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Pruebas

sábado, 13 de abril de 2013

El entierro infinito

El novelista Luis Goytisolo acaba de ganar el Premio Anagrama de Ensayo con Naturaleza de la Novela. Según sus declaraciones, el libro interroga un tema de largo recorrido, incluso entre las preocupaciones del autor: el de la muerte de la novela y, asimismo, el de la forma literaria que hipotéticamente podría sustituirla. 

“La novela está en declive”, asegura. Y “en fase de extinción”, añade aún más incisivo. Si la televisión generó un punto de inflexión en el consumo literario –a partir de ella “la gente tiene menos tiempo para lectura”-, con las nuevas tecnologías el hábito de leer pasa, en el presente y no digamos ya en el futuro, a convertirse en “algo prescindible, accesorio”. 

Convencido de que no tendremos otro Proust, Luis Goytisolo no sólo señala a los enemigos “externos” de la novela, sino también a los encargados de cultivarla, quienes a base de “repetir fórmulas”, sin duda gastadas, no consiguen su renovación. 

Casi nunca es conveniente valorar las obras por lo que dicen de ellas sus autores, así que esperaremos a leer el libro. En cualquier caso, Luis Goytisolo no se ha apuntado a última hora a un debate sobre el que ya ha se ha explayado notablemente en distintos artículos. Tampoco es cuestión de establecer, como contrapunto a sus declaraciones, un listado de excelentes y renovadoras novelas aparecidas en los últimos años. (Las grandes novelas han sido excepcionales en cualquier época y, a fin de cuentas, como decía Blanchot, todo gran arte surge de alguna forma de precariedad). Ni siquiera intentaremos franquear el “formato libro” para descubrir la renovación compleja de la narrativa que, desde sus ficciones visuales, vienen haciendo artistas como Stan Douglas, Steve McQueen, Doug Atkins, Joan Fontcuberta, Valerie Mrjen…
 
Nada de eso es suficiente ante lo que retumba en las palabras de Goytisolo; su certificación de ese prolongado velatorio en el que hemos subsistido durante dos generaciones, avezados en el arte de amortajar cadáveres a los que ha sido más fácil asesinar que enterrar. Inmersos en las defunciones del comunismo y el arte, la historia y el Hombre, la verdad y las ideologías. Muertos todos, sí, pero no enterrados, de ahí nuestra existencia prefijada -en el post-comunismo, el post-humanismo, el post-modernismo, el post-estructuralismo, la post-historia- y toda esa posterioridad sin porvenir que Peter Sloterdijk tuvo a bien bautizar como la “era del epílogo”.

Luis Goytisolo habla del fin de la novela como Roger Caillois habló de Picasso como el “gran liquidador del arte” o Milan Kundera de Bacon como “el último pintor”. En su voz late el Adorno que negó posibilidad a la poesía después de Auschwitz.

Nuestra disyuntiva ha sido, entonces, la de una vida con arte después de Picasso, con pintura después de Bacon, con historia –pese a Fukuyama- más allá del Comunismo. 

Acaso el reto para las actuales generaciones, habitantes del “post”, ya no consista en notificar, muerte a muerte, todo eso que se acaba: en la persistencia de esa práctica forense que empieza a aburrir soberanamente. Tal vez sea el momento de nombrar en positivo nuestra experiencia; y esto pasa por enterrar de una vez los cadáveres que le sirven de lastre.
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En la imagen, Guillermo Cabrera Infante, Basilio Baltasar, Gonzalo Garcés y Luis Goytisolo, en Barcelona, en 2000, durante la entrega al tercero del premio Biblioteca Breve convocado por Seix Barral. Fotografía de Marcel.lí Sáenz.
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IVÁN DE LA NUEZ (La Habana, 1964), crítico de arte y escritor, es autor, entre otros títulos, de Inundaciones. Del Muro a Guantánamo: Invasiones artísticas en las fronteras políticas 1989-2009 (Debate) y El mapa de sal (Periférica). www.ivandelanuez.org.

El País