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Pruebas

sábado, 11 de agosto de 2012

El coleccionista

John Fowles afirmaba que una de sus motivaciones para escribir era imaginar a sus personajes en situaciones límite para ver cómo respondían. En El coleccionista, considerada el primer thriller psicológico moderno, ubicó a los personajes principales en una de las situaciones más extremas imaginables para dos personas, y el resultado fue una novela magistral que ha sido leída por miles de lectores a lo largo de los años. Frederick es un solitario burócrata municipal que colecciona mariposas. Miranda es una radiante e inteligente estudiante de arte. Frederick la secuestra y la aloja con todas las comodidades en un sótano en su propiedad. Fowles recrea un intenso duelo psicológico, físico y cultural donde captor y prisionera intercambian papeles con sadismo, cada cual defendiendo sus propios fines: Miranda desea recuperar su libertad, Frederick quiere ser aceptado como un igual por el objeto de su obsesión.
 PRIMERAS PÁGINAS
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Cuando ella regresaba del internado y pasaba alguna tempora- da en la ciudad solía verla casi todos los días porque la casa en la que vivía estaba justo enfrente del anexo del Ayuntamiento. Salía y entraba con su hermana pequeña, acompañada a menudo de otros chicos jóvenes, cosa que, como es lógico, no me agradaba. Cuando las carpetas y los libros me daban un respiro me ponía de pie junto a la ventana y miraba sobre la carretera esperando encontrarla. A última hora de la tarde lo consignaba en mi diario de notas, al principio con una X y luego, cuando supe su nombre, con una M. También la vi en la calle varias veces. En una ocasión estuve justo detrás de ella en una cola en la biblioteca pública de Crossfield Street. No me miró ni una sola vez pero pude observar su cabeza por detrás y su pelo recogido en una larga coleta. Era muy pálido y sedoso, como los capullos de Burnet.1 Siempre llevaba el pelo recogido en una única coleta que casi le llegaba hasta la cintura y que a veces le caía por la espalda, otras de lado y otras por delante. Hubo sólo una ocasión, antes de que viniera aquí como mi huésped, en la que tuve el privilegio de vérselo suelto. Era tan hermoso que casi me dejó sin respiración, parecía una sirena.
Boomerang

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