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Pruebas

domingo, 12 de agosto de 2012

Dime

Dime. Treinta cuentos es una selección de las tres colecciones de relatos que Mary Robison ha escrito durante los 25 años de su carrera literaria. En este volumen se confirma su temprana brillantez y la plenitud de su talento literario. A través de estas historias, muchas de las cuales fueron publicadas por primera vez en la prestigiosa The New Yorker, la autora nos introduce en su astuto mundo de personajes anónimos y comunes que a veces son intrigantes, conspiradores, fugitivos etc. pero que nunca nos dejan indiferentes. Según el New York Times, el truco de su escritura es la sugerencia. Robison habla a un lector inteligente al que muestra unos cuantos momentos de la historia para que él mismo saque las consecuencias. En los escenarios de sus cuentos se producen a menudo pequeñas victorias porque da la sensación de que  las grandes victorias son imposibles.
Robison escribe como un  ángel vengador y pienso que puede ser un genio. Richard Yates
Treinta cuentos construidos con impresionante precisión por una escritora que es capaz de extraer el máximo significado de un mínimo de palabras y completar así una colección de historias emocionantes. (American Library Association)

"Una maestra de la literatura" (David Gates, Newsweek)
"Robison es a la vez sabia y entretenida. Una técnica con sentido del humor, una minimalista con buen ojo para detectar lo que puede ser rescatado de las vidas tranquilas y desesperadas" (The New York Times Book Review)

ENTRENADOR 
1
Calculó que solo quedaban sesenta y siete días para agosto y sus dobles sesiones de entrenamiento diario. Estaba secando los platos del desayuno. Frotó una taza de café y decidió escuchar a Sherry, su mujer, que pasaba una bayeta a los quemadores del otro lado de la cocina.
     -Ya sé que no soy precisamente Renoir, pero me lo paso bien intentándolo. Y ese estudio, esa habitación, nos la podemos permitir -dijo Sherry-. No lo tomes a mal pero podría quitarme de en medio yendo allí, y quitaros de en medio a ti y a Daphne.
     -Estoy pensándolo -contestó Entrenador. Sherry pasó de un quemador al siguiente. Deslizó la bayeta sobre el reloj del horno.
     -Estás pensando demasiado despacio -dijo-. Tu periodista viene a las nueve, y ya son las ocho pasadas. ¿Les doy una fianza para el estudio o no? ¿Sí o no?
     Entrenador miraba fijamente el fregadero y el hilo de agua que manaba de uno de los grifos. Recordó un lugar al que solían ir en Pensilvania junto a un lago. Vio el agua verde surcada por una motora. La motora tiraba de Sherry, rubia y alegre sobre sus esquís. Su espalda redondeada y fuerte, su traje de baño de un rojo brillante.
     -Por supuesto, por supuesto. Dales el dinero -contestó.
     Su hija, Daphne, entró en la cocina. Era una chica de pelo oscuro, aspecto perezoso, quince años; sus ojos desaparecían bajo el flequillo. Abrió de par en par la puerta de la enorme nevera.

Boomerang

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