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Pruebas

martes, 19 de marzo de 2013

Cynthia Ozick: “Me opongo a la poetización mitológica del Holocausto”

Una profesora de instituto neoyorquina, de ascendencia judía, se ve obligada, bajo la presión de su dominante hermano, a buscar a su sobrino voluntariamente perdido en el París sombrío de la posguerra. Así comienza Cuerpos extraños, la última novela de Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), escritora consagrada, conocida en España sobre todo por El chal, autora de ensayos, novelas y relatos cortos, de la que se han publicado también en español, Los últimos testigos y Virilidad. Hija de inmigrantes judíos lituanos, en Cuerpos extraños retoma un relato (The Ambassadors) de Henry James, el autor que ha sido una de sus grandes obsesiones literarias. Profundamente religiosa, en sus obras resurge con frecuencia la sombra del Holocausto y del antisemitismo que lo hizo posible. Cuerpos extraños, publicada en inglés en 2010, llega a las librerías españolas editada por Lumen. Ozick ha mantenido con EL PAÍS un diálogo a través de Internet, en el que se muestra llena de energía a la hora de criticar el antisemitismo que, en su opinión, pervive en la mentalidad europea.

Pregunta. El público y la crítica anglosajona recibieron muy bien su novela Cuerpos extraños, que ahora llega a las librerías españolas. ¿Cree que hay diferencias apreciables entre los públicos de distintos países?

Respuesta. La pregunta es fascinante, pero es un poco pronto para responderla en lo que respecta a Cuerpos extraños, porque, fuera de Reino Unido y Francia [y España ahora], el proceso de traducción a otros idiomas está aún en curso. He notado diferencias notables entre Reino Unido y Francia: la reacción de los británicos fue bastante similar en el fondo a la de los americanos, haciendo más hincapié en el estilo literario que en el trasfondo del texto, mientras que los franceses, a tenor de las muchas críticas literarias que he visto, han demostrado un punto de vista mucho más europeo. Con eso quiero decir que han mostrado una mayor conciencia de lo que solo puedo llamar un sentimiento trágico de la vida, un conocimiento directo del impacto de la Historia, del que se carece absolutamente en América. Me di cuenta de esa distancia con mayor claridad, cuando se tradujo mi anterior novela, Los últimos testigos, me pareció que las implicaciones de mi trabajo se entendían mucho mejor en Europa que en mi país.
“Como novelista el Holocausto no me interesa. Tampoco como judía, ya que la cultura que lo produjo no es mi cultura: es la cultura del opresor”
P. Cuerpos extraños se basa en Los embajadores, una novela de Henry James, su autor más admirado, pero se desarrolla en una época diferente, la Europa de 1952, y leyéndola, el lector llega a la conclusión de que, en aquellos momentos, América era pese a todo un sitio mejor para vivir que Europa. ¿Por qué eligió precisamente esa historia? ¿Cómo ve la relación de fuerzas entre Europa y América hoy?

R. La verdad es que lo que me interesó de Los embajadores no fue la historia en sí, que ni siquiera era nueva, James la tomó de… la eternidad, la verdad. La historia del joven que se va de casa para buscar fortuna o para encontrarse a sí mismo, como se dice hoy, se viene contando desde el principio de los tiempos, y es un tema recurrente en cuentos de hadas y relatos populares. Lo que me llamó la atención fue la visión de Europa que había en América, en 1903, cuando se publicó la novela de James. América, entonces, era un país joven, sin desbastar, agresivo, exuberante, sin cultivar; mientras que Europa con sus museos, sus viejas iglesias, su larga historia y su educada sociedad era el summum de la civilización. Tenía las mejores pinturas, la mejor música y literatura, era la cuna de todos los grandes filósofos. Pero, en 1952, muy poco después de la brutal guerra y del inconcebible secuestro criminal de toda la población judía (con el consentimiento de sus vecinos), y los horrores inconcebibles de las cámaras de gas, Europa era un continente hecho trizas y debilitado. Un continente que había perdido el cetro de la civilización, que había atravesado el océano hacia el Nuevo Mundo. ¡Con esto no quiero decir que Estados Unidos fuera admirable en todos los aspectos en 1952! El macartismo estaba en su momento álgido, también la guerra de Corea, el movimiento de derechos civiles no había nacido. Pero era el ejército americano el que había derrotado a la Alemania nazi, salvando a Occidente de una carnicería tecnificada. En 1952, además, la energía cultural occidental se había trasladado claramente a América, donde todas las artes, que ya incluían la cinematografía, florecían como en ninguna parte. El contraste entre el valor que James concedía a Europa y el devastado y viejo aspecto de la Europa de 1952 no podría ser más brutal.

P. El tema del Holocausto aparece en muchas de sus novelas y relatos breves. También en Cuerpos extraños, una de las protagonistas, Lili, es superviviente de los campos de concentración.
“Tiendo a dejar fuera cualquier elemento autobiográfico, pero no renuncio a robar (con la esperanza de disfrazarlo) cosas de la vida de otros”
R. Como novelista el Holocausto no me interesa para nada. Tampoco como judía, ya que la cultura que lo produjo no es mi cultura: es la cultura del opresor. Pero el Holocausto es importante, para entender la intención, el sentido y el carácter de la civilización. Y es un hecho que se mantiene como parte del legado de las generaciones que han nacido después. Como escritora me niego normalmente a usarlo por una cuestión de principios. En Cuerpos extraños solo hay una frase que se refiere abiertamente a esta cuestión. Tampoco tenía la intención de incluir en la novela a una víctima del Holocausto. Sin embargo, y pese a mi resistencia, surgió Lili. Lo que significa que el periodo nazi está ahí detrás, te presiona y, a veces, se me presenta, siempre contra mi voluntad, ya que me opongo a la poetización mitológica del Holocausto en la ficción dramática y en cualquier tipo de material imaginativo. Los judíos aparecen en la ficción con demasiada frecuencia —y en la mente de los antisemitas— como meros símbolos y metáforas, pero los seres humanos no son ni símbolos ni metáforas.

P. En su novela hace hincapié en la permanencia del antisemitismo en Francia inmediatamente después de la II Guerra Mundial, incluso entre quienes ayudaban a inmigrantes y refugiados.

R. Me inventé el personaje del barón y su centro de atención a los inmigrantes para subrayar hasta qué punto resulta imposible erradicar el antisemitismo de la mentalidad europea. Sin embargo, la verdad es que en esa etapa de la posguerra el antisemitismo fue muy impopular, o por lo menos no se manifestaba abiertamente, por el impacto de las imágenes filmadas de aquellas montañas de cadáveres desnudos. Si fue la vergüenza lo que propició aquel silencio desconfiado, desde luego hoy, en 2013, no queda rastro de ella. Y vemos en toda Europa un antisemitismo rampante, incluso mientras hablamos usted y yo. Se ve en los periódicos, y abrumadoramente en las universidades, está en labios de los más respetados líderes de opinión. Coexiste, de una forma casi satírica, con las conmemoraciones del Holocausto. Por supuesto, esto se niega rotundamente, y se oculta detrás de las incesantes difamaciones y demonizaciones de Israel, que se presentan como mera crítica política. Resumiendo, es un virulento y deshonesto antisemitismo que se camufla bajo las palabras derechos humanos, paz y justicia. Y no tolera hechos, información, verdades, ni mucho menos historia, ni la de los árabes ni la judía.
“En 1952, la energía cultural occidental se había trasladado a América, donde todas las artes florecían como en ninguna parte”
Cynthia Ozick encuentra necesario precisar, a renglón seguido, que su novela, más allá de la trama argumental, habla de otras cosas.

“Es que podría pensarse que Cuerpos extraños es una novela sobre el Holocausto, y no es así. Los dos temas esenciales que trata, íntimamente conectados, son por un lado el amor, y hasta qué punto un amor generoso puede influenciar y transformar un carácter (la profundidad que da Lili al inmaduro y joven Julian), y por otro la arrogancia, y hasta qué punto puede transformar el arte en mediocridad (las grandes aspiraciones de Leo corrompidas por su egoísmo oportunista). O dicho de otra manera: el arte está en el carácter. Bea lo resume todo gracias a sus ambivalentes experiencias, en una frase: “Qué difícil es cambiar la propia vida, qué tremendamente fácil es cambiar la de los demás”.
P. La fantasía, la imaginación, son muy importantes en Literatura, pero leyendo a diferentes autores se llega a la conclusión de que escriben con mucha frecuencia de sus propias experiencias o de las experiencias de personas próximas. ¿Cuál es su proceso creativo?

R. Me temo que es distinto de unos escritores a otros. En mi caso, y salvo por el uso ocasional de algún sitio familiar, tiendo a dejar fuera cualquier elemento autobiográfico, pero no renuncio a robar (con la esperanza de disfrazarlo convenientemente) cosas de la vida de otros. Creo que la confianza es un factor clave en un escritor. Llevo tiempo observando que los escritores que han obtenido un reconocimiento temprano (Updike, Roth y Oates son los principales ejemplos) no están atormentados por la inseguridad, al menos no lo demuestran, juzgando por la naturaleza de su trabajo y la recepción que obtienen. Obviamente lo digo sin conocimiento íntimo de lo que pasa por sus mentes. Pero si juzgo por mí, siempre empiezo el trabajo con incomodidad, desconfianza y miedo, que no ceden hasta que llevo bastante avanzada la escritura, cuando (con suerte) la inmersión es ya tan profunda que paso a vivir completamente en ese universo al que estoy dando vida. Es menos un proceso que un salto audaz en territorio salvaje. Coraje. Persistencia.
“Caballerosidad es lo opuesto a igualdad. Al menos esa clase de decorosa condescendencia ha desaparecido”
P. Hablando de Roth, un autor que usted ha confesado admirar en más de una ocasión, ¿qué opina de su decisión de dejar de escribir?

R. Pura arrogancia de escritor. ¿Quién se cree que es? ¿El Papa?

P. He leído en alguna entrevista que usted considera el feminismo como otra forma de humanismo. Y se ha quejado de las mentiras que se han ido perpetuando sobre la capacidad humana, y la capacidad de las mujeres, en particular. ¿Qué importancia han tenido las mujeres escritoras en echar por tierra esas mentiras?

R. Me temo que las mentiras se mantendrán mientras no dejemos de hablar de mujeres escritoras cuando, en realidad, nunca hablamos de hombres escritores. Aun así, qué duda cabe, ha habido progresos. Recuerdo cómo, hasta hace no mucho tiempo, los críticos literarios se referían a Norman Mailer simplemente como Mailer, mientras al hablar de Susan Sontag se referían a la señorita Sontag. 

Caballerosidad es lo opuesto a igualdad. Al menos esa clase de decorosa condescendencia ha desaparecido. Lo que no ayuda mucho, me parece, es el último viraje (la última clase) de feminismo, desde el feminismo clásico (que aspiraba a un acceso sin cortapisas al mundo con mayúsculas y su miríada de actividades) a la línea actual que pone el énfasis en la biología. Toda esa preocupación académica centrada en el Cuerpo Femenino nos retrotrae, irónicamente, a los malos tiempos del pasado cuando las mujeres no eran consideradas más que un cuerpo. La política del cuerpo era reductivamente denigrante cuando los hombres manejaban el poder. Y no es menos reductivamente denigrante cuando la promulgan teóricas que son mujeres.

El  País

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