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Pruebas

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Memorias de una lectora de sábanas

Publicada en 1974 por la editorial de Jean-Jacques Pauvert, Memorias de una lectora de sábanas, firmada con el seudónimo de Belen, fue prohibida de inmediato por la censura francesa y privada de su difusión. El incesto, la zoofilia, el amor libre y el viento libertario hinchando las velas del Sperma en el que navega la heroína por todos los mares del pla­neta alentando las revueltas contra la represión puritana fue­ron demasiado para los censores franceses, que acababan de verle las orejas al lobo durante el aún cercano Mayo del 68. Casi cuarenta años más tarde, esta novela, que no ha perdido nada de su desparpajo y de su alegre provocación a las almas bienpensantes, llega por fin al público de habla española.  

El poder femenino, que se distingue de la nostalgia del eterno femenino en que se trata de un levantamiento revolucionario con el apoyo de las fuerzas pánicas de la naturaleza: he ahí la propuesta de Belen [Nelly Kaplan] para completar la destrucción del viejo orden sórdido en el que el mundo entero se asfixia. Todos los poetas, todos los artistas y todos los amantes dirán que sí con entusiasmo. André Pieyre de Mandiargues

Prólogo

Hay en mí más recuerdos que en mil años de vida...
     Pero, bueno, ¿es esa una razón para escribir mis memorias? Nel mezzo del cammin di nostra vita, me lo pregunto.
     Y, sin embargo, sí. Si el relato de mis avatares puede ayudar a una sola chica, a un solo chico a cometer los mismos alegres errores que han enriquecido mis 9125 días de vida, el texto que sigue tendrá su razón de ser.
Belén 

I

Nací un 11 de abril, y todo se volvió muy complicado.
     Mamá no quiso reconocerme, fui recogida y criada por mi padre, marinero de los siete mares. Desde entonces el mundo es para mí del color de mi papá, capitán; y mi madre fue la mar.
     Mi primer recuerdo: las barbas saladas de la tripulación al completo del Sperma asomada a mi cuna, intentando alimentarme con unos pirulís de leche condensada solidificada, muy de moda en esa época en Holanda, los pirulís Susy: «¡Solo se gastan si los chupas!» Estaban exquisitos y me salvaron la vida. (Muchos años más tarde conocí al riquísimo propietario de las fábricas Susy. Y yo misma me obligué a matarlo. Pero no nos anticipemos.) 
     Éramos siete en el Sperma, un valeroso barco que podía navegar a vela o a vapor. Para nosotros los océanos no tenían secretos. En él crecí libre y querida, feliz y relajada como raramente lo he sido desde entonces.