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Pruebas

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Las reputaciones

La nueva novela de Juan Gabriel Vásquez, Premio Alfaguara 2011
 
Javier Mallarino es una leyenda viva. Es el caricaturista político más influyente del país, «un hombre capaz de causar la revocación de una ley, trastornar el fallo de un magistrado, tumbar a un alcalde o amenazar gravemente la estabilidad de un ministerio, y eso con las únicas armas del papel y la tinta china». Los políticos le temen y el gobierno le hace homenajes. A sus sesenta y cinco años, después de cuatro décadas de brillante carrera, puede decir que tiene el país a sus pies. Pero todo eso cambiará cuando reciba la visita inesperada de una mujer. Tras remontarse con ella al recuerdo de una noche ya remota, Mallarino se verá obligado a revaluar toda su vida, a poner en entredicho su posición en este mundo.
En Las reputaciones, Juan Gabriel Vásquez vuelve sobre sus más intensas obsesiones: el peso del pasado, los fallos de la memoria, la manera en que se cruzan nuestras vidas con el mundo político. Pero es también una novela sobre la importancia que tiene la opinión en nuestras sociedades.
En el exigente género de la novela corta, que tantas obras maestras ha dado en la tradición latinoamericana, Vásquez nos regala su obra más íntima: una intensa reflexión sobre la debilidad de los juicios públicos y privados, sobre los encuentros irreversibles que alteran para siempre lo que creemos definitivo de nosotros mismos.

«Una de las voces más originales de la nueva literatura latinoamericana.» - Mario Vargas Llosa-
«Un escritor magistral. Juan Gabriel Vásquez tiene muchos dones -inteligencia, ingenio, energía, una vena de profundos sentimientos-, pero los usa con tanta naturalidad que muy pronto uno deja de sorprenderse de sus talentos, y entonces la extraña y hermosa brujería del relato toma el control.»   - Nicole Krauss-

(Fragmento del libro)
Sentado frente al Parque Santander, dejando que le embetunaran los zapatos mientras esperaba la hora del homenaje, Mallarino tuvo de repente la certeza de haber visto a un caricaturista muerto. Tenía el pie izquierdo sobre la huella de madera del cajón y la cintura apoyada en el cojín del respaldo, para que su hernia vieja no comenzara sus reclamos, y había dejado que se le fuera el tiempo leyendo los tabloides locales, cuyo papel barato ensuciaba los dedos y cuyos titulares de grandes letras rojas le hablaban de crímenes sangrientos, de secretos sexuales, de extraterrestres que raptan niños en los barrios del sur. La lectura de la prensa sensacionalista era una suerte de placer culposo: algo que uno sólo se permitía cuando nadie lo estaba mirando. En eso pensaba Mallarino -en las horas que se le habían escapado aquí, entregado a esta perversión bajo las sombrillas de colores tímidos- cuando levantó la cabeza, apartando la mirada de las letras como se hace para recordar mejor, y al encontrarse con los edificios altos, con el cielo siempre gris, con los árboles que rompen el asfalto desde el comienzo de los tiempos, sintió que veía todo por primera vez. Y entonces sucedió.