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Pruebas

lunes, 11 de junio de 2012

“El cuento es una iluminación: o lo ves, o no lo ves”

A simple vista, el universo de José María Merino discurre entre los mismos elementos y con los mismos actores que cualquiera puede ver y palpar a diario. Solo que estos no interactúan según las reglas físicas establecidas: espacio y tiempo se desdoblan, los seres sufren metamorfosis y lo material adopta nuevas apariencias. Los hombres conviven subyugados a sus dobles, y la literatura se desarrolla dentro de la literatura. Los personajes saltan a través de las páginas para desaparecer y reaparecer en nuevos episodios y, entre todos, conforman La realidad quebradiza (Páginas de Espuma), una antología que reúne algunos de esos viajes por las parcelas recónditas del subconsciente, presentados en forma de cuentos y minicuentos, géneros que, en pocas palabras, el Académico de la lengua ha sabido engrandecer.

“El mundo es muy raro, y los momentos que vivimos ahora lo demuestran: estoy fascinado con la historia fantástica de Bankia, en la que cada día hay una vuelta de tuerca. Parece que los seres humanos no tenemos nada que ver con Bankia, en donde lo que ocurre es un hecho mágico, en el que no hay responsabilidades”, dice Merino en su casa madrileña. “Yo intento encontrar lo raro desde esa perspectiva de la imaginación fantástica. No soy metafísico, pero sí veo las cosas extrañas de la vida, de los comportamientos”. Con más de un centenar de relatos cortos en su currículo –a los que hay que añadir novelas para adultos, jóvenes y niños, varias novelas cortas, ensayos, poemarios y un par de memorias- esta compilación, realizada por el editor, se revela “significativa” de su obra, según asegura el autor (La Coruña, 1941). “No sé si yo sería capaz de hacer una antología. ¿Cómo elegir?”.

Al igual que no se ve con voluntad de seleccionar entre su producción, tampoco se decide por ninguno de los géneros. “La literatura proporciona una forma de ver y descifrar el mundo a la que llegas por muchas vías”, reflexiona. “Pero la literatura es una”. De su fértil talento para engendrar relatos, asegura que estos son “iluminaciones”. “O lo ves, o no lo ves. No tiene por qué venir de los sublime, también puede venir de lo más deleznable. En cambio, una novela es un proyecto de exploración. No sabes cómo, pero el cuento se enciende: no se puede alargar para convertirlo en una novela, sino que tiene una peculiaridad, que es donde reside su encanto, y es que lo descubres como un poema”.

-¿Y que hay de los microrrelatos?

-Hay gente que los desdeña, pero es como si un pintor desdeñase el soporte de óleo o el soporte de madera. En ellos puede haber cosas estupendas o cosas deleznables, exactamente igual que en la novela. Para mí, como escritor, lo que aporta es que puedes decir cosas que no podrías decir de otra manera.

-¿Son estos capaces de satisfacer el hambre literaria?

-Sería absurdo comparar un minicuento con Ana Karénina, pero son sabores que pueden resultar más intensos, pueden dar un matiz diferente. El problema es que no puedes leer demasiados minicuentos seguidos, porque te empachan. Pero pueden despertar ideas interesantes y divertirte mucho.

-¿Por ejemplo?

-En cinco o diez líneas puedo imaginar que nuestro universo es un café que alguien se va a tomar. El minicuento ha ido acortando las distancias para sintetizar de un modo expresivo lo que sigue siendo una idea narrativa.

Entre gallego y leonés, el prolífico imaginario de Merino quizá se asentara en su infancia, bajo el efluvio de leyendas de meigas y almas en pena. “Escuché historias así en Galicia y en León. Recuerdo de niño cómo en algunos sitios se dejaban las chimeneas encendidas en la noche de ánimas para que vinieran a calentarse los muertos. Puede que eso haya influido, aunque desde luego mi gusto por lo fantástico ha sido literario: de niño fui lector de Hoffmann, de Poe, de Bécquer... Siempre me ha gustado ver la realidad a través de ese prisma tan literario que es lo fantástico”.

En su rutina semanal de escritura y lectura –“me gusta estar al tanto de las novedades”, dice señalando entre la montaña de libros que puebla su despacho las últimas publicaciones de Clara Sánchez y Fernando Aramburu-, Merino dedica fielmente cada jueves, día en que se reúnen los Académicos de la lengua, al estudio del léxico. “Lo que hacemos es ver cómo pasa el tiempo y las palabras ya no significan lo mismo. Las palabras se mueven, tienen vida propia”. Y la conclusión de sus observaciones es que el español, a pesar de las distancias geográficas que lo separan de sí mismo, continúa siendo eso: el español. “Tiene una unidad envidiable”, asegura. En el lado negativo, los tiempos que corren ponen en peligro la pervivencia del vocabulario. “Los jóvenes piensan que lo bueno es tener un código lingüístico reducido, que si puedes decir mucho con pocas palabras, mejor. Y eso no es ir por el buen camino. Ahora usan los mismos términos con significados múltiples, y eso les hace más indefensos”.

El País