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Pruebas

lunes, 7 de abril de 2014

Conversaciones en Giverny

Claude Monet, maestro de los impresionistas, nos cuenta su vida en estas conversaciones inéditas: su infancia en El Havre, su temprana dedicación a la pintura, la búsqueda incesante de los efectos de la luz, los años pasados a orillas del Sena y su pasión por la naturaleza. Desde su refugio en Giverny, pequeño pueblo al noroeste de París, donde se recluyó hasta su muerte en 1926, escuchemos la voz del  artista que nos habla, entre mil anécdotas, de todo aquello que hizo posible  el impresionismo: de Inglaterra, del Sena, de las flores, de los trenes, de París.

El hombre detrás del Impresionismo
Retirado del mundo, inmerso en el suyo pro- pio, cuyo comienzo y final fue Giverny, Claude Monet (1840-1926) ejerció de guía, maestro y modelo de uno de los movimientos pictóricos más influyentes de último siglo y medio. Sin él, el impresionismo no solo no habría sido, sino que simplemente no habría existido. Este pe- queño volumen recoge las principales entrevis- tas que este amante del Sena concedió en sus últimos años. La primera de las conversaciones,«Los años de prueba», es la única que tiene lugar fuera de su pequeño universo de Giverny, y es la que concedió a Francois Thiébault-Sisson en las parisinas galerías Durand-Ruel, donde el maestro exponía en noviembre de 1900. «Ha salido de su retiro de Giverny por un día... Lo he cogido al vuelo», dice el entonces joven críti- co de arte que logra de Monet un curioso relato de su vida, y quizá su mejor trabajo periodístico. Los demás textos de este tercer volumen de la colección Conversaciones -antes fueron los dedicados a Karen Blixen y Akira Kurosawa- son ya en territorio seguro para Claude Monet, en su querido e idílico Giverny. Y todas estas charlas y crónicas son con amigos cercanos, como el escritor Marc Elder, todo un ganador del Premio Goncourt; Walter Pach, crítico de arte y propagador del arte moderno en Nueva York; y una de sus más queridas discípulas, la pintora estadounidense Lilla Cabot Perry. En estas páginas, en las que Monet aparece relajado, disfrutando de sus cigarrillos y sus bromas, podemos descubrir a un conversador irónico, pero también sentimental, a la vez que divertido aunque profundo. Monet desvela su pasiones, desde su adorado Sena a los nenúfares; comparte sus pesares en Inglaterra; revela la inquietud que le asalta en torno a la pervivencia de su pintura; y no se muerde la lengua ni para alabar a sus amigos ni para criticar a sus adversarios. Además, aquí está el resumen de su vida dictado por él mismo.
Giverny, la magia de un jardín
Pocos jardines han sido tan influyentes en un movimiento artístico como el que creó Clau- de Monet en su casa de Giverny, pequeña población de la Alta Normandía. Allí se retiró el maestro en 1883, aunque no fue hasta 1890, cuando pudo comprar la casa que tenía arrendada, que pudo construir los jardines a su completo gusto. El lugar no solo inspiró su propia obra, también se convirtió en punto de peregrinación y encuentro: Cézanne, Renoir, Sisley, Pissarro, Matisse y Jogn Singer Sargent lo visitaron con asiduidad.
Cézanne
¿Cézanne?... ¡Es un ser indefinible!... Se ha escrito mucho sobre él. La verdad, no lo he reconocido en ninguno de esos libros. El poeta Gasquet ha dicho algunas cosas acertadas... El pensamiento de fondo de Cézanne, creo, se le ha escapado a todo el mundo, y, por mi parte, no he podido nunca deslindar la seriedad de la ironía de sus intenciones. Estoy convencido de que toda su vida se ha burlado de cierto personaje, que se le ha presentado como una especie de fantoche bilioso, inocente y grotesco. Era muy susceptible y tenía en gran opinión su valía. Cuando se dio cuenta de que sus esfuerzos no producían más que risa, se puso una máscara de socarrón campestre. Estando en Giverny, donde se alojaba en una casa vecina, un día fue a Médan para visitar a su viejo amigo Zola... Volvió al poco, y, como me extrañó, él se explicó: «Es que ha llegado un grrran personaje, señor Monet. ¡El señor Busenach! ¡Ahí es nada, tan grrrande que no se puede aguantar! Así que me he vuelto...».

Busenach era un amable empresario que ponía en escena las novelas de Zola. Se encontraba en Médan por causalidad y había eclipsado sin querer al pobre Cézanne, que había llamado a la puerta. Me contó su huida sin aparentar resentimiento, pero con una media sonrisa marcada bajo el bigote. Y además está ese acento suyo de la Provenza, duro y metálico, que les da un aire burlón a las historias más serias...

Cézanne venía a veces al café Guerbois, donde nuestro grupo se reunía después de la guerra de 1870. Vestía siempre como le daba la gana, más bien descuidado, y para sujetar el pantalón llevaba una cinta roja, como la de los obreros...

-Los obreros de los tiempos de La Taberna, mi querido maestro. Hoy día Coupeau lleva tirantes, un sombrero elegante, es un fiel de Paris-Sport, del «Vel d'Hiv», y tiene su boxeador favorito...
Manet, por el contrario, siempre se mostraba como un gentleman: guantes, el bastón entre los dedos, un sombrero de copa bien calado. En una ocasión entró Cézanne y echó una mirada rápida al grupo. Cuando
entraba, Cézanne lanzaba una mirada desafiante sobre la reunión. Después, abriendo su abrigo con un movimiento de cadera muy zíngaro, se subía el pantalón ajustándolo ostensiblemente con su cinta roja. Luego
estrechaba la mano a todo el mundo. Pero en presencia de Manet, se descubría y le decía entre risas: «No le doy la mannno, señor Manet, no me la he lavado desde hace ocho días». 

Se burlaba de Manet, era evidente. Pero Manet le correspondía con desprecio. Manet nunca consintió unirse a nuestro grupo y figurar en nuestras exposiciones particulares. Al contrario, coqueteaba con las oficiales, que lo rechazaban igualmente. La pintura de Cézanne le era particularmente antipática. No comprendía su talento, al menos en aquella época, pero yo pensaba que cambiaría de criterio, como lo había hecho tantas veces. Tenía un argumento decisivo cuando se le presionaba para que fuera uno de los nuestros: «No me mezclaré jamás con el señor Cézanne». Por mi parte, experimenté la ironía de Cézanne. Le había escrito para invitarle a instalarse en Giverny, donde me había enviado a un joven pintor en el que estaba interesado. «La amistad de un gran hombre es un regalo de los dioses», me respondió.