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Pruebas

miércoles, 20 de marzo de 2013

Exotismo y barbarie. El criador de gorilas

El criador de gorilas' recoge una magnífica colección de relatos de Roberto Arlt fruto de su estancia en Marruecos.

En El criador de gorilas, magnífico libro de Roberto Arlt, se recogen quince relatos de corte colonial, fruto de su estancia en Marruecos en 1935. Colonial, sin embargo, no es aquí sinónimo de civilización, sino adjetivación inocua de una extrañeza. ¿En qué momento se diluye el breve sueño ilustrado? No mucho después de Bouganville y Mungo Park, perdido en las riberas del Níger. Antes, en cualquier caso, de que Burroughs imaginara su Tarzán como un príncipe blanco emergido de la selva. Cuando Lawrence de Arabia, mediada la Gran Guerra, haga su entrada en Damasco, lo exótico y su arboladura colonial no serán sino un espectro arqueológico. Vale decir, una costumbre literaria. Y eso es lo que hace Roberto Arlt en la totalidad de estos relatos: fabular, mixtificar, tensar una categoría narrativa con la tradición viajera de Occidente.

Piglia tiene dicho que Arlt es el primer escritor argentino del XX, mientras que Borges, siguiendo a Lugones, es el primero del XIX. Borges, no obstante, es deudor de Marcel Schowb, de Apollinaire y Gustav Meyrink; y su influencia en el imaginario actual ha sido señalada ya, con demasiada insistencia, por Michel Foucault y Umberto Eco. Quiere esto decir que Borges y Arlt comparten no sólo la temática de sus relatos, sino un léxico común y una manera precisa de evidenciar lo infausto. El propio Piglia es inequívoco heredero de todos ellos. Así, cuando el lector se adentre en las páginas de El criador de gorilas, se encontrará ante el inicuo reverso de lo exótico, ante la imposibilidad de conocer al Otro que había postulado ya el folklorismo viajero del siglo XIX. Chersterton y Lawrence señalaron este carácter impenetrable del Oriente, opaco a la imaginación occidental. Y antes, un De Quincey lastrado por el opio, imaginará las mesas del Antiguo Egipto transformadas en voraces reptiles. En los relatos de Arlt, como luego en los de Borges, dicho carácter se revela bajo el doble signo de la violencia y el misterio, bajo el impulso necesario de lo funesto.

Los hombres fieras, pues, son una variación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad; su protagonista, urgido por una suerte de licantropía, se asoma puntualmente a la predación, la sangre y la barbarie. En Rahutia la bailarina, es la figura de Salomé, el tema de la perdición y el sexo, la belleza como una de las formas de la muerte, aquello que se nos expone meridianamente. También es este asunto, con variantes e incisos humorísticos, el que se fabula en Halid Majid el Achicharrado y Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte. En Odio desde la otra vida, sin embargo, es el enigma del doble, la posibilidad de una reencarnación, lo que causa la perplejidad y una súbita clarividencia de sus personajes. En El cazador de orquídeas, la vieja convención de un tesoro oculto y la avaricia occidental es el trágico desencadenante de una comedia. En El hombre del turbante verde, así como en El criador de gorilas y Acuérdate de Azerbaijan, será el lugar común de la crueldad oriental, la bárbara y refinada venganza de las tribus atezadas, cuanto se ejemplifique. En Accidentado paseo por Moka, la antropología y el amor edénico dan paso a terrible vindicación de la selva. En Los bandidos de Uad-Djuari es una parodia de lo exótico lo que se ofrece, finalmente, a unos turistas secuestrados. Historia del señor Jefries y Nassin el Egipcio es, al cabo, un tenebroso episodio de sugestión hipnótica. En todos estos relatos es la extraña permeabilidad de lo bello y lo siniestro (Trías), su mutua correspondencia, lo que se revela. Bajo la superficie del tipismo y el folcore, bajo su tenue ensoñación arcádica, hija del XVIII y el XIX, aguarda un hemisferio de sangre. Arlt, como Borges, como Conrad, es completamente moderno en esto. El tribadismo y la geografía remota son -siempre- ocasión para el horror; nunca para la estampa roussoniana.

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