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Pruebas

jueves, 24 de enero de 2013

Absolución

En Ciudad del Cabo, sentada en su jardín rodeado de sofisticadas medidas de seguridad, Clare Wald, octogenaria escritora mundialmente aclamada, revisita su vida a medida que responde a las preguntas de su joven biógrafo, Sam Leroux, quien acaba de regresar de Nueva York a su Sudáfrica natal .

En paralelo, Clare escribe el que puede ser su último libro, una autobiografía encubierta bajo el título de Absolución.

Con un talento descomunal para ser su primera novela, Patrick Flanery despliega ante el lector el pasado de Clare, su matrimonio roto, la obsesión por su hija Laura que desapareció sin dejar rastro tras afiliarse a la lucha armada contra el régimen del apartheid, su colaboración con la censura, su participación en el asesinato de su hermana. Pero a la vez siempre queda un velo de duda. ¿Fue eso lo que ocurrió? ¿O es fruto de la mente novelística de Clare? ¿Puede alguien enfrentarse abiertamente a su pasado? ¿Qué papel juegan en todo ello los propios fantasmas de Sam?

SAM
     -Según me dicen, señor Leroux, nos conocimos en Londres, pero no lo recuerdo -comenta ella, procurando erguir el cuerpo, obligándolo a permanecer recto allí donde se le resiste.
     -Así es. Nos conocimos. Pero fue un encuentro breve.

     -En realidad no fue en Londres sino en Ámsterdam. Ella recuerda una ceremonia de entrega de premios en la que yo no estaba. Yo recuerdo el congreso de Ámsterdam en el que di una charla, invitado como joven promesa, experto en su obra. En aquella ocasión me cogió la mano encantadoramente. Estaba risueña y juvenil, y un poco achispada. Esta vez no percibo el menor indicio de embriaguez. Nunca hemos coincidido en Londres.

     Y estuvo también aquella otra vez, claro.

     -Por favor, llámeme Sam -digo.

     -Mi editor me ha hablado bien de usted. Aunque no me gusta su aspecto. Se le ve muy moderno. -Al pronunciar la última sílaba, contrae los labios y separa los dientes. Entre ellos asoma una lengua gris.

     -No sé qué decirle -respondo, y no puedo evitar sonrojarme.

     -¿Es usted moderno? -Despliega de nuevo los labios, enseña los dientes. Si eso pretende ser una sonrisa, no lo parece.

     -No lo creo.

     -Su cara no me suena de nada. Ni su voz. Sin duda me acordaría de esa voz. Ese acento. Dudo mucho que nos hayamos visto antes. Al menos en esta vida, como dicen algunos.

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