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Pruebas

miércoles, 20 de febrero de 2013

Elogio de lo diminuto

La revolución de lo diminuto está en marcha. Tratar a las moléculas de una en una puede abrir puertas insospechadas en medicina, electrónica, industria. La ciencia de lo nano, de lo que ocurre a escalas de millonésimas de milímetro, proporciona un cambio de enfoque que muchos han anunciado como revolucionario en un gran número de campos, no solo en el biológico. La nanociencia promete nuevos materiales y técnicas de construcción. Promete mágicos vehículos que guíen a los fármacos solo hasta las células que los necesitan. En realidad, los máximos promotores de la nanociencia dicen que se podrá hacer casi de todo. 

Mary Sol de Mora Charles, catedrática de Historia de la Filosofía y de la Ciencia en la Universidad del País Vasco, nos acerca en este volumen a todos aquellos temas relacionados con la importancia de lo diminuto en una gran diversidad de ámbitos, desde el histórico y el matemático al industrial o médico e incluso al filosófico y literario. Aunque es, sin duda, un texto de «divulgación» científica en el sentido de que intenta divulgar, informar, contar, algunas de las ideas más atractivas del mundo filosófico o científico actual, no se trata, sin embargo, de un texto de «divulgación» al uso pues las teorías científicas citadas no están «vulgarizadas» para que no pierdan toda su profundidad, sino que están «traducidas» de su lenguaje técnico o matemático al lenguaje que todos utilizamos.  


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Lo pequeño y lo infinito

La relación entre lo pequeño y lo infinitamente pequeño ha sido siempre más conflictiva que la que se establece entre lo grande y lo infinitamente grande. No obstante casi todas las civilizaciones que nos precedieron fueron capaces de pensar en lo infinitamente grande, aunque acabaran rechazándolo por las dificultades que ello acarrea, tal como sucedió en el caso de la Grecia clásica, que nunca aceptó un cosmos infinito carente de límites, a pesar de que algunos pitagóricos eran capaces de defenderlo. Lo infinitamente pequeño corrió la misma suerte, pues las indagaciones se dirigieron a lo que constituye los elementos últimos o partes más pequeñas de lo real: los cuatro elementos (agua, tierra, fuego, aire), algunos principios de atracción y repulsión, lo indefinido y los átomos, de forma que, aunque los griegos sí buscaron lo diminuto, lo más pequeño posible, el componente último de lo que forma el cosmos, éste siempre era una cantidad minúscula pero finita, indivisible.

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