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Pasar la raya

Por "pasar la raya" título de este lúcido libro, la ensayista Carla Cordua entiende le decisión que algunos escritores, entre ellos Beckett, Melville y Pessoa, ejecutaron en sus obras: arrojarse a la aventura de saltar sobre las fronteras naturales que cercaron sus propias vidas, puestas ahí ya sea por la costumbre o por simple limitación personal.

Cordua está lejos de sacar conclusiones generales a partir de estas exploraciones animadas por aquella misma curiosidad que ha guiado su valioso trabajo ensayístico. Lo que ella más bien persigue -aplicando su ya conocida manera de leer, fina y exigente- es examinar de qué modo cada uno de los autores estudiados -elegidos con pinzas- llevó adelante el impulso artístico de ir más allá de lo dado y conocido.
Cristóbal Joannon

PRÓLOGO
     Nuestros límites absolutos los establecen, trabajando juntos, este mundo de todos y de cada uno y la muerte inevitable de todos y de cada uno. Aunque siempre listos para servir de advertencia contra entusiasmos culminantes, este mundo y la muerte, que no pueden ser negados del todo y tampoco ser gobernados, nos hacen el favor de escabullirse discretamente durante el día de la vida común y corriente. El mundo tiene el hábito de esconderse detrás de cualquier rincón pintoresco y más o menos habitable; y ella suele desaparecer todo el tiempo sin pretextos y nunca sabemos por cuánto rato. Como estos sujetos y el encierro que establecen a nuestro alrededor no son buena compañía para toda circunstancia y ocasión, los dos consienten a menudo en dejarse olvidar. Pero ambos se mantienen al acecho listos para volver a presentarse, invitándonos a pensar en otros lindes menos definitivos, sus parientes pobres, que no tienen el derecho a erigirse en fronteras fatales en la vida de los individuos. Así es como nos vemos instalados en el territorio de las señas y de los guiños, donde las insuficiencias parecen superables y las derrotas se convierten en desafíos. Los límites relativos los establecemos nosotros: las reglas, las leyes, las instituciones, las normas morales y los hábitos de antes, los mandamientos y sus excepciones, lo debido y lo conveniente de todos sabido. Los establecemos y luego los pasamos a llevar, les faltamos el respeto y los ignoramos; y todo esto para ir más lejos, para más y mejor, pero también por ver lo que pasa, juguetonamente. En las artes, desafiar límites se ha vuelto, ahora último, casi una obligación. Ya lo pide el público, que le ofrezcan eso que antes fue un privilegio del genio.

    Kafka parece haber sabido distinguir entre lo difícil y lo imposible. En su Diario habla a menudo como un desesperado definitivo, que está inoculado contra el deseo de combatir los límites que le cierran el paso, como hacen los que insisten en ver todas las posibilidades como retos personales. Acerca de sí mismo declara en el Diario: "Estoy separado de todas las cosas por un espacio vacío a cuyo límite ni siquiera trato de acercarme". Los demás pensamos habitualmente que nuestra ocupación, durante la estadía aquí, será cuando menos explorar lo que obstruye el deseo de avanzar, de salir, de superar fronteras. Olvidamos la realidad de lo imposible, de lo inalcanzable.
    La mayor parte de las veces nos ocupa la batalla con algún obstáculo menor, de esos que llamamos preocupaciones, dificultades, tropiezos. Pertenecen a la clase de lo que puede ser combatido, y que, debido a esto, despiertan por sí solos en nosotros la determinación de vencerlos, de pasarlos a llevar para poder establecernos más allá de ellos, dejándolos atrás. Consiguen limitarnos solo porque son muchos y se suceden unos a otros incesantemente.

Boomerang

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