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Pruebas

martes, 20 de diciembre de 2011

La literatura como festín

Narrativa. ¿Qué consuelo, qué gozo, qué advertencia puede hallar en Gargantúa y Pantagruel el cínico y desencantado lector actual, que ha asistido hastiado a no se sabe ya cuántas muertes y resurrecciones de la novela, y que transita hoy, entre afligido y resignado, por una ficción en perpetua sospecha de sí misma, obligada a una consideración siempre irónica de sus poderes, enfangada en el descubrimiento de otros tantos mediterráneos que una mirada atenta a la tradición le evitaría considerar como tales, al constatar que lo que llama "descubrimiento" es solo reconocimiento en el mejor de los casos o ignorancia en la mayoría de ocasiones?

¿Qué propuesta puede hacer suya el lector contemporáneo ante este libro seminal, que alzado sobre el trípode de las Escrituras, el saber grecolatino y la épica forjada en la novela caballeresca desborda toda constricción formal y se convierte en una máquina trituradora de prejuicios? ¿Qué feliz circunstancia ilumina esta prosa libérrima, lasciva, procaz hasta decir basta, incómoda por momentos aun para nuestra sensibilidad posindustrial, que ha hecho de la pornografía un paraje yerto y aquí se debe enfrentar a una sexualidad plena, retozona, de una capacidad evocativa y sensorial alucinante, como sucede en el asombroso episodio de las murallas parisienses construidas con vaginas? ¿Qué zarza ardiente nos sale al encuentro en este ciclo que se mofa de todo y todos, que arde por sus cuatro costados y le enseña el culo al teólogo, al retórico, al príncipe, a putas y cortesanos, catedráticos y fámulos, almas bellas y maquiavélicos, al hombre de armas, al báculo de Iglesia, al filósofo escolástico?

¿Qué voluntad anima al irreverente predecesor de Cervantes, de Sterne, de Joyce y de Perec, de los revolucionarios de la narrativa, de esa línea fecunda y sagrada que hace de la literatura en general y de la novela en particular la más alta manifestación de la libertad creadora? ¿Qué audaz verdad se descubre en este libro en que se folla sin pausa, se bebe sin medida, se come hasta el hartazgo, se miente a satisfacción, se roba, se estupra y se asesina, se opina de aerofagia, canibalismo y sodomía con idéntica ligereza e idéntica seriedad que las empleadas para discutir con Tito Livio, Tomás de Aquino o Carlos I, con un lenguaje que nos eleva desde la hipérbole, que nos abruma con la pirueta, que nos asombra ante la evidencia de una inteligencia en estado puro, que viaja de la medicina renacentista a la chanza taumatúrgica, de la hermenéutica veterotestamentaria a la más rotunda escatología, de la lección humanista al terrorismo in nuce?Quizá la respuesta a todas esas preguntas, que en realidad esconden una sola y vieja demanda (qué hace clásico al clásico), la hallemos en el prefacio de Guy Demerson: "Según Rabelais, una obra auténticamente literaria corre el riesgo de fracasar en un medio cultural incapaz de captar el mensaje, por su estupidez, por su carácter superficial o simplemente por su mala fe; siempre presentó su libro como ejemplo de tal tentativa de comunicación expuesta a la incomprensión. El acto de 'benevolencia' del lector es la risa, la prueba de que acepta entrar en el fantasioso mundo de la literatura". Porque esa risa liberadora es el arcano de un texto inagotable, esa risa que jamás falta en ningún libro realmente decisivo (la risa del Quijote o Tristram Shandy, de Ulises o La vida instrucciones de uso), y que en la magnífica edición de Gabriel Hormaechea nos devuelve el festín de una raza de gigantes nacida de la pluma de quien acaso puede reclamar para sí el título de primer gigante de la novela europea.

El País