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Pruebas

jueves, 9 de febrero de 2012

La muerte de ser uno

Uno y nada más que la unidad: frente al orgullo de pertenecer a un grupo, una escuela o un linaje, la dorada soberbia de ser yo y ni siquiera locus solus.

El magnífico ensayo de Carlos Granés, El puño invisible (Taurus) segrega un espeso caldo melancólico no solo porque el arte, hecho trizas, ha terminado con todo lo que fuera tenido por eximio y, al final, ha cocinado una sopa donde se mezclan los colores, los sabores y la calidad de la composición, sino también ha concluido con todo orden de convicciones y, de paso, con una moral cívica caída al hilo de la destrucción.

Todas las vanguardias, como ilustra intensamente este libro de Granés fueron movimientos de destrucción. El arte fue su principal enemigo a lo largo de casi todo el siglo XX pero, como fue coherente, cualquier referencia establecida también.

El pos-arte era anarquismo para la obra y para la política. Muerte para la creación y para la agrupación. De ese modo las grupalidades estéticas que habían jalonado la historia desde siglos atrás y se organizaron como patrullas guerrilleras en las mismas vanguardias de la pasada centuria se disolvieron en el desnudo del yo.

Los dadaístas, los surrealistas, los cubistas, los expresionistas fueron disolviéndose en sus luchas como efecto de su propio espíritu de corrosión, pero fueron antes composiciones duras. Grupos casi inoxidables que dieron, como antes los simbolistas, en símbolos de una eficiente unión.

El arte que no siempre sabe de su identidad y de su valor se afirmaba mediante estos racimos de fieles que se apretaban como partisanos de una idea fundacional. Siempre, cuando un individuo concibe solitariamente una idea no pasa de ser para él mismo una creencia, pero cuando esa idea la comparte con otro u otros la creencia se convierte en convicción.

Ni la alocada vanguardia de Tristan Tzara ni las vanguardias obreras de Lenin habrían causado efecto sin la potencia de su unión. Pero todo eso ha terminado. Ningún autor recibe hoy con agrado ser adscrito a una escuela o a una Nocilla generation, más bien se revuelve contra el encasillamiento o la pertenencia a una tendencia. Todo son fuegos individuales y sin una hoguera común.

El fenómeno es individual e irrepetible. Lo mismo que en el mercado de la oferta, que sustituyó la producción en serie por la “personalización” o customización del artículo, nada parece más denigrante que ser parte de una apariencia igual.

Y, sin embargo, la agrupación da vida. La da incluso la red social donde el griterío heterogéneo tiende a la confusión y dan vida las nuevas ediciones de grupos pequeños que creen, como el Mirandés, en un destino común.

No hay muchos más ejemplos que los que sigue ofreciendo el deporte y sus equipos revelación, pero bastarían para reconocer la energía que se deduce de un conjunto hermanado y contento de ser algo en común.

El partido político podría ser otro ejemplo en pie pero sus codicias y traiciones internas lo convierten en un ejemplo enfermo y derrengado, ya en extinción. Este grupo, además, o es demasiado amplio y es, por ello, demasiado flácido. Pero, por si faltaba poco, su empeño es conseguir el perpetuar el orden establecido lo convierte en el anhelo opuesto de las vanguardias que nunca quedaban saciadas con su feroz canibalismo de la convención.

Las redes sociales tienen también poco que ver con ello y no se es mas siendo de Facebook o YouTube. Como tampoco el artista contemporáneo, sea escritor o pintor, llega a más actuando en solitario. En el mejor de los casos alcanza a ser como una marca y su recompensa proviene de la repetición de yoes bajo la permanente amenaza del gran imitador.

El País

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