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De El Alamein a Zem Zem

La ventaja de los libros bélicos contados por historiadores o  grandes teóricos militares es que al lector parece como si le regalasen un asiento de primera fila en la sala de mapas del cuartel general de uno,  o de ambos,  de los ejércitos en liza. Como el historiador y el estratega habrán tenido ocasión de documentarse y hacerse una cabal idea de conjunto, con su relato casi es posible ver al general en jefe, provisto de una especie de rastrillo de mango larguísimo,   moviendo de aquí para allá flotas enteras o cuerpos de ejército  cuya misión es atacar al enemigo por uno de sus flancos, desguarnecidos gracias a la astuta maniobra de distracción oordenada por el general.  

Obviamente, puesto que las cosas de los hombres raras veces salen como estaban planeadas ( y menos aún si se trata de mover miles y miles de hombres con todos sus pertrechos y armamento, aparte de las líneas asistenciales  y las unidades de intendencia) de vez en cuanto el historiador y el estratega no tienen más remedio que  abandonar la visión de conjunto y descender al detalle, que aun así suele consistir en nuevos movimientos de tropas y armamento.  Una vez solventado el fallo, la gran batalla se reanuda en todos sus frentes hasta la victoria final. O hasta el próximo fallo.

Los relatos bélicos realizados por combatientes de primera línea son más stendhalianos, para entendernos. Metido en su trinchera, o sabiéndose solo un número en un frente de centenares de kilómetros, el  narrador sólo cuenta lo que ve y el lector va con él de aquí para allá al compás de unas misteriosas órdenes que llegan de lo alto y cuya finalidad o razón resultan difíciles de desentrañar. Los compañeros adquieren una importancia capital porque comparten la vida - y muchas veces la muerte - del narrador.  Este tipo de relatos cuenta con representantes feroces, como el Louis-Ferdinand Céline de Le feu, aunque el ejemplo  paradigmático continúa siendo el  Jenofonte de La retirada de los diez mil, si bien en este caso el narrador de primera línea es también el estratega y el historiador que ha tenido tiempo yocasión de documentar su relato y adquirir la doble visión general/particular.

De El Alamein a Zem Zem pertenece a esta segunda categoría de relatos bélicos. Cuando estalló la II Guerra Mundial  Keith Douglas - hijo de militar pero con una relación muy  ambivalente respecto a la casta guerrera quizás porque el abandono paterno le condenó a una 9infancia de estrecheces y humillaciones - ya se había ganado con sus primeros poemas la admiración de gente como T.S. Elliot o Lawrence Durrell.  Las experiencias bélicas en el Norte de África le inspiraron nuevos poemas que vinieron a consolidar suprestigio.

Sin embargo, pese a sus deseos de combatir, tras largos meses de adiestramiento fue enviado al cuartel general de su división en El Cairo, donde tuvo ocasión de  vivir unas experiencias sentimentales que se cuelan casi de refilón en este libro pero que evocan irremediablemente

la Alejandría durrelliana. Hasta que un día llega a sus oídos que el general Montgomery ha desencadenado la tantas veces pospuesta ofensiva contra Rommel en El Alamein y, sin pensarlo demasiado, roba uno de los camiones del regimiento  y se dirige al frente, aunque
tiene la precaución de llevarse a un subalterno para que devuelva el vehículo. Oficial y caballero, como suele decirse.

Su libro es el relato de sus andanzas tripulando tanques  Crusader Mk. III desde que se incorpora al  frente, en plena ofensiva, hasta la derrota del enemigo.  Al ser una guerra tecnológica (al regimiento de caballería al que pertenece le han quitado los caballos y se los han sustituido por carros de combate)  gran parte de la misma se libra a distancia y los enfrentamientos son de máquinas contra máquinas.  Y lo primero que llama la atención es la cantidad de veces que pueden perderse los combatientes, avanzar en direcciones equivocadas, toparse con el enemigo cuando menos lo esperan ambos, o la cantidad de disparos erróneos que tienen lugar durante una batalla.  Keith Dogulas no es un tremendista tipo Céline y se detiene con frecuencia  en contar cómo se prepara un buen té  a la sombra de un tanque o en describir el reparto de un botín (cigarrillos, latas de conserva y cosas así) "con el júbilo inmemorial de los conquistadores". Y por descontado que está presente la muerte, entre otras cosas porque el propio Douglas ("Condenado como estoy" se llama uno de sus poemas ) estaba convencido de que se le había acabado la suerte y que en cualquier momento le tocaría pagar con su vida (cosa que ocurrió en 1944 pero cerca de Bayeux, durante el desembarco de Normandía).  Lo que ocurre es que era un tipo fino y elegante incluso para hablar de la muerte.

El  mosquito ingrávido  toca / su pequeña sombra en la roca / y con qué semejante, qué infinita / ligereza, hombre y sombra se encuentran. /  Se funden. Una sombra es un hombre /  Cuando el mosquito de la muerte se aproxima.

De El Alamein a Zem Zem            
Keith Douglas
Reino de Redonda        

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