillo de bramante negro, de ese alquitranado que usan los zapateros en las empellas de los cosinzos de cuero. El perro daba vueltas alrededor del níspero y gruñía enloquecido de miedo. Lo tendí sobre la mesa de granito del patio, la que usábamos para las fiestas grandes, y lo lavé con el chorro de la manguera. Las pestañas pegadas, cuajarones oscuros en la cabeza, tierra y paja en las costillas, en los intestinos, moscas verdes por todas partes. ¡Jchú! ¡Malditos sean los que le abrieron el pecho para arrancarle el corazón con lasmanos y patearlo como una pelota de trapo! Micheddu, amore meu, eras bueno como el Niño Jesús que asoma en la cúpula de la iglesia de Su Rosariu, alguien pagará esta balentia en contante y sonante, a navajazos o perdigones tiene que reventar el que te ha desfigurado así. El corazón se lo enjuagué aparte, con agua y vinagre; después lo envolví en papel encerado y se lo puse bajo la almohada del ataúd. Ohi amoreddu meu adorau, ¡buena la han hecho destrozándote de este modo! ¡Ojalá se lleve la Señora del Sueño a quienes te desearon elmal! Ya sé que ni siquiera a los animales se los lava así, pero yo no quería que a Micheddu lo tocaran otras manos: mío fue cuando estaba vivo, mío seguiría siendo después de muerto. Primero unamitad, luego la otra, conmis propiasmanos y la fuerza demis brazos, lometí en la caja y lo tapé con uno de los camisones de tela del yayo Gantina. Estaba tieso como el tronco de un alcornoque. Era inútil ponerle el traje de terciopelo negro con el chaleco y la camisa de los domingos. Los que lo vieron dijeron que el costado derecho no era suyo porque el ojo se le había puesto rojo violáceo y lo tenía entornado, como haciéndole un guiño a la muerte. 
     Fue un mal verano. En el altiplano de monte Leporittu un viento ardiente anclaba al azor a su nido, al mirlo entre las zarzas, a la culebra entre los juncos. El sol parecía una pelota de vidrio incandescente, quemaba cuanto tocaba. La campana de la iglesia mayor se había puesto a repicar el memento antes de que cantara el gallo. Recuerdo aquellos toques lentos y secos como estocadas en el pecho. Talán, talán, talán, talán.