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Pruebas

jueves, 5 de junio de 2014

Los frutos amargos del jardín de las delicias

Esta es la primera y la más publicada de las biografías de Bohumil Hrabal. Su autora, Monika Zgustova, le conoció personalmente en 1987, cuando empezó a traducir su obra al castellano y al catalán. De las horas pasadas con él y su esposa en su casa de Kersko o en su piso de Praga, o compartiendo cervezas con él y sus amigos en la cervecería El Tigre de Oro, pero sobre todo de la inmersión en su obra para traducirla, nace esta biografía completada con años de investigación en archivos públicos y privados checos.

La primera versión de
 Los frutos amargos del jardín de las delicias fue publicada en 1997 y Zgustova pudo entregar el primer ejemplar a Hrabal cuando este se encontraba ya en el hospital, unas semanas antes de su muerte. Posteriormente, se ha publicado en checo, alemán, húngaro, polaco y croata, además de en castellano y catalán.

Como dijo en una intervención en la Filmoteca de Madrid el cineasta Jirí Menzel, ganador de un Oscar por su película
 Trenes rigurosamente vigilados basada en la novela hrabaliana del mismo título, «este es un libro bello y lúcido que capta el humor, la vitalidad y la filosofía de Hrabal. Aparte de conocer cosas que hasta ahora ignoraba, he disfrutado mucho con este libro que es a la vez legible y profundo y que recomiendo sin dudar a todo aquel que quiera saber cómo era el hombre que fue mi amigo».

«Una mirada altamente recomendable al universo cultural de Centroeuropa. Un libro que no pretende sustituir la lectura de la obra de Hrabal sino despertar el interés en ella, complementarla y enriquecerla. Monika Zgustova ha escrito un libro excepcional.»José Antonio Millán, El País

«Un libro que merece ser leído no solo como una biografía profunda y refrescante a la vez, sino también como un repaso a las influencias que alimentaron la obra de Hrabal y un recuento detallado de la evolución de su obra a lo largo de los años.»Ignacio Vidal-Folch, La Vanguardia

«Monika Zgustova salió airosa de su difícil tarea de descifrar la personalidad de Hrabal, enmascarada en su obra por muchas autoestilizaciones; su inspirada biografía está escrita bajo la magia del verbo de Hrabal.»Hans Christian Kosler,Neue Zürcher Zeitung
A modo de introducción
El hombre con el cubo de estiércol
Es el día primero de mayo, a principios de los años cincuenta. La pequeña ciudad de Nymburk -como todos los pueblos y todas las ciudades de esa parte de Europa que, unos años atrás, se convirtieron en comunistas- celebra la Fiesta del Trabajo. Los obreros de las fábricas, los empleados de las empresas estatales, endomingados, se han puesto en filas y marchan por las calles adornadas para la fiesta con flores de papel y banderitas checoslovacas y soviéticas. Los escolares y los estudiantes cierran la procesión, todos vestidos con los uniformes de la juventud comunista: camisas azules o blancas, pañuelos rojos de tres puntas atados al cuello.
La procesión pasa por la avenida principal, después gira a la derecha; y entonces, de repente, un extraño caos se introduce en el orden rígido de las filas, las muchedumbres susurran, señalan algo con el dedo, sonríen, los niños y los estudiantes se tronchan de risa y dan saltos para ver mejor: de una bocacalle acaba de salir un hombre vestido con una camisa de cuadros, un mono y un casco de obrero; del extremo de un largo palo, que lleva apoyado en el hombro, cuelga un cubo que desprende un insoportable hedor a excrementos: el hombre está limpiando el pozo de la letrina y se lleva la porquería. Lentamente, el cubo procede al encuentro de los ciudadanos vestidos de fiesta, se balancea de un lado a otro, y los participantes de la procesión se olvidan de agitar las banderitas y las flores de papel; con la boca abierta miran el cubo apestoso y, mareados, se hurgan los bolsillos buscando un pañuelo.
Como si estuviera solo en el mundo, el hombre con el cubo en lo alto da la vuelta a la esquina y se aleja, majestuosamente, llevando su carga al campo. Como se arrastra la cola del traje de un rey, un velo apestoso sigue al hombre del cubo: su extraña sombra. Él también celebra su fiesta particular: limpiar la letrina y transportar los excrementos representa para él una especie de misa filosófica; en ella, él es el sacerdote que rinde homenaje al ciclo de la vida, trajinando lo humano allá de donde surgió. Lleva a los campos un cubo tras otro y, sin prisa, vierte ceremoniosamente su contenido sobre la tierra como abono. Se deleita ante la belleza de su rito anual y, en aquel instante, hasta la condición humana con sus metamorfosis le parece sublime.
El hombre que cada año, el día primero de mayo, limpia el pozo negro de la letrina y luego lleva los excrementos nauseabundos en un cubo al campo es Bohumil Hrabal.