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Pruebas

viernes, 17 de agosto de 2012

El tiempo es un canalla

En plena crisis de madurez, Bennie Salazar, que en los setenta formó parte de una banda punk y ahora es un alto ejecutivo de la decadente industria discográfica, se echa copos de oro en el café para recuperar el apetito sexual. Sasha, su asistente, después de haber viajado mucho y no siempre en circunstancias felices, se trata de su cleptomanía con un psicoanalista que viste jerséis estrambóticos. En torno a ellos se despliega una variopinta red de personajes, desde una relaciones públicas que intenta lavarle la cara a un general genocida hasta un periodista que ha estado en prisión por abusar de una estrella de cine adolescente. Con el rock palpitando en cada una de sus páginas, El tiempo es un canalla es un entramado fascinador que pasa por lugares como Nueva York, San Francisco, Kenia, Nápoles o el desierto de California, y cubre un período que va de los años setenta hasta el 2020. La mirada punzante de Jennifer Egan aúna lo cómico y lo trágico, y consigue que los fragmentos de tiempos y espacios dispersos converjan en una novela polifónica e innovadora que recurre a técnicas narrativas insólitas para acabar trazando un lúcido retrato de la era digital.
Libro ganador del Premio Pulitzer de ficción 2011.
 
 
PRIMERAS PÁGINAS
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Objetos encontrados

 Empezó como de costumbre, en el baño del bar del Hotel Lassimo. Sasha estaba frente al espejo retocándose la sombra de ojos amarilla cuando vio que en el suelo, junto al lavamanos, había un bolso que debía de pertenecer a la mujer a la que se oía orinar tras la puerta abovedada de uno de los retretes. Por el bolso entreabrierto asomaba una cartera de cuero verde claro. Al pensarlo luego, Sasha se dio cuenta de que la confianza ciega de la mujer del baño había sido una provocación: «Vivimos en una ciudad donde a poco que te despistes te roban hasta el aliento, ¿y tú vas y dejas tus cosas a la vista de todo el mundo y encima esperas que sigan ahí cuando salgas?» Le entraron ganas de darle una lección. Sin embargo, bajo ese deseo se camuflaba una sensación mucho más íntima que siempre la había acompañado: aquella cartera tan mullida y suculenta se había cruzado en su camino... Era tan gris, tan vulgar dejarla ahí y no aprovechar el momento, aceptar el reto, dar el paso, arrojarse al vacío, jugársela, vivir peligrosamente («Ya capto», dijo Coz, su psicoanalista), y llevarse la cartera de los cojones.

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