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Pruebas

jueves, 3 de abril de 2014

Kassel no invita a la lógica

Una extraña llamada interrumpe la rutina de un escritor. La enigmática voz femenina al otro lado de la línea le dice que los McGuffi n quieren invitarlo a cenar para desvelarle la solución al misterio del universo. Pronto descubrirá que se trata de una convocatoria para participar en la Documenta de Kassel, la mítica feria de arte contemporáneo, donde su cometido será convertirse en instalación artística viviente y sentarse a escribir cada mañana en un restaurante chino de las afueras.

En Kassel, el escritor comprueba sorprendido que su estado de ánimo no decae al atardecer y que, en cambio, el optimismo lo invade mientras pasea impulsado por una energía inagotable que late en el corazón de la feria. Es la respuesta espontánea e imaginativa del arte que se levanta contra el pesimismo.

Con humor, hondura y lucidez, Enrique Vila-Matas cuenta la historia de una gran expedición: la del paseante solitario que, rodeado de rarezas y maravillas, se atreve a traducir un idioma que no conoce, participa en bailes invisibles, pernocta en su particular tierra prometida y, fi nalmente, encuentra un hogar en el camino. Desde su terraza de Kassel, este paseante nos invita a ver el mundo desde otro ángulo y desvela la esencia misma de la literatura: la razón, la verdadera razón, para escribir.
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Cuanto más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo ese calificativo. Pero .a quién le importa esto? De hecho, mi frase tan sólo es un mcguffin y tiene poco que ver con lo que me propongo contar, aunque podría ser que a la larga todo lo que cuente acerca de mi invitación a Kassel y posterior viaje a esa ciudad termine por desembocar en esa frase precisamente. 

Como algunos saben, para explicar qué es un mcguffin lo mejor es recurrir a una escena de tren: «.Podría decirme qué es ese paquete que hay en el maletero que tiene sobre su cabeza?», pregunta un pasajero. Y el otro responde: «Ah, eso es un mcguffin.» El primero quiere entonces saber qué es un mcguffin y el otro le explica: «Un mcguffin es un aparato para cazar leones en Alemania.» «Pero si en Alemania no hay leones», dice el primero. «Entonces eso de ahí no es un mcguffin», responde el otro. 

El mcguffin por excelencia es El halcón maltés, el film más charlatán de toda la historia del cine. La película de John Huston narra la búsqueda de una estatuilla que fue el tributo que los Caballeros de Malta pagaron por una isla a un rey espanol. Se habla muchísimo, sin parar, en el film, pero al final el codiciado halcón por el que tantos incluso habían asesinado resulta ser sólo el elemento de suspense que ha permitido avanzar a la historia.

Como ya habrán intuido, hay muchos mcguffin. El más famoso se puede encontrar en el arranque de Psicosis, de Hitchcock. .Quién no recuerda ese robo que lleva a cabo Janet Leigh en los primeros minutos? Parece tan importante y acaba resultando irrelevante en la trama. Sin embargo, cumple con la función de dejarnos atentos a la pantalla el resto de la película. 

Y hay mcguffins, por ejemplo, en todos los episodios de Los Simpson, donde el preludio que abre cualquiera de ellos muy poco o nada se relaciona con el desarrollo posterior del capítulo.

Mi primer mcguffin lo encontré en Un maldito embrollo, de Pietro Germi, adaptación cinematográfica de una novela de Carlo Emilio Gadda. En ese film, el comisario Ingravallo, cargado de cafés y perdido en el laberinto de su intrincada investigación, hablaba de vez en cuando por teléfono con su santa esposa, a la que no veíamos jamás. ¿Estaba Ingravallo casado con una McGuffin? 

Hay tantos mcguffins por ahí que hace sólo un ano se infiltró uno en mi vida cuando una manana llamó por teléfono a casa una joven que dijo llamarse María Boston y ser la secretaria de los McGuffin, un matrimonio irlandés que estaba interesado en invitarme a cenar y no dudaba que yo también estaría encantado de verles y saludarles, pues pensaban hacerme una propuesta irresistible.

¿Eran multimillonarios los McGuffin? .Querían, por algún oscuro motivo, comprarme? Eso fue lo que pregunté como reacción humorística a aquella llamada extrana, provocadora, seguramente una broma que quería gastarme alguien.