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Pruebas

miércoles, 11 de junio de 2014

El filósofo jovial

A propósito de la alegría, el pensamiento de Fernando Savater enseña que —nos pase lo que nos pase— vivir es mejor que no vivir, que la existencia humana resulta preferible a la pura nada

Uno procura no perder la oportunidad de inyectarse a diario toda la alegría posible. No extrañará, pues, que escoja ahora este objeto de reflexión por el lugar central que ocupa en el pensamiento (y el carácter) de Fernando Savater.

“En el principio está la muerte”, así comienza paradójicamente nuestro filósofo un espléndido ensayo sobre la alegría. ¿Y cómo puede entonces alegrarse un mortal, mejor dicho, el ser que sabe que es mortal y que tiene con la muerte una cita segura que lo aniquila? ¿Caben juntas la lucidez y la alegría, o esta será tan solo hija de la ilusión o la insensatez? Una primera precisión se impone: la nuestra debe ser la alegría de vivir, no necesariamente de lo vivido. Y es cierto que reparar en el mero vivir es un ejercicio bien real como cuando, tras salir muy malparados de un gravísimo accidente, nos congratulamos de seguir con vida. Pero añádase aún que esta distinción de que partimos se presenta asimismo como oportuna. A fin de cuentas, en ella se basará la lección básica que aquí se enseña: que —nos pase lo que nos pase— vivir es mejor que no vivir, que la existencia humana resulta preferible a la pura nada. Por eso la alegría se manifiesta a pesar de todos los pesares. La aparente paradoja queda disipada: la alegría no se abstrae de los mayores o menores de la vida, sino que cuenta con ellos… y los supera.

Cierto que, si aceptamos con Savater que a la alegría le acompaña siempre la conciencia de la muerte, entonces el sentimiento más propio de la vida humana será de naturaleza mixta y en él la alegría se combina en mayor o menor proporción con la tristeza. En varios lugares repite que en cada uno de nosotros coexisten la desesperación y la dicha. El hombre experimenta a un tiempo que es y está dejando de ser, su realidad y el límite inexorable de su realidad. ¿Por qué calificaremos entonces de alegría ese sentimiento?; porque en él se impone finalmente la aquiescencia a la vida. O tal vez fuera mejor decir que habrá alegría si acertamos a percibir nuestra existencia como valiosa más allá de sus contenidos particulares…, un esfuerzo heroico y siempre pendiente de renovarse. En cambio, la tristeza será el poso que deja el fracaso en ese quehacer vital.

Pero no por ello hay que precipitarse a condenar, con la presunta complicidad de Spinoza, una emoción que puede contribuir a fortalecer el conatus de perseverar en nuestro ser. La tristeza llega a ser buena, si es verdad que “cuanto mayor es la tristeza, tanto mayor será la potencia de obrar con la que el hombre se esforzará por apartar de sí esa tristeza” (Etica III, 37). En suma, la naturaleza humana no es solo deseo, sino este y su límite; esto es, la unidad de su potencia e impotencia o, en términos afectivos, de alegría y tristeza. De suerte que no solo se presentan juntas, sino que mutuamente se requieren: la alegría, lo mismo para conquistarse que para mantenerse, exige partir de su deficiencia y derrochar un esfuerzo en ocasiones penoso; y la tristeza, quiera que no, solo quiere la alegría…

Si aceptamos con Savater que a la alegría le acompaña siempre la conciencia de la muerte, entonces el sentimiento más propio de la vida humana será de naturaleza mixta y en él la alegría se combina en mayor o menor proporción con la tristezaLo que Savater destaca en la alegría es “ante todo su disposición incondicionalmente afirmativa: es un asentimiento más o menos intenso a nuestro asentamiento o implantación en eso que llamamos vida o mundo”. Por el hecho de estar con vida, ya hemos vencido una vez a la muerte y se trata de una victoria, si no definitiva, sin lugar a dudas decisiva. Significa que esa nada de la que venimos y a la que volveremos ya no será para nosotros eterna, puesto que ahora y durante nuestra vida somos. Se trata de una diferencia insalvable. Si morimos, es por haber nacido y estar sobreviviendo, y eso —semejante fortuna— es algo tan indubitable que en medio de la tragedia siempre podríamos recurrir al castizo “¡que me quiten lo bailao!”. La muerte nos privará de la vida, pero no de haber vivido; la finitud de nuestra existencia no la deja sin valor, sino que en cierto sentido se lo multiplica. La muerte anunciada no nos llevará a pronunciar aquel desesperado “mejor no haber nacido”, porque, suceda lo que suceda, más nos vale haber sido que permanecer en la perpetua nada.

La certeza de la muerte no puede borrar la certeza de la vida, escribe Savater, y el aserto es irreprochable. O se pregunta por qué debería contar más la nada en que no seremos que la vida que ahora mismo somos, y ha de responderse que son magnitudes del todo inconmensurables. Pese a que nuestra “estancia” en la nada será muchísimo más duradera que la transcurrida en el mundo, la diferencia cualitativa es abismal: el mero ser o haber sido alguna vez introduce una dimensión incomparable con el no llegar a ser nunca jamás. Frente a esa nada la vida no es algo más; es un todo. Es la superioridad absoluta sobre todos los seres humanos imaginarios que no han sido en los tiempos pasados ni serán tampoco en los venideros. Esta entusiasta evidencia de nuestra inserción en la vida rezuma alegría; ¿pero una alegría que celebra la vida porque no es la nada?

Mucho me extrañaría que a Savater le encandile la alegría tan solo al modo leibniziano, es decir, porque para nosotros haya ser y no más bien la nada. Siendo esa su razón más básica, la de haber ganado una vez a la muerte, enseguida se descubrirán razones más elevadas para celebrar la vida precisamente por ser vida, y vida consciente. Primero, por la maravilla misma del universo físico y las no menos deslumbrantes creaciones propias del universo humano. La admiración propia del asombro o de la estupefacción renovadas ante todo eso de lo que somos a un tiempo partícipes y espectadores arrobados…, es fuente permanente de satisfacción. Pero no solo es gozoso el thaumádsein que nos abre a la teoría, ni la contemplación del objeto artístico, sino también la admiración moral; lo que nos colma el ánimo, además del cielo estrellado sobre mí, es la ley moral dentro de mí. 

¿Cómo puede alegrarse un mortal, mejor dicho, el ser que sabe que es mortal y que tiene con la muerte una cita segura que lo aniquila? ¿Caben juntas la lucidez y la alegría, o esta será tan solo hija de la ilusión o la insensatez?La alegría festeja sobre todo la diferencia de valor de la vida humana como tal; o, mejor, que solo en esta vida haya en puridad valor porque —como supo Nietzsche— nadie más que el hombre se dedica a otorgar y tasar valores. ¿No es motivo de inacabable regocijo el sabernos excepción al entramado universal de la necesidad, seres a los que su conciencia convierte en sobrenaturales y su libertad confiere esa dignidad de la que con razón presumimos? Es cierto que, al mismo tiempo (y por si fuera poco), su carácter mortal o efímero, su contingencia, le añaden a la vida humana su particular preciosidad y, más todavía, el rasgo único e irrepetible de cada una de sus frágiles figuras. Se recordará lo que según Borges, tan querido para nuestro autor, nos distingue de los inmortales: “La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último [...]. Todo entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y azaroso” (El Aleph). De suerte que solo el hombre es patético precisamente por ser tan precioso, pues nada nos afectaría que lo carente de valor se esfumara como todo lo demás. Y solo gracias a su finitud puede cada hombre alcanzar su valía —y encarecer la urgencia de celebrarla—, por ser única… y perecedera.

No se olvide, sin embargo, que esa dignidad que nos define como seres de posibilidades, más que fatalmente clausurados, es ella misma una posibilidad. Por eso mismo los individuos que la despliegan con más excelencia que otros deben despertar —pese al igualitarismo democrático vigente— una admirada alegría, y Savater nunca ha ocultado el fervor con que tributa ese afecto o más bien virtud de la admiración moral. “Porque es envidiable haber tenido la ocasión de admirar tan de cerca a quienes más se lo merecen”, cuenta de él mismo en su autobiografía. Convencido de que “estamos unidos a este mundo y a la vida por cuanto aprobamos, no por nuestra capacidad de detestar”, abunda en la idea de que “lo verdaderamente admirable que hay en nosotros es nuestra capacidad de admirar…”. ¿Y qué puede ser esa admiración sino el contento suscitado a la vista de quienes exhiben plasmadas en mayor grado las mejores posibilidades del hombre (también las tuyas y las mías) y que nos anima a emularlos?

El héroe y tras él su admirador abrazan así su destino, es decir, aceptan satisfechos ser fieles a su humanidad como el empeño supremo. “El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”, dejó escrito Camus. Les aseguro que me cuesta imaginar a Savater desdichado. Puedo confiarles más todavía: que somos muchos los que, encantados de haberle conocido y leído, le debemos una porción no pequeña de nuestra propia dicha. 

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral de la Universidad del País Vasco