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Pruebas

viernes, 22 de junio de 2012

Flores en las grietas

Richard Ford reflexiona sobre la literatura y la vida, sobre la vida como germen de la literatura y sobre la literatura como indagación en los misterios de la vida. Este libro reúne por primera vez los textos memorialísticos y ensayísticos de este maestro de la narrativa norteamericana contemporánea. La inmersión en la memoria personal da como resultado piezas magistrales como el recuerdo de un instante de felicidad con su padre o de la etapa adolescente que pasó en el hotel regentado por su abuelo tras la muerte de su progenitor, y también un texto sobre el boxeo y su abuelo, que fue boxeador, u otro dedicado a su breve contacto con el golf siendo un niño.
Y habla también de literatura: del sentido de la escritura; del proceso creativo; del placer de la lectura; del cuento entendido como género de la audacia y la concentración narrativa; de Chéjov como fuente de la que brota toda la cuentística contemporánea; de Carver como ser humano, más allá del genio literario y del mito; de la poderosa verdad narrativa de escritores como Richard Yates o James Salter...

Un libro imprescindible para completar el canon fordiano, para descubrir sus fuentes de inspiración, las claves íntimas de su universo literario, el proceso de gestación de sus obras, su concepción de la novela y del relato, y su pasión de lector. Un libro que nos regala las certeras reflexiones y magistrales rememoraciones de un escritor al que The New York Times considera «una de las voces más elocuentes de su generación» y The Washington Post «uno de los grandes novelistas norteamericanos».


Qué escribimos, por qué lo escribimos y a quién le importa

Probablemente, pronunciar conferencias no sea una ocupación demasiado apropiada para un novelista. Philip Larkin decía que un escritor que se planta ante un público es «un yo que hace como que soy yo». Pero es una oportunidad que no dejamos escapar porque es mucho más fácil que escribir relatos. En las conferencias se acepta, y a veces incluso se aprecia, la labia que normalmente no se admite en la escritura. En el atril, uno se «ayuda» con la voz y la presencia física, mientras que en los relatos es necesario partir cada vez de cero. En una charla como ésta, es posible reunir las opiniones más dispares, los prejuicios y los deseos de venganza que rondan inútilmente por la cabeza y presentarlo todo como un «discurso rico, documentado y sin concesiones que pone de relieve la valía de la edad y la experiencia del señor Ford». 
Y finalmente, por supuesto, en una conferencia se cuenta con una expectativa que la escritura no ofrece; la de que si el contenido no es bueno, o es inexistente, será rápidamente olvidado y no nos dejará huellas molestas cuando salgamos volando hacia el cóctel.

El País

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