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Pruebas

martes, 22 de abril de 2014

El resucitador

Escrita a principios de los años 20 y publicada por entregas en una revista, El resucitador (nueva traducción de Herbert West: Reanimator) es una de las más famosas historias de terror de H. P. Lovecraft y ha dado lugar a varias secuelas cinematográficas, aunque «actualizadas» y muy alejadas del original. Inspirada en el Frankenstein de Mary Shelley, según el propio autor, narra las investigaciones del Doctor Herbert West sobre la muerte y la resurrección desde sus tiempos de estudiante hasta poco después de la Primera Guerra Mundial, en la que se alista como cirujano junto a su mejor amigo y ayudante.
«Sobre Herbert West, que fue mi amigo en la universidad y en años posteriores, sólo puedo hablar con extremo horror. Este horror no se debe únicamente a la siniestra manera en que se produjo su reciente desaparición: en realidad fue engendrado por la naturaleza de toda su obra y adquirió su acuciante forma hace más de diecisiete años, cuando estábamos en el tercer curso de nuestros estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Miskatonic, en Arkham. Mientras estuvo junto a mí, la maravilla diabólica de sus experimentos me fascinó sobremanera, y en todo ese tiempo fui sin duda su compañero más cercano. Ahora que ha desaparecido y el hechizo parece haberse roto, el miedo no ha hecho más que crecer. Las posibilidades y los recuerdos son incluso más espantosos que la realidad. (...) Nunca olvidaré aquel espantoso verano, cuando la fiebre tifoidea asoló Arkham como un implacable demonio venido de los pabellones de Eblis. Muchos recuerdan ese año sólo por aquel flagelo diabólico, pues ciertamente el terror anidó con alas de murciélago sobre las pilas de ataúdes que se acumulaban en los mausoleos del Cementerio Cristiano; para mí, sin embargo, hubo un terror mucho más intenso en esa época, un terror que sólo yo conozco.»
PRIMERA PARTE
DESDE LA OSCURIDAD
Sobre Herbert West, que fue mi amigo en la universidad y en años posteriores, sólo puedo hablar con extremo horror. Este horror no se debe únicamente a la siniestra manera en que se produjo su reciente desaparición: en realidad fue engendrado por la naturaleza de toda su obra y adquirió su acuciante forma hace más de diecisiete años, cuando estábamos en el tercer curso de nuestros estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Miskatonic, en Arkham. Mientras estuvo junto a mí, la maravilla diabólica de sus experimentos me fascinó sobremanera, y en todo ese tiempo fui sin duda su compañero más cercano. Ahora que ha desaparecido y el hechizo parece haberse roto, el miedo no ha hecho más que crecer. Las posibilidades y los recuerdos son incluso más espantosos que la realidad.
El primer incidente aterrador de nuestra relación fue, sin duda, la conmoción más grande de mi vida hasta esa fecha y sólo puedo repetirla aquí tras vencer fuertes reticencias. Como ya he dicho, ocurrió cuando estábamos en la facultad de medicina, donde West ya había cobrado notoriedad por sus intrépidas teorías sobre la naturaleza de la muerte y la posibilidad de sobreponerse a ella recurriendo a medios artificiales. Sus ideas, que fueron ridiculizadas hasta la extenuación por el profesorado y los demás estudiantes, se apoyaban en la naturaleza esencialmente mecanicista de la vida, y ello implicaba dar con los medios para operar la maquinaria orgánica del cuerpo a través de una calculada acción química efectuada tras el fallo de los procesos naturales. En estos experimentos con diversas soluciones reanimadoras, West había sacrificado y experimentado con una enorme cantidad de conejos, conejillos de indias, gatos, perros y monos, hasta el punto de convertirse en el mayor fastidio de toda la universidad. Lo cierto es que, en numerosas ocasiones, había obtenido algunas señales de vida en animales presuntamente muertos; en muchos casos, señales violentas. No obstante, pronto se dio cuenta de que la perfección de este proceso, si es que de hecho era posible, implicaría por fuerza toda una vida de investigaciones. Igualmente, dado que las soluciones nunca funcionaban del mismo modo en especies orgánicas distintas, dedujo que necesitaría sujetos humanos para obtener avances nuevos y más especializados. Fue allí donde por primera vez entró en conflicto con las autoridades académicas, y sus experimentos fueron prohibidos nada menos que por el célebre decano de la facultad en persona, el sabio y benévolo doctor Allan Halsey, cuya obra en beneficio de los convalecientes es recordada por todos los antiguos residentes de Arkham.
Yo siempre me había mostrado excepcionalmente tolerante con las ambiciones de West, con quien a menudo discutía acerca de unas teorías cuyas ramificaciones y corolarios parecían infinitos. Sosteniendo con Haeckel que toda la vida es un proceso químico y físico, y que la mal llamada «alma» no es más que un mito, mi amigo creía que la resurrección artificial de los muertos sólo dependería del estado de los tejidos y que, a menos que tuviera lugar una descomposición en toda regla, un cadáver totalmente equipado con sus órganos podría, con los procedimientos adecuados, ser devuelto a ese peculiar estado al que llamamos vida.