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Pruebas

lunes, 25 de junio de 2012

Max Weber. La pasión del pensamiento

Desentrañar el íntimo vínculo entre sociedad, individuo y naturaleza, entre trabajo teórico y conflicto privado, a lo largo de una vida, es el excepcional logro de Joachim Radkau en esta monumental biografía de Max Weber. La pasión del pensamiento analiza minuciosamente la correspondencia que el fundador de la sociología moderna sostuvo con las personas más cercanas a su vida, y reconstruye con admirable detalle el contexto intelectual y el entorno social en los que se inscribió su pensamiento -en este sentido, destaca su descripción del ambiente universitario, especialmente en Heidelberg-. Pero esta erudición se muestra, a la vez, capaz de percibir descifrar los sutiles y complejos matices del estado de ánimo de su protagonista: Radkau ofrece pistas imprescindibles para entender ese "padecimiento nervioso" que cubre como una sombra la mayor parte de la obra de Weber. Rara vez una biografía ha contado con fuentes tan detalladas que permitan conectar la creatividad académica y la trayectoria intelectual con la sensibilidad emocional y erótica. En esta travesía se revelan muchas verdades insospechadas sobre la mente apasionada de Weber, pero también -y en ello estriba su gran aportación- sobre las raíces mismas de la creatividad en las ciencias sociales.

Ante la cueva del león enfermo 
En una fábula de Esopo, un zorro se presenta ante la cueva de un león enfermo. El león lo llama y le pide que entre, pero el astuto zorro permanece fuera de la cueva. «¿Por qué no entras», pregunta el león. El zorro responde: «Pues yo entraría si no viera las huellas de muchos que han entrado, pero ninguna de uno que haya salido». En la versión de Horacio: vestigia terrent, «las huellas aterran». La frase se ha convertido en una sentencia célebre. Weber parecía un león enfermo ante los ojos de los que presenciaban sus padecimientos;1 pero desde luego no un león inofensivo. Mientras más me adentraba en el campo de la investigación de Weber, más me daba vueltas en la cabeza el vestigia terrent. ¿Procedía de modo inteligente? Una y otra vez me asaltaban las dudas. Aquí también entraban muchas huellas, pero muy pocas salían. Hasta entonces me había acostumbrado a moverme en el campo abierto de la investigación, en la zona exterior de los gremios de las ciencias sociales. Weber me llevaba a su centro más íntimo, donde todo es tan estrecho que hay que estar parado codo con codo.
     Para mi consuelo, también Weber fue en su tiempo un transgresor de fronteras; su especialidad consistía precisamente en traspasar las fronteras de las diferentes disciplinas. Quien acuda a Weber sólo como una autoridad en su propia disciplina no podrá apreciar esta perspectiva. Cuanto más se especializa la ciencia, más se pierde de vista el Weber total, y vemos sólo la mitad o la cuarta parte de nuestro personaje. Incluso se puede recurrir a «La ciencia como profesión» para justifi car la propia estrechez de miras. Pero precisamente este ensayo es un ejemplo excelente de cómo no debemos atrapar a Weber en citas individuales, sino contemplar al hombre com pleto, desde los ensayos sobre la bolsa de valores hasta las cartas de amor.