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Pruebas

martes, 29 de abril de 2014

“A los autores jóvenes no les va el realismo... pero ven ‘Los Soprano”

No todas las novelas han de ser autorreferenciales y metaliterarias como parece ahora; en EE UU no se ha roto nunca la línea realista: ahí estáPhilip Roth, que me gusta mucho; desdeñamos el realismo español y apreciamos el de fuera, olvidándonos de Galdós. Yo quería tirar atrás, vincularme a una novela con estructura, desarrollo y personajes clásicos de la gran tradición realista”. Acude valiente Ignacio Martínez de Pisón(Zaragoza, 1960) a esos referentes para enmarcar La buena reputación(Seix Barral), su nueva novela, tres años después de El día de mañana,por la que obtuvo el premio de la Crítica y el Ciudad de Barcelona.
Es un novelón en todos los sentidos: 650 páginas de una familia de judíos sefardíes instalados en Melilla desde 1950 hasta el final del protectorado español de Marruecos en los setenta. La buena reputación son tres generaciones, vistas por cinco de sus miembros.“Se trata de contar con la historia de un hombre, la de todos los hombres y con la de una familia, la de todas las familias”, prosigue consciente de que empieza a construir con sus libros un friso muy concreto de España. “No son los Episodios nacionales pero sí quiero contar una época; quizá construir la gran novela de la Transición española, un pequeño mundo desde diferentes prismas. Quizá mis novelas empiezan a dialogar entre sí; me gustaría hacer, con distintos personajes, la gran comedia humana de ese tiempo”.
La buena reputación es su primer libro en tres años
Una ambición así igual reclama ese realismo que, admite, “no tiene ni pizca de prestigio entre los escritores jóvenes; no les va el realismo... y me sorprende, porque ven Mad men o Los Soprano, series realistas que hablan de una cultura popular como Balzac o Dickens lo hacían del XIX; si todas tus novelas pasan por ti pierdes todo lo demás; la mía es una novela del nosotros; indagar en los demás también es hacerlo en ti; si solo te interesa lo tuyo no debes escribir sino ir al psicólogo”.
A ese marco le añade el autor de Carreteras secundarias el papel de los sefardíes del Norte de África, que, a tenor de la narración, ayudaron a Franco en el alzamiento a pasar tropas sublevadas a la península. “Había una gran banca judía en esa zona con gran influencia internacional y Franco, de cuando estuvo ahí, tenía amigos judíos poderosos que, con ese no querer queriendo, financiaron ese transporte. Franco fue muy ambiguo: tenía ese punto de que los sefardíes formaban parte de la Hispanidad pero mantuvo la retórica antisemita hasta el último día, aunque permitió, sin reconocer a Israel, que los servicios secretos israelíes sacaran a 25.000 judíos del norte de África cuando acabó el protectorado”.
Por la técnica del narrador omnisciente del XIX, que sobrevuela cada personaje, el lector verá cómo todos regresan, en sus peores momentos, a sus raíces, y experimentan la necesidad de atarse a una identidad, un lugar o una comunidad religiosa. “Ese retorno va ligado a la incertidumbre. Muchos de mis personajes buscan un victimismo que les absuelva”. Ese planteamiento parece vigente con las relaciones Cataluña-España. “Me preocupa el brote nacionalista e igual eso ha impregnado la novela; siento incertidumbre con el proceso, pero si Cataluña se independiza, me iré; no quiero ser extranjero en mi tierra”, asegura quien vive en Barcelona desde 1982.
Otra figura inseparable de su obra es la familia. “Mis personajes son felices de pequeños, quizá porque yo fui un niño feliz; es lo único autobiográfico que se me escapó. Los conflictos arrancan en la adolescencia; una familia es eso: empieza a fallar un engranaje pequeño que provoca una avería en otras piezas y…”. La buena reputación destila madurez literaria. “Llevo ya 30 años publicando y creo haber logrado cierto oficio, puedo contar bien cualquier historia pero desde hace tiempo he acotado un territorio”. ¿Y limita con? “España, años 60/70 y familias de clase media que suelen haber perdido un miembro… Me gusta retratar esa clase media; Galdós fue el último escritor de esa clase social; yo, a diferencia de él, tiendo a exculparles”. Y no le da miedo esa acotación: "Me gustan los novelistas que se repiten a sí mismos, que se reconozca a un autor”.
Finalmente comenta la leyenda judía de los Tzadikim Nistarim, los 36 hombres justos que salvarán al mundo. “Para tiempos aciagos es un mito bellísimo; que un grupo secreto y reducido de personas tenga esa misión; esa idea de responsabilidad sin recompensa es bonita: Salvar el mundo, algo muy decente, ¿no?” ¿Se encontrarían hoy en Cataluña o en España? “Siempre hay 36”. Quizá entre ellos, un escritor.
El Pais