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Pruebas

sábado, 4 de agosto de 2012

Las fábulas de un cínico diabólico

Bierce4A principios del pasado abril se cumplió el 150º aniversario de uno de los enfrentamientos más sangrientos de la guerra civil estadounidense, la batalla de Shiloh, ocurrida en un paraje boscoso de Tennessee. Fue un error estratégico monumental. Venció el ejército unionista, pero fue una victoria pírrica. Cada bando perdió unas 10.000 almas, entre muertos, moribundos y heridos. Según los historiadores, nadie había visto una masacre semejante en el joven país. Los supervivientes quedaron marcados. Entre ellos había un joven, apenas un veinteañero, que se convertiría en uno de los mayores satíricos de su tiempo.

Aquel joven se llamaba Ambrose Bierce y su nombre evoca hoy relatos sobrenaturales, historias de regimientos fantasmagóricos y de condenados a la horca que sueñan con una vida feliz mientras la soga les rompe el cuello. Más famoso es todavía por su diccionario satírico consagrado al diablo. En él despliega su visión del mundo; una visión negra; negrísima. Por algo le apodaron Bitter Bierce, Bierce el amargo. Y es difícil culparle. Creció en una familia calvinista, que le inoculó el recelo hacia la naturaleza humana, y la experiencia en primera línea de fuego fue el remate. Lean su ‘What I saw of Shiloh’, una breve crónica de la batalla; las escenas de la carnicería –con cuerpos carbonizados y cráneos perforados- ponen los pelos de punta. (Son vivencias recreadas en algunos de sus cuentos más célebres, como 'Chickamauga'). Bierce asumió que los seres humanos no tienen remedio. Su dictamen sobre la vida tiene un poso desolador, pero servido con mucho ingenio.

El Diccionario del diablo, su obra cumbre, trabajada durante décadas, es un delicioso vademécum para todo descreído que se precie. Un cínico, por ejemplo, es “un sinvergüenza cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son y no como deberían ser”. Y sus fábulas, menos conocidas, no se quedan atrás; bajo la apariencia de amables viñetas se ocultan potentes dentelladas. Son unas doscientas estampas reunidas en el librito Fábulas feroces, que publica Alianza en una nueva y cuidada traducción de Aitor Ibarrola Armendáriz, profesor de Lenguas Modernas de la Universidad de Deusto. Ibarrola Armendáriz firma también otras recientes versiones de los cuentos y el Diccionario. (Más para elegir, junto a las estupendas ediciones de las editoriales Valdemar y Galaxia Gutenberg, entre otras. Y, en inglés, la extraordinaria antología editada por The Library of America.)
Las fábulas de Bierce se leen como cuentos concentrados, y a veces son tan vitriólicos como el propio Diccionario. Son zarpazos contra políticos, jueces, financieros, empresarios, religiosos, militares y periodistas. Contra disputas religiosas, ministerios ineficaces y tribunales inoperantes. Contra magistrados que comercian con sus condenas y contra congresistas que ponen a la venta su influencia. Algunas fábulas se pueden leer como una glosa del Diccionario. Por ejemplo, la definición de religión -“Una hija de la Esperanza y el Miedo que explica a la Ignorancia la naturaleza de lo Inefable“- tiene una buena ampliación en ‘Los dos escépticos’. En el relato, unos salvajes paganos intentan que su ídolo aprenda teología; pero en cuanto este se da cuenta de qué va la cosa, lo que pide es que lo tiren al río.

Otras definiciones parecen hablar de nuestra crisis financiera. Leemos que Pandemónium es: “Literalmente, el lugar de todos los demonios. La mayoría de ellos se han escapado y metido en política o en finanzas”. Diagnóstico que se desarrolla en la fábula ‘Un protagonista de plata’, que narra una animada reunión de financieros: "¡Luchemos hombro con hombro, corazón con corazón y bolsillo con bolsillo!”. Según indica Ibarrola Armendáriz, la fábula ofrece un marco idóneo para el genio de Bierce: “su mordaz cuestionamiento de determinadas normas y comportamientos se hace más efectivo a medida que consigue “encapsular” sus críticas en formatos más concisos”.

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Bierce pulió su estilo austero, elegante e incisivo en las páginas de los periódicos. Con 25 años llegó a San Francisco para trabajar de reportero de sucesos (algunos de sus artículos se incluyen en la antología True Crime, de la Library of America.  Por cierto, la traducción al español de la obra de no ficción de Bierce va algo escasa, ¿algún editor se anima?). Desde las páginas de los periódicos, aquel veterano de guerra llegó a ser un virtuoso de la filípica minimalista. Siempre buscándole las cosquillas a políticos, empresarios, jueces, militares, religiosos, periodistas y literatos. Un incordio, vamos.

El magnate Hearst -el Rupert Murdoch de la época- lo fichó como ariete de su periodismo de trinchera. Los tiempos eran perfectos para sus invectivas. Los EE UU vivían un crecimiento industrial y financiero imparable. Entraban en escena los Rockefeller, J. P. Morgan, Vanderbilt y Carnegie, que amasaban sus fabulosas fortunas "a costa de la clase trabajadora”, recuerda Ibarrola. Mark Twain la llamó la Edad del Oropel, una época de grandilocuencia y falsos esplendores. A la hora de aconsejar a los jóvenes escritores, Bierce se dejaba de sutilezas. Este es su resumen de lo que se iban a encontrar ahí fuera: “Un mundo de idiotas y sinvergüenzas, lleno de supersticiones, atormentado por la envidia, consumido por la vanidad, egoísta, falso, cruel, y atrapado en burdas ilusiones; en fin ¡loco de atar!”.

Existen algunos descreídos que dicen que su diagnóstico sigue siendo muy válido, pero seguramente no son más que un puñado de amargados. O no. Vale la pena seguir leyendo estas breves sátiras porque hay cosas que no cambian. “Es probable que los enriquecimientos ilícitos y los abusos de los menos favorecidos hayan tomado hoy formas más sutiles”, advierte Ibarrola, “pero existen pocas dudas de que seguimos viviendo en un mundo lleno de explotadores y explotados”. Hoy Bierce encontraría dianas a manos llenas, añade. El incómodo autor del Diccionario del diablo desapareció en México en 1913, a sus venerables 71 años. No dejó rastro. Si hoy pudiese ver cómo va el mundo, a lo mejor se echaba una risa -amarga, claro- y volvía a desaparecer.

El País

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