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Pruebas

viernes, 20 de septiembre de 2013

Dejar las cosas en sus días


Una novela de personajes e historias entrelazadas, en la mejor tradición de las sagas familiares, y capaz de recrear a la vez episodios de la historia de España del siglo XX.
Aida, una periodista en la cuarentena, vive obsesionada con encontrar los restos de su abuelo, asesinado durante la Guerra Civil. Para ello reconstruye la historia de su familia, los Montañés, desde que se afincaron en Asturias a principios del siglo XX para trabajar en las explotaciones mineras del marqués de Comillas, paradigma del paternalismo industrial en un entorno agitado por el movimiento obrero.
La verdad sobre la casa de Pomar se irá revelando a pesar del conflicto que articula la trama: el debate entre quienes piensan que es mejor dejar las cosas en sus días y el empeño de Aida por recuperar y dignificar el pasado al amparo de la apertura de fosas comunes previo a la aprobación de la Ley de Memoria Histórica.
Mientras emprende esa búsqueda, entabla una relación con Bruno Braña, un actor con un carácter envolvente con el que mantiene un romance perturbador y comparte la inquietud por desentrañar la propia identidad.


COMIENZO DEL LIBRO

Si Benito Montañés hubiera sabido, al asomarse a la mirada aturdida de la niña que acababa de parir su mujer, interpretar los augurios de una rebeldía que sólo podía engendrar desdicha, se habría pensado mucho pronunciar la frase que, con la solemnidad que solía aplicar a la mayoría de sus aseveraciones, dijo a continuación:
-Se llamará Claudia.
Y como consecuencia, la trilliza Paloma se habría librado del pescozón que le suministró Sidra, la hermana mayor, tras la rapidez de su respuesta. 
—¡¡Como las ciruelas!!
Ni la salida de tono, no tanto por lo impropio de la observación, como por el hecho imperdonable de haber irrumpido en una conversación de mayores —algo muy castigado en la casa de Pomar—, consiguió alterar el gesto de Benito Montañés, que en ese momento transitaba a bordo de algo parecido al arrobo, por pensamientos felices localizados en los días que se avecinaban, y en cómo el Altísimo, en su infinita sabiduría, ponía orden en el universo y en el discurrir de los acontecimientos y, a pesar de la amenaza de huelga y de lo revuelto que estaba todo, había hecho coincidir, como él tanto había pedido en sus oraciones, el nacimiento de su hija con la visita tanto tiempo esperada. Él habría preferido que fuera un niño, y no ya porque aquella casa con Sidra y las trillizas pareciera un gineceo en el que sobrevivía Manuel como único varón, y poco, por cierto, tan frágil, siempre acatarrado y flaco, sino porque entonces se habría llamado Claudio. 

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