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Swift, clérigo y moralista

Dos siglos antes, sir Francis Bacon, un brillante y expeditivo Lord Verulam, ya había puesto en práctica cierta industrialización de la miseria, exportando mendigos a ultramar, convertidos en galeotes, y despoblando los bosques de Inglaterra (los viejos bosques de Arturo y Robin Hood), donde hasta entonces habían hallado alimento y cobijo. A primeros del XVIII, el deán de San Patricio propone una mejora para las tierras de Irlanda: no se trata de trasladar la mendicidad y la hambruna a las nuevas colonias, sino de convertirla, milagrosamente, en una industria cárnica, como el cerdo de York o la ternera de Gales. Ése es el origen -satírico, obviamente- de Una humilde propuesta, escrito panfletario firmado por Jonathan Swift en 1729, a la manera de aquellos memoriales que el Siglo de Oro y el reformismo ilustrado dirigieron a la atención y el criterio de los monarcas.

Tres años antes, en 1726, Swift había publicado Los viajes de Gulliver, asombrosa novela donde la diferente escala de los hombres convertía la pompa regia, el afán de eternidad, en una ridícula forma de prestigio. En Una humilde propuesta, la conversión de los niños pobres en alimento para los ricos, presentada con cálculos minuciosos y un razonado plan de producción, no hará sino señalar, con lacerante humorismo, la aciaga situación de un campesinado exahusto, gravado hasta la medicidad por los terratenientes insulares. A esta indudable mejora, Swift añadía la ventaja de acabar con los papistas de Irlanda, muy numerosos entre la pobre gente de aquellos reinos. Ya que no podemos acabar con los privilegios de la nobleza -concluye amargamente Swift-, acabemos con sus deplorables consecuencias: basta convertir al antiguo mendigo en audaz empresario de su propia ganadería humana. Conocida la historia del XX, la lectura de Una humilde propuesta suscita un profundo y duradero, un pavoroso escalofrío.

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