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Pruebas

sábado, 29 de junio de 2013

Apuntes autobiográficos y otros poemas


 "Estoy escribiendo una autobiografía. Tengo la esperanza de que el resultado me provea de un manto protector, como una especie de inmensa venda de gracia y ámbar gris para mis nervios heridos". De esta forma alude Robert Lowell -uno de los más grandes poetas norteamericanos del siglo XX -a los apuntes aquí reunidos, que empezó a redactar en 1954 por recomendación de uno de los médicos que lo trataban en una clínica psiquiátrica de Nueva York, en la que permanecía ingresado tras uno de sus periódicos ataques maníaco-depresivos.
El autor evoca en estos textos su infancia en Boston, y recuerda en particular la figura de sus padres, cuyo patetismo observa con la mirada inmisericorde del hijo único, imbuida a la vez de crueldad y ternura. Tales vivencias nutrieron también algunos de los más celebrados poemas de Lowell, de los que se entrega aquí una cuidada selección. Así, además de permitir al lector confrontar el tratamiento que una misma materia autobiográfica recibe en dos géneros distintos, este volumen ofrece la posibilidad de asomarse a la obra -muy escasamente traducida al castellano- de quien es considerado el padre de la llamada "poesía confesional".
"No solamente la singuralidad de su obra poética, también su capacidad de hacer buen uso de su herencia constituyen la marca de la originalidad de Robert Lowell".
- T. S. Eliot


LA EPOPEYA DE UNA CONCIENCIA
Sergio Coddou
Un preludio en mi menor
 “Todo en estos poemas es personal, confesional, palpable, pero el modo en que se siente es alucinación controlada, la autobiografía de una fiebre”. Esto que Robert Lowell escribe en 1966 para el prólogo de Ariel, el libro póstumo de Sylvia Plath, podría aplicarse perfectamente a su propia obra.
Poco después, en un post scriptum (“Afterthough”) incluido en Notebook 1967-1968, Lowell dice que “el hilo que unifica toda mi obra es mi autobiografía, es un preludio en pequeña escala, escrito con diferentes estilos y lleno de digresiones”; palabras que de manera directa establecen un contraste entre su obra y ese monumento poético que es The Prelude (An Autobiographical Poem or The Growth of a Poet’s Mind), de William Wordsworth. Para Lowell, su proyecto poético no tenía la vocación didáctica y reveladora de la ambiciosa e inconclusa obra de Wordsworth. Todo lo contrario: lo suyo no iba a ser un gran fresco de la “evolución de la mente de un poeta”, sino una serie de bocetos dispersos del hombre a secas, del individuo que está por debajo de la vestimenta de poeta, que no es una figura fija ni una naturaleza muerta, sino un ser complejo, inabarcable y contradictorio. En caso opuesto, dice, su obra sería como “el peregrinaje de un zombie”. Lejos de eso, Lowell sale triunfante de su empeño, y esa obra, que podríamos titular Preludio en mi menor, se alza como una composición que, con distintas tonalidades, con ritmos y timbres variables, ausculta de manera exitosa la realidad, esa incontenible nebulosa que es un “todo indivisible en flujo perpetuo”, en palabras de David Bohm.

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