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Pruebas

miércoles, 5 de junio de 2013

Antonio Muñoz Molina, denuncia la hipnosis ante la burbuja en un ensayo

El espíritu de Todo lo que era sólido se resume en la cita de Joseph Conrad que lo abre: “Es extraordinario cómo pasamos por la vida con los ojos entrecerrados, los oídos entorpecidos, los pensamientos aletargados”. El último libro publicado por Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) es un ensayo contra la ceguera, un golpeteo sobre la conciencia, también un acto de contrición. Estábamos allí, miopes, sordos, adormecidos mientras el globo se hinchaba y ocultaba el horizonte.

Que España iba como un tiro (que salió por la culata vendría después) se percibía hasta en Nueva York, incluso en un despacho en las antípodas financieras como el del Instituto Cervantes. El mensajero que era en sí mismo el mensaje se llamaba Enrique Bañuelos, uno de esos constructores que cabalgaron sobre el globo hasta que se desinfló. El escritor omite su nombre, pero da detalles de su cita en Nueva York en septiembre de 2006, cuando el empresario valenciano planeaba rascacielos para la ciudad de los rascacielos e invitaba a 20.000 personas a comer en Central Park una paella cocinada con ingredientes llevados en avión de Valencia. Detalles ahora estrambóticos ("ayer quedó tan lejos", afirma el escritor) que entonces eran el pan de cada día. “Era de esos hombres que dejan ver los gemelos de oro en los puños muy salientes de la camisa y un gran reloj de oro en la pulsera”, describe Muñoz Molina sobre su encuentro con el empresario, hundido apenas un año después y emigrado a Brasil a tentar suerte. “El dinero amedrenta y hechiza, aturde con su monstruosa capacidad de multiplicación (…) El dinero parece lo más irrefutable y tiene el poder de comprarlo todo y trastornarlo todo y de pronto se evapora y ya es como si no hubiera existido”, añade.
La bulimia mostraba guiños, pero los augures parecían ocupados en otras cosas. En realidad enraizó en la Transición. Uno de sus errores, en opinión del escritor, residió en no crear una administración pública austera, ajena al vaivén político, sujeta a la ley y generosa con sus empleados (“Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos 30 años son las de los mediocres arrimados a los partidos”). La bisoñez política de los recién llegados a la democracia se deslizó hacia lo autocomplacencia. “Desde muy pronto mostraron predilección por los simulacros; por las solemnidades, los protocolos, los acontecimientos, las conmemoraciones, las procesiones, las festividades, los organismos que consistían sobre todo en un nombre y un logotipo, los eslóganes publicitarios, las campañas de imagen: o esa entelequia que empezó a llamarse la comunicación”.

En 1988 un ministro socialista, Carlos Solchaga, presumía de que España era el país donde uno podía enriquecerse más fácilmente. La Expo de 1992 fue "el primero en el catálogo sucesivo de los simulacros españoles, el ensayo general y el estreno, el modelo de una gran parte de lo que vino después". Muñoz Molina invirtió las mañanas de un agosto en leer ejemplares de EL PAÍS anteriores a la crisis. En el del 2 de febrero de 2007 había 28 páginas de anuncios de venta de viviendas. "En el de hoy no se anuncian. Ni coches de lujo ni cruceros ni clínicas de cirugía estética ni promociones de apartamentos en primera línea de playa ni campos de golf". "En el periódico de hace cinco años el vicepresidente de Cataluña viaja a la India con un séquito de 20 personas: en el de hoy la Generalitat anuncia que cobrará un estipendio a los alumnos que usen los comedores de las escuelas aunque se lleven la comida de casa".

Por el libro desfila todo lo que ahora resulta vergonzante y antes fue espumoso. Casos particulares, nombres propios, proyectos delirantes, profesiones devaluadas, gurús degradados. Alan Greenspan lo fue todo: sumo sacerdote de la política de la nada para expandirlo todo, admirador de la ultraliberal Ayn Rand y compañero de Stan Getz en un pecado de juventud, glosado por alguien tan poco complaciente como Bob Woodward en "Maestro". Gobernó el globo mundial y, cuando estalló, parecía -compara Muñoz Molina- un anciano mostrando similar estupefacción que el resto de mortales. Rodrigo Rato, al frente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Rodríguez Zapatero, al frente de una economía desbocada... El escritor se muestra agrio con la política de recuperación de memoria histórica. "Con una economía especulativa se corresponde sin remedio una conciencia delirante... Obsesionados con la exhumación de fosas comunes no reparábamos en el fragor de las excavadoras".

La prosperidad económica fue acompañada de frentismo. Guerra civil, conflicto autonómico, víctimas de terrorismo. Al autor de Plenilunio le impacta tanta "aspereza civil y violencia verbal" junto a tanto billete de 500 euros (España fue un tiempo el país de la UE donde circularon con más alegría). Las complicidades estaban por todas partes: los economistas que no vislumbraron el futuro, arquitectos que proyectaban para el siglo XXXI, políticos por supuesto, también intelectuales. Y este es uno de los aspectos que ha suscitado más controversia entre algunos pensadores, molestos por una afirmación muy rotunda de Muñoz Molina, que solo salva al dibujante El Roto de la ceguera colectiva.

Lo pretendiera o no, Muñoz Molina ha escrito un libro moralizante, que destapa los males a desterrar (corrupción, enchufismo, incompetencia, codicia...) y propone "ver las cosas tal y como son a la sobria luz de lo real". Una vuelta a la actitud artesanal ante la vida: "Que el barrendero barra y el estudiante estudie".