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Pruebas

sábado, 7 de enero de 2012

Un poeta insurrecto

Cuando, hace unos años, Caballero Bonald dijo que ya sólo iba a escribir poesía, no anunciaba un regreso (porque nunca se había ido del verso), ni tampoco una voluntaria limitación. Como sucede en algunos otros escritores, su obra nos ilustra sobre los borrosos límites de los géneros. La poesía intensifica lo que la narrativa disemina pero, al cabo, la tensión es la misma y el motivo de ponerse a escribir tampoco cambia. En este nuevo libro se nos dice que "la literatura no es sino un proceso electivo de circunlocuciones subterfugios requerimientos perífrasis tapujos" y nosotros podemos añadir que eso es lo mismo que está al fondo de Ágata, ojo de gato o de Diario de Argónida, de Manual de infractores o de La costumbre de vivir: en todos están "las poéticas libres la mística progenie / el torrencial reducto de materias sagradas libros árboles cuerpos versículos suras mantras glosas", que son los recursos de un escritor que sabe que la literatura es fundamentalmente asunto de manipulación de palabras. En unos casos, se provoca una explosión deslumbradora y en otros, una explosión retardada y con ecos: fulminante y explosivo son los mismos.

Claro está que en sus nuevos libros de poesía, tras el memorable Manual de infractores, hay una manifiesta voluntad de expresar los términos de una disidencia sistemática (contra el rumbo de las cosas del mundo) y, a la vez, una cierta complacencia rapsódica al recordar y volver sobre lo personalmente vivido, creído o gozado y comprobar que no fue vano. El último poemario tiene dos títulos que indican el acoplamiento de ambas direcciones: Entreguerras parece aludir al primer tomo de las memorias, Tiempo de guerras perdidas, y en ambos "guerra" evoca, más que la contienda bélica, la insurrección moral o la hostilidad que se percibe, como hubiera pensado un poeta español del Siglo de Oro (digamos Quevedo o Góngora); la segunda parte del título, O de la naturaleza de las cosas, repite, sin embargo, el del libro de Lucrecio, "algo que tiene que ver con la altura poética de que me siento más próximo", y que conviene recordar que encarnó la sabiduría de los epicúreos, el coraje de los que negaron a los dioses y el ánimo de quienes construyeron la humana solidaridad sobre el cimiento del sano egoísmo. Lucrecio dejó su testimonio en algo más de siete mil hexámetros y Caballero Bonald lo ha hecho en algo menos de la mitad de versículos de extensión dispareja, pero de enunciación muy segura y entonada, en la que ha prescindido de todo signo de puntuación que no sean la interrogación y la exclamación. Han perseverado los que tienen que ver con los énfasis necesarios del sentimiento personal y han desaparecido aquellos otros -las comas, los puntos...- que pretenden pautar de acuerdo con la lógica lo que sólo tiene sentido en la fluencia viva e igualitaria: "el despliegue repliegue de mis soliloquios", como leemos en el volumen.

Pero hay algo más en Entreguerras que ya pudo conjeturar el lector de la plaquette Soliloquio y del 'Epílogo' de la antología Tiempo de muchas aguas, que se anunciaba como "parte de un libro en preparación", ambos en 2010. Y es que Caballero Bonald andaba sobre los pasos de un poema unitario, fusión de "secuencias acumulativas" que aquí ha llamado "capítulos", como si lo fueran de un relato. Pero no es narración en verso sino poema de punta a cabo, con voluntad de serlo y entroncado en la tradición moderna que, en español, inspiró Espacio, de Juan Ramón Jiménez; Piedra de sol, de Octavio Paz, y Dador, de José Lezama Lima, entre otros. En todos hay imágenes seminales, biografía e historia alrededor, temporalidad vivida y simultaneidad creadora, preguntas de relevancia moral, quejas de la fugacidad de las cosas y convicciones bien ganadas. "La poesía y la historia se complementan, a condición de que el poeta sepa guardar las distancias", escribió Octavio Paz en El signo y el garabato; en eso confían quienes escriben poemas de esa traza cuya referencia, sin embargo, es el milagro del lenguaje: allí se revelarán al cabo historia y vida. También lo ha hecho Pere Gimferrer en su reciente Rapsodia, que se ha complacido en incorporar versos ajenos a su propio recorrido; por su parte, Caballero Bonald previene también una larga lista de deudas gozosas, entre las que se encuentra, claro, Gimferrer mismo.

No es el único tributo a modelos o a admiraciones en los que el poeta se complace y quiere asociar a sus versos: en el capítulo III se cita -por sus nombres de pila, como ya es costumbre inveterada- a Ángel (González) y José Ángel (Valente) y Carlos (Barral) y José Agustín (Goytisolo) y Alfonso (Costafreda) y Jaime (Gil de Biedma), cofrades generacionales. Por sus apellidos, a Tàpies, Millares, Saura, Oteiza y Viola, que hicieron del arte abstracto un signo de afirmación e intervención en la vida de su tiempo. Poco más allá, a Juan Ramón, Cernuda, Vallejo, Lorca, Cunqueiro, Ory, Barral y Valente, otra vez, como referentes líricos. El lector de los dos volúmenes de memorias de Caballero Bonald (ahora recogidos y enmendados en uno, La novela de la memoria, 2010) conoce ya los acontecimientos, alguna fabulación divertida y otros significados de la vida del escritor y sabe que se trata de una de las cumbres del género en las letras españolas. Pero ya hemos dicho que Entreguerras no es un resumen, ni la busca de dimensión lírica de los hechos acaecidos, sino otra forma de revelación de sí mismo que el escritor ha recibido en forma de un lenguaje caudal y apasionado, urgente y demorado a la vez.

Por supuesto, cada capítulo tiene un centro irradiante: el primero habla de Madrid, cuando estaba "asediada de vítores y máscaras de adalides"; el tercero, como se ha indicado, de los orígenes literarios; el quinto regresa a la geografía colombiana que marcó un trienio de su biografía en el comienzo de los años sesenta; el séptimo habla de Doñana, "Argónida en el listado de mi alma", y el décimo es un canto al Mediterráneo. "También yo soy aquel que nunca escribe nada / si no es en legítima defensa", arguyó Caballero en 'Bibliografía', de Diario de Argónida. 'Ubi bene ibi patria' (donde se está bien, está la patria) fue el título de un poema de Manual de infractores, inspirado por unas noches romanas y por una cita de Marco Pacuvio que Cicerón ha legado a la posteridad. Se diría que tales son las dos pautas centrales de Entreguerras. Que acaba, al borde del tiempo que concluye, "mientras musito escribo una vez más la gran pregunta incontestable / ¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?". Por supuesto, no es la vida eterna sino, en todo caso, la eternidad de la vida, lo único que puede desear un lúcido discípulo de Lucrecio y de Horacio. Ha escrito lo mismo que seguramente -y por repetir su nómina- habrían estampado Ángel y José Ángel y Carlos y José Agustín y Alfonso y Jaime, si la vida les hubiera otorgado esos ochenta y cinco años admirables que Caballero Bonald celebra, superando "los miedos que tanto se parecen al ejercicio de la valentía", cuando está oyendo "la voz universal que alienta en lo más último".

El País

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