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Pruebas

martes, 29 de octubre de 2013

La vida de los objetos

En 1938  la vida de Beatrice,  una jovencísima encajera irlandesa, se convierte en un cuento de hadas cuando por un maravilloso azar entra a trabajar en la residencia de Felix y Dorothea Metzenburg en Berlín. Los Metzenburg, coleccionistas de arte y amigos de los hombres y mujeres más fascinantes de Europa, introducen a Beatrice en un mundo en el que la joven encuentra más objetos de deseo de los que jamás había imaginado.

Sin embargo la Alemania nazi ha lanzado su campaña de agresión por toda Europa, y muy pronto el conflicto traspasa el umbral de los Metzenburg. Tras retirarse con Beatrice a su casa de campo, ­Felix y Dorothea hacen todo cuanto está en su mano para preservar las tradiciones del viejo mundo. Pero las realidades del hambre y la enfermedad, así como las amenazas todavía más graves del terror nazi, la deportación y el asesinato de los judíos y las hordas de refugiados que huyen del avance del Ejército Rojo, empiezan a amenazar su existencia.

«Este libro me resulta estimulante, verdaderamente excitante, nuevo, bueno en todo lo que ofrece:  la gente, la ropa, la comida... todas y cada una de sus palabras.»   Joan Didion

«Si los hermanos Grimm hubieran abordado el ascenso y el declive del Tercer Reich, es muy probable que hubieran escrito un cuento que se leería como se lee La vida de los objetos.» 
NPR Books

«El mundo de los Metzenburg es tan asombroso para Beatrice como podría serlo para cualquier lector moderno salido de una máquina del tiempo.... Moore logra resumir toda la Segunda Guerra Mundial de un modo impresionantemente detallado, demostrando que ni siquiera los más privilegiados quedaron inmunes a sus estragos.» 
Daily News 

1938
     Mi nombre es Beatrice Adelaide Palmer. Nací en 1921 en Ballycarra, en el condado de Mayo, y soy la única hija de Elizabeth Givens y Morris Palmer, de Palmerstown. La mía era una familia venida a menos y ya no éramos terratenientes, aunque tampoco aparceros (no habíamos estudiado en la universidad, pero no éramos tampoco campesinos). Asistía a una pequeña escuela que estaba a cargo del señor Hugh Knox, un viejo clérigo de la Iglesia de Irlanda que tenía una gran pasión por las aves y que daba clases de Gramática Latina y de Matemáticas. Como en Ballycarra no había biblioteca con servicio de préstamo de libros, el señor Knox animaba a sus alumnos (solo éramos tres) a leer su colección personal de libros: Robinson Crusoe, Cranford, Shakespeare, Dickens, Trollope y Thackeray, Jane Eyre, los sermones de Jonathan Swift, los Cuentos de hadas de los Grimm, George Eliot, Lewis Carroll, Thomas Hardy, El viaje del Beagle, Los relatos del Padre Brown, La cruzada y muerte de Ricardo I, Siegfried Sassoon, El claustro y el hogar, El diario de Samuel Pepys y Biggles y el peligro negro (un libro que instigó en mí el terror a los rusos).
     El señor Knox tenía también una extensa colección de diarios y documentos científicos sobre aves, y aunque, para disgusto de nuestro viejo profesor, yo no leía los libros de ornitología, sí leía las novelas, algunas más de una vez, y muchas veces los cuentos de hadas (sobre todo «Caperucita Roja», que, según Dickens, fue su primer amor: «Sentía que si hubiera podido casarme con Caperucita Roja, habría conocido la felicidad perfecta»). Todos los otoños, cuando el señor Knox iba a Dublín, siempre volvía con un libro que sabía que me encantaría, como la nueva novela de Daphne du Maurier o de Agatha Christie, y, para mi alegría, dejaba que me quedara con él. Al señor Knox le gustaba decir que las novelas nos mostraban que el mundo era un lugar donde imperaba lo extraño, gobernado por el azar, cosa que no hacía sino dificultar la tarea de mantener nuestras certezas. Yo no tenía más certezas que mi deseo de irme de Ballycarra.

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